La película fue bien y tuvo éxito y dio que hablar y todo eso. Álex dijo que era la balanza más equilibrada del cine independiente español de la última década. Eso viene a significar algo parecido a esto:

En el mundo del cine al parecer pueden ocurrir dos cosas, que hagas una película que vaya bien en taquilla pero floja para la crítica, lo cual significa que recuperas al menos el dinero que has invertido y puedes pagar algo simbólico a los actores y al equipo que está detrás de todo lo que has visto, o que hagas una película que vaya floja en taquilla y sea buena para la crítica, lo cual es bueno en impacto pero malo para las arcas.

Yo antes no entendía de estas cosas y me daban igual, ahora entiendo de ellas y me siguen importando poco. Lo que sí me importa y me gusta es que Xoxanna está contenta, aunque haya días insoportables o no entienda nada de lo que diga en sus vídeos de Instagram y todo eso.   

Resulta que ahora hay un nuevo “ente” en nuestras vidas: Instagram. Sí, algunas parejas tienen hijos, otras gatos o perros u otras mascotas exóticas. Nosotros tenemos a Instagram, bueno, ella está más implicada que yo en todo eso.

Todo lo que hacemos se graba en directo o se fotografía o se etiqueta en no sé que marca porque a ella le regalan cosméticos o ropa o entradas para un evento lleno de gente obsesionada con ser importante. Ella se ocupa de todo y yo aparezco por detrás de actor secundario. En el fondo me divierte, me gusta verla feliz y si soy sincero, se le da muy bien. Es verdad que la gente nos regala cosas, nos invita a sitios y que allá donde vamos conocemos a otra gente que nos contrata para cosas que están bien remuneradas, así que todos felices. El escritor y la actriz, eso dicen todos.

Con Álex y el Actor Perfecto seguimos quedando. Nos vemos en muchos eventos y programas de radio y televisión y todo eso. Han pasado de ser compañeros de trabajo a amigos de esos con los que mantienes contacto. Ahora estoy centrado en escribir una novela. De la película se hizo un libro de relatos que se vendió bien y todo eso, pero tengo que seguir, escribir es lo mío, y ahora que tengo más visibilidad no me puedo permitir el lujo de parar.

Uno de los relatos o pasajes de nuestra vida que más gustó del libro que se hizo fue el de las setas mexicanas. Narra algunas de las cosas que nos pasaron justo después del estreno de la película.

El relato es este:

 

I

 

Estoy en una sala grande, mal iluminada y llena de gente obsesionada por parecer importante. Sombreros inconexos, gafas sin cristal graduado y cosas de esas que te permiten no tener que leer libros para hablar de literatura y hacerte el entendido. Entre el público se ha abierto un pasillito de hombros y piernas que desemboca en el artista que hace la performance previa al homenaje que se rinde hoy a Álex.

Performance es la palabra que usan los obsesionados por la importancia para designar a una actuación rara y que generalmente suele provocar una cosa que yo llamo vergüencita. El artista berrea cosas imposibles de entender con su pequeño y delgaducho cuerpecito envuelto en papel de aluminio. La guitarra incluso las cuerdas, también están envueltas en papel de plata. El tipo parece un bocadillo de calamares para llevar. No soporto el empeño que pone en que no se le entienda lo que grita. Mientras su voz de globo anudado que deja escapar un poco de aire mendiga una pizca de atención, me doy la vuelta y me dirijo a la barra a por una cerveza. Algunos me miran, pero la mayoría se esfuerza en parecer interesado por lo que pasa al final del pasillito de hombros y piernas donde el tipo que parece un bocadillo de calamares para llevar grita cosas poniendo empeño en que no se le entienda.

De camino a la barra, cada vez que alguien trata de conectar visualmente conmigo bajo la vista hacia el suelo, que está lleno de purpurina y se parece a un cielo de finales de junio cuando eres adolescente y has acabado las clases y sientes que todo lo bueno está aún por llegar. La camarera se acerca hacia el lado de la barra donde yo espero y me veo obligado a adelantarme para pedir, porque siento que si se aproxima más y me pregunta qué quiero, puedo cometer un error grave de esos que te persiguen semanas y te gritan dentro de la cabeza cuando menos te lo esperas.

«Una caña, por favor», digo, creo que más alto de lo esperado. Siento ojos ajenos clavados en mi cogote. Es algo que me pasa a menudo después de que la película se haya estrenado. La sobre exposición me acompaña cual perro fiel allá donde voy, y con ella, sus consecuencias. Me centro en el metal frío y húmedo de la barra que dibuja círculos psicodélicos de detergente y aceite como esos que salen en los vídeos de Strawberry Alarm Clock. Puedo distinguir a través de ellos los firmes y sensuales círculos que la camarera ha trazado con una bayeta sucia mientras pensaba, por ejemplo, en que tenía que comprar champú. Sus brazos, como palos de canela salvaje, portan un botellín verde que me sonríe y me da las gracias con ácidas burbujas porque lo he liberado de una cámara frigorífica pagando tres euros por su rescate.

Beso su cuello repetidas veces mientras observo el tumulto. Narices, orejas, nucas, perillas, pendientes, tatuajes, abrigos sobre el brazo, barbillas que asienten, ojos tristes, sonrisas solitarias y caras de sorpresa cuando un presentador de televisión muy famoso sube al escenario a hablar de la causa que nos reúne a todos en esta cueva llena de obviedad: un brindis por Álex y su carrera, en su ciudad natal.

––No te esperaba hoy ––dice una voz de muñequita a mi derecha. Bajo la vista y la veo. Es ella.

––Yo tampoco ––contesto––. He tenido un día turbio, pero él merece la pena. No el hombrecillo que parece un bocadillo de calamares para llevar ni el que está ahora sobre el escenario––ella se ríe como un bosque en otoño y de pronto me apetecen frutos secos––, ya me entiendes, el homenajeado, el tipo por el que ha organizado todo esto. Él nos ayudó mucho en aquellos días duros en los que creíamos que todo el mundo conocido hasta ahora se iba a la mierda.

Lo que esta chica diminuta con voz de dibujo animado no sabe, es que aún tengo días en lo que sigo queriendo mandar todo a la mierda, but the show must go on

––Me gustó mucho el libro que se hizo de la película, he oído que estás escribiendo una novela,¿Qué tal con eso? ¿Cuándo sale?

––En ello estamos, creo que pronto verá la luz ––respuesta estándar–– ¿Qué tal tu disco? ––pregunta obligada.

––Estamos pringando demasiada pasta. Hoy me he pasado el día viendo vídeos de asesinos en serie en Youtube. Purple se ha empeñado en meter putos sonidos de trompeta en el estribillo y yo no puedo, ya sabes el problema que tengo con las trompetas.

––Que cuando las oyes te ríes y no lo puedes evitar.

––Sí. No lo puedo evitar y entonces todo se va a la mierda y por eso pringamos pasta. Entiendo a algunos asesinos en serie.

––¿No podéis meter el sonido después? Quiero decir, en los arreglos…

Hace como que no ha oído y propone:

––¿Sales afuera a fumar un canuto?

––Vale.

El ascensor está lleno de palabras y de espejos, hay mucha luz y demasiados pisos. No puedo mirar al suelo porque veo sus pies y me vuelvo loco y hoy he tenido un día muy turbio.

La entrada del teatro está ocupada por un grupo de gente contratada para que esté siempre en la puerta fumando tabaco de liar, riéndose de cosas y vestida a la moda, lo que significa parecer un vagabundo al que recién le ha tocado un pellizco en la lotería y no sabe cómo combinar las prendas que se ha comprado en su primer arrebato consumista. Son un reclamo para que cualquier rezagado que pase por la zona y al que le encante parecer importante se dé cuenta de que el sitio está lleno de gente como él.

––Melquíades presenta su nuevo libro la semana que viene ––dice ella mientras rasca la piedra de hachís. Me recuerda a una ardilla con su bellota.

––Ya lo sé.

––He oído que vas a intervenir, que vas a hacer una de las tuyas ––sus deditos hacen crujir el arrugado papel de liar. Me fascina el concepto que la gente tiene de mí.

––Haré algo, sí. Ya sabes, en mi línea. ––Trato de seguirla el rollo, de parecer interesante porque lo tengo todo controlado, pero su legua brillante deslizándose con finura sobre el pegamento del papel de fumar me vence de tal forma que se me olvidan unas cuantas cosas.

El sonido de un whastsapp sale de mi bolsillo y reta al poder de sus ojos que dicen: «míralo, y si tienes fuerza, contesta”. Al mirar la pantalla compruebo que son varios: uno de Alegoría que pregunta: “Andáis x ahí??”; otro de Xoxanna que dice: “Te he visto en la barra, líbrate de esa indie y ven a la otra esquina, estoy con estas. Tenemos setas. Todo se ve + bonito”; otro de Marcus que pone “vídeo” y que lo más seguro es que esté protagonizado por alguien que ha intentado hacer algo y se ha dado un golpe muy fuerte en las pelotas. No contesto a nada.

––¿Tienes a Mona en Instagram? ––Me pregunta.

Mona es la batería del grupo en el que ella canta, y diría que «es una tía de lo más» si yo dijese gilipolleces como esa.

––No la tengo, ¿por qué?

––El otro día subió una foto en la que salía comiéndole los morros a Cristi en un reservado del Lower ––me pasa el porro mientras echa el humo de lado y hacia arriba, como si quisiera imitar a una locomotora de vapor o a alguien que tiene ligero interés por los muebles de diseño.

––Ajá. El otro día Xoxanna me comentó que una influencer con más de dos millones de seguidores no consiguió vender ni treinta y dos camisetas. 

Hace como que no ha oído y propone:

––Después voy a ir con los del grupo a una fiesta en una casa de la parte vieja, vente si quieres, vente con nosotros, dicen que va haber óxido nitroso para chutarse. Creo que va a estar el director de la revista «ancas de barrio» y el editor de «puñetazo en el estómago», gente del mundillo. El otro día el tipo ese que tiene un programa de la radio por las mañanas me habló de ti, fuimos porque nos entrevistaron por el lanzamiento de nuestro nuevo disco…

––Y tu problema con las trompetas… ¿No crees que se podría solucionar con hipnosis? ––interrumpo, no soporto a los que utilizan la expresión «gente del mundillo».

Ella continúa hablando de la gente que conoce y de la que ella cree que conozco yo, reproduciendo la misma estampa que todos los demás cuando creen que forman parte de un círculo de gente importante. Llegados a un punto me dice que ha sido una sorpresa verme en el evento porque me hacía en Tailandia, y yo, que jamás he estado en Tailandia, continuo fumando hasta que vuelvo a tener ganas de tomarme otra cerveza y las sílabas se vuelven más pequeñas. Decidimos volver dentro. Subimos en el ascensor —que sigue lleno de palabras y con mucha luz— con un tipo que cree que llevar tirantes es gracioso. Ella se mira en el espejo y se retoca el pelo y todo el espacio se llena con infinitas imágenes de ella coqueteando con su propio reflejo. Me apetecen mucho unas castañas, pero no es temporada.

Entramos de nuevo en la sala; ahora hay un tipo encorvado sobre el escenario que cree que coger el micrófono con el mango para arriba es moderno y necesario si sales a rapear obviedades sacadas del telediario de hace dos días. A ella parece encantarle el tipo por lo moderno y rompedor que es y todo eso, así que no me resulta difícil escapar.

Llego a la esquina donde Xoxanna y una amiga están posando para un selfie que en pocos minutos acumulará unos trescientos likes. Compruebo que tanto ella como sus amigas se comportan como si tuvieran que soportar un viento del noroeste que sopla por lo menos a fuerza cuatro; sus movimientos tiemblan y parece que tienen dificultad para concentrarse. Me acerco y ellas me obligan a sacarme como doscientas fotos iguales. Pido una cerveza para mí y cócteles de colores con nombres absurdos para ellas.

––Lleva esas gafas para hacer creer a los tíos que hace unas mamadas de ensueño, pero yo creo que en realidad le va más otra cosa ––dice Xoxanna refiriéndose a la chica con voz de dibujo animado, y haciendo el signo de la victoria deja que su lengua aletee entre sus dedos como un colibrí.

––¿Cuándo sale tu nueva novela? ––me pregunta una de las amigas. Siento el viento del noroeste soplando en mi cara. Doy un trago.

––Estamos en ello, pronto verá la luz.

En realidad no hay nadie más en ello, estoy yo solo y me siento estúpido. Doy dos tragos.

––Prueba la medusa con aguacate, te reconciliará con la humanidad ––dice otra de ellas.

Doy tres tragos, no sé qué contestar a eso.

––Tiara va a sacar pronto su nuevo poemario ––continua Xoxanna––, está esperando a que su novia Francesca acabe un curso de interpretación minimalista para que pueda actuar en la presentación, ha firmado con «puñetazo en el estómago» por tres años, es la oportunidad de su vida, la que llevaba años esperando. Luego nos han invitado a una fiesta en la que va a estar su editor. Tenemos que estar allí, cariño, tú necesitas un editor también, no creo que la productora respalde esta vez tu libro cuando no trata sobre la película, ¿no crees?

Xoxanna sigue hablando y yo con un par de tragos más ya me he fulminado la botella, pero esta vez las sílabas no se vuelven más pequeñas y Xoxanna no se calla y me persigue mientras camino a la barra en un intento de huida desesperada, dejando claro que no quiere otro cóctel porque entonces se pondría muy pesada. De pronto parece que se le acaban las cosas que decir y me observa como esperando a que diga algo.    

––Todavía no tengo una estructura clara de lo que quiero contar, Xoxanna. Puñetazo en el estómago es una editorial especializada en poesía y aforismos y no creo que lo que yo escribo encaje dentro de su línea editorial. Estoy pensando en subirlo todo a una web y que la gente lo lea, me cansan mucho las presentaciones y los trámites de publicar en papel ––contesto mientras intento captar la atención de la camarera.

Ella pone cara de saber que se esperaba esa respuesta y me mete lo que parece un arbusto en miniatura en la boca que está sequísimo y sabe a tierra de fresa.

––Son setas mexicanas, las ha traído Carol. Su primo ha estado en Michuacán. Mastica por lo menos cien veces antes de tragar.

––Ya me las he tragado. Mierda Xoxanna, la última vez te dije que no lo volvieses a hacer, parece que te encanta drogar a la gente sin avisar y que no puedes dejar de hacerlo por alguna puta razón.

––Entonces deberías estar toda la noche con nosotras, cariño, no te conviene estar sólo, ni tampoco con esa indie come nabos que lleva gafas falsas. Vamos a ir a una fiesta en la parte vieja de la ciudad en la que va a estar todo el mundo, ya sabes. Álex y el presentador también, seguro que allí conocemos a alguien interesante que nos propone algo que merezca la pena, ya sabes cómo  va esto.

––Vale ––contesto. Ruido de cristales rotos en algún rincón de mi cabeza.

Mi estómago es una aceituna con hueso a la que se le van desprendiendo pequeños filetitos de carne. Tan sólo espero que haya cerveza y que en algún momento las sílabas se vuelvan cada vez más pequeñas y que no tenga que oír más veces expresiones como «gente del mundillo» y todo eso.

El tipo que parece un bocadillo de calamares para llevar vuelve a mezclarse entre el público y se forma de nuevo un pasillito de hombros y piernas.    

 

II

 

La casa es igual que la sala en la que se ha celebrado el brindis de Álex: horrible.

Intento ver el lado bueno de las cosas para no ponerme triste. No me conviene ponerme triste si he tenido un día turbio; puede ser peligroso. Xoxanna y sus amigas del Instagram se han diluido entre los cuellos de la gente del fondo. Hablan con un tipo que lleva bastón pero que no cojea. Estoy sentado en un tresillo cuyas orejas están hechas de gente moderna. Parecen mi séquito, o mis guardaespaldas, o gente que está cansada y no encuentra mejor sitio para sentarse que las orejas de un tresillo ocupado por un tipo que salta a la vista que no quiere estar ahí, pero que por alguna razón, hace esfuerzos por no marcharse. Siempre acabo rodeado de muchas personas que se mantienen muy cerca de mí. No lo entiendo.

Echo de menos a Marcus y a Alegoría. Ellos son más de mi mundo y podrían sacarme de este pozo haciendo de mí una persona de provecho en un ambiente como éste. Se supone que la gente como yo tiene que saber cómo moverse en ambientes de este calado y saber sacar partido de ellos. Así como un contable sabe qué hacer con un informe y con las cosas que manejan los contables, yo debería saber qué cojones puedo hacer aquí y cómo debo comportarme para terminar la noche con la sensación de haberle interesado a un tipo que puede hacer algo por mí y por las cosas que escribo.

Tengo que hacer algo… Me aliento pensando en cosas que me gustan, como los programas de viajes que narran la historia de alguien que lo dejó todo y se marchó lejos y le salió bien. Cojonudo, vamos allá, hoy puede ser una de esas noches en las que alguien que no conoces le dé un sopapo al prologuista de un escritor famoso.

Saco el móvil del bolsillo y me hago daño en los dedos con la hebilla del cinturón. Mi estómago es como una pelota de golf volando por el aire que piensa que va a hacer un hoyo en uno. Le mando un mensaje a Alegoría con la dirección de la casa y a Marcus la ubicación directa por whatsapp, a la que añado: “Ula Palula bing bing«. Con eso será suficiente. En veinte minutos estarán aquí.

La espera es eterna y se estira como la mozzarella de las pizzas que están ricas. Llevo casi una hora solo en esta puta fiesta. Desde que he mandado el mensaje a Marcus y a Alegoría han pasado diez enormes minutos como diez enormes horas. Soy como un crío esperando a los reyes magos.

Alguien me habla de un chamán del Amazonas con número de teléfono y página web y oigo algo de un ritual de ayahuasca. Una chica con tatuajes dice que ha dejado la sal y el azúcar para poder emprender bien el viaje. Me pego a la conversación, intento parecer presente y me encanta, porque es como si no estuviera. Puedo permanecer callado y escuchando o bien intervenir con un par de frases bien recibidas por el grupo y la cosa continúa sin que pase lo de siempre. Siento que somos la rueda de un carruaje antiguo en sus buenos tiempos, cuando funcionaba bien y era recia.

––Creo que todos deberíamos hacer eso alguna vez, quiero decir, hacerle caso y encerrarnos en casa tres o cuatro días, bajar las persianas, meternos en la cama, coger nuestro licor o enteógeno preferido y preocuparnos tan sólo por mantener nuestras constantes vitales y saciar nuestras más primarias necesidades…

Uno de ellos está hablando de Bukowski y no da la sensación de que quiera demostrar nada con ello. Me mareo un poco, pero es genial porque puedo permanecer en el sitio sin necesidad de sonreír y no pasa nada. Estoy avanzando algo. Quiero otra cerveza o cualquier cosa con alcohol. Me enciendo un cigarro y me sorprende las pocas personas que están fumando. Me encantaría estar en la cama con una lata de cerveza viendo uno de esos programas de viajes que te hace pensar que todo está más cerca y que hay gente como tú en todas partes del mundo. Me encantan esos programas, ya lo he dicho antes. Por eso me relajo pensando en ellos ahora, porque me siento muy lejos de todo y de todos. No sé… en este momento me vendría de perlas saber que un tipo de Burriana que se llama José Andrés lo dejó todo en los ochenta, se fue a Bali, montó una empresa de buceo y ahora es feliz junto a su familia multiétnica viviendo en una cabaña con el techo de paja. Me encantaría comer un cuenco de arroz con ellos y que me contasen la vieja historia de que todo es posible, pero la duda difumina las paredes del salón y convierte la casa en algo eterno e infinito.

La pantalla del móvil sigue negra, sin notificaciones. ¿Qué hago? ¿Permanezco en el círculo o me muevo? Punzada de incertidumbre. Desde hace unos minutos corren por el ambiente unos fuertes siseos de spray que se mezclan con risas. Debe de ser el óxido nitroso del que me habló esa chica.

Afortunadamente la casa tiene balcón y, por si fuese poco, caigo en la cuenta de que tengo una cerveza en la mano. El balcón es lo más cercano al exterior que puedo estar; por eso adoro las casas con balcón. El exterior está bien.

De camino procuro ir mirando al suelo pero el miedo a chocar con algo o alguien moderno me obliga a elevar la vista. Tengo ganas de asomarme y gritar a José Andrés de Burriana que me vaya preparando un cuenco de arroz.

Una silueta de colores manifiesta su intención de interceptarme o al menos de seguirme, y yo, sin fijarme, señalo hacia el balcón porque creo ser el autobús de esa película tan mala pero que tuvo tanto éxito en los noventa. Llevo a Sandra Bullock y a Keanu Reeves esposados a mi esternón y lloran y se dejan caer hacia abajo y yo noto la presión sobre mi pecho. Si me detengo exploto y mando a todos al carajo.

Al final consigo salir sin que la bomba estalle arrasando a un par de tipos que piensan que es «lo más» sentarse en el suelo cuando hay sitios libres en los que posar tu moderno culo. Daños colaterales. Acabo de salvar la vida de dos actores mediocres y a todos los de esta maldita casa; no creo que un poco de cerveza derramada sobre el hombro de un hipster sea algo grave.

––¡José Andrés, allá voy, espérame en la jungla balinesa! ––grito desde el balcón fabricando con mis manos un altavoz casero alrededor de mi boca para proyectar el sonido y que llegue hasta allí.

Noto una risa a mi derecha. Miro, doy un trago, doy una calada. Vuelvo a mirar al frente. Es la silueta de colores: una chica que no conozco. Creo que formaba parte del círculo tranquilo de antes aunque lo más seguro es que no, pero como soy inestable necesito inventarme coincidencias de este estilo para no acabar desmayado o triste o con sensación de gripe. La chica hace lo mismo que yo, estar en el balcón, beber y fumar. Además, y eso hace que gane muchos puntos, respeta mi silencio. Hace como que no estoy. Me gusta mucho. Me fijo en ella. No era nadie del grupo de antes, es una chica que ya estaba en el balcón y me ha visto entrar y gritar y todo eso. Ahora permanece en silencio, bebiendo y fumando, compartiendo la libertad del balcón conmigo.

––Me gustaría que éste fuese nuestro balcón ––digo, de manera idiota. Ella arquea una ceja.

––Me tiraría por él todos los días si éste fuese mi balcón. No me gustan las escaleras, además, es un primero ––contesta ella.

Tres mañanas ociosas de invierno y café caliente inundan mi cuerpo al escucharla, debido a ello, expreso mi agrado tosiendo dos veces y media. Después alzo mi botellín y brindamos en silencio. Observo que Marcus dobla la esquina de la calle con la pantalla del móvil iluminando su cara mientras sigue sus pasos guiado por la ubicación que le he mandado.

––¡Ulapalula! ––grito desde arriba.

––¡Ulapalula bing bing! ––contesta Marcus alzando la luz de su guía.

––¡Makala dong dang, peri peri! ––añade la chica, escupiendo después tres veces exactas hacia la derecha.

––Te entiendo ––contesto. Siento una extraña conexión con ella––. Yo tampoco quiero estar aquí. Quiero irme, pero creo que no voy a poder cruzar el salón otra vez––. La chica se lleva el cuello de la botella a los labios como sellando un destino más y se asoma, apoyada en la fina barandilla de hierro oxidado del balcón.

––Además de ser sólo un primero, hay una tubería ––veo cómo su brazo, bajo la luz de la luna, comprueba la sujeción a la fachada de nuestra posible huida—. Puede servirnos liana para escapar hacia el exterior.

Me encanta cómo suena de su boca la expresión «escapar al exterior» y me fascina que me incluya, porque sus labios, y feliz estoy por ello, han conjugado un plural en el que me veo junto a ella. No quiero que sus sílabas se vuelvan cada vez más pequeñas. Quiero que de su boca salgan más plurales que me incluyan sin parar. Quiero formar parte de su verbo para siempre. Mi estómago es como un asterisco trazado por alguien con mal pulso que vuela por todo mi torso. Ahora lo siento girar torpemente junto al pezón derecho.

Doy un giro de ciento ochenta grados y encaro el salón desde nuestra pequeña parcela al exterior. Me bebo lo que queda de cerveza de un trago muy apetitoso y la chica del balcón, como si intuyera lo que me dispongo a hacer, me tiende lo que queda de su botella; del brillo de sus ojos emana un cántico de gorriones. Apuro su botellín sintiendo la impresión de sus labios sobre el frío vidrio y, a continuación, me dirijo a todos los asistentes desde el balcón, como las figuras importantes, pero hacia dentro.

––¡Atención, damas y caballeros del mundo del artisteo! ––Siento mi propia voz aleteando por la calle desierta y chocando contra las ventanas. La mayoría de las cabezas del salón se giran, pero esta vez no miro al suelo ––¡Sacad vuestros smartphones, preparad vuestras cuentas de Instagram! ¡Retransmitid esto en directo, prostituid mi imagen!

La chica que está conmigo en el balcón va traduciendo simultáneamente a nuestro idioma particular todo lo que voy diciendo, gritándolo para la gente de fuera, para los de la calle. «Mirori pacheneko, istria salesai mikina«, acompañando los acentos con cachetes en sus piernas o mis hombros.

Abajo, en la calle, Marcus saca el móvil y escribe un mensaje a Alegoría: «Éste está solo en el balcón de una casa gritando al cielo, jajajajaj, te mando ubicación«. Al de pocos segundos, Alegoría, siempre en línea, contesta: «me ha pasado antes la dirección, llego en dos minutos, ¿¿¿¿cómooooo????”. Marcus: «Sí tío, lo que oyes, grita hacia dentro de la casa, se ve que hay luz y eso, pero el tío esta gritando solo en el balcón, como echando un discurso de los suyos, ya sabes«. Alegoría: «jajajajjajajjaja. Te veo al fondo de la calle, estoy ya«.

En el balcón, continúo dirigiéndome hacia mis pupilos…

––Acabo de estrenar una película en la que he participado como guionista principal y ahora me voy directamente a Bali por este balcón, junto a esta preciosidad que tengo a mi lado porque José Andrés, natural de Burriana y residente en dicha isla, nos espera en su cabaña de paja con un cuenco de arroz y verduras picantes. Quiero que utilicéis mi hazaña para vuestros perfiles, para vuestras webs, incluso para vuestros relatos, si es que alguno en esta sala escribe algo decente ––escucho risas y veo, entre la multitud de móviles iluminados en posición horizontal que enfocan hacia nosotros, la cara de Xoxanna que, con expresión preocupada, le dice algo a Álex––. Grabad esto, utilizadlo para vuestros manuscritos futuramente rechazados, ¡no está registrado! Ésta belleza y yo vamos a escaparnos por este balcón ahora mismo hacia Bali, viajando a través de la tubería que hay en la fachada y que se parece mucho a uno de sus brazos. No os rindáis nunca, la mayoría ya habéis conseguido todo lo que vais a tener en vuestras vidas, y ahora, disfrutaréis de una anécdota más que contar cuando os quedéis sin tema de conversación. Estad siempre alerta y desconfiad de la poesía cobarde. Cuidad vuestra ortografía y no dejéis de lado la sintaxis.          

Le hago un gesto a la chica y, mientras me giro, puedo sentir el tumulto agolpándose en el ventanal que da paso al balcón. Un montón de móviles luminosos y sonrientes flotan hacia nosotros dando saltitos graciosos. El viento frío de la noche sopla en las perneras de mi pantalón cuando siento crujir mis dedos, que se aferran a la fina barandilla del balcón. Levanto una pierna, intento encajar mi bota de invierno en el hueco que hay entre la tubería y la fachada mientras oigo los vítores de ella y la voz de Xoxanna que grita algo que no comprendo.

Encaramado a la tubería me siento vivo, libre, aireado y con alguna posibilidad. La fuerza de la gravedad muerde mis nudillos y creo percibir la respuesta a muchas preguntas. La tubería vibra y emite un sonido parecido a un canario.

––Empieza a bajar, no tengas miedo, piensa en los columpios cuando eras pequeño ––me dice ella.

––Bali, ¡allá vamos! ––grito. 

A mi descenso le acompañan los maravillosos movimientos de sus nalgas. Ella baja tras de mí con la agilidad de un marsupial. Cuando tan sólo me queda un pequeño salto, miro hacia arriba para despedirme del mundo actual y aterrizar en Bali pero, extrañado, compruebo que el contorno de sus caderas se va difuminando progresivamente casi hasta desaparecer. Lo achaco al esfuerzo y a la adrenalina que martillea mis sienes con el mismo sonido que en las películas de amor malas, cuando una pareja ve por primera vez la ecografía de su futuro hijo y se abrazan y se besan mientras deciden qué nombre ponerle y todo eso. Aterrizo en suelo firme. Marcus y Alegoría me están esperando, sus móviles están en el bolsillo, su sonrisa fuera. Miles de luciérnagas en el balcón. Ella, la chica del balcón, ya no está. Alguien grita algo estándar desde arriba.

––Buen numerito, spiderman. Y eso que de pequeño no subías ni por la puta cuerda en clase de gimnasia ––dice Marcus.

Alegoría emite una de sus ya conocidas carcajadas y por fin me siento en casa.

––Me han dicho estos que están en El Triángulo ––dice

––Vayamos, joder, vayamos a todas putas partes, esto no ha hecho más que empezar ––contesto.

Siempre que Xoxanna me droga por sorpresa me olvido de que lo ha hecho y entonces pasan cosas divertidas como ésta.

 

***

 

Sí, este fue el relato que tanto gustó al público y que, como todo lo que cuento y seguiré contando aquí, sucedió de verdad. Si te parece lo que voy a hacer ahora es contarte un poco de cómo era mi vida antes de conocer a Xoxanna y todo eso, así nos vamos conociendo un poco más y a la vez, te servirá para que entiendas mejor todo lo que va a venir después.

[email protected] a esta nueva etapa, temporada, capítulo o como quieras llamarlo.

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