¿A TI NO TE GUSTA EL DINERO, NENE?

Agosto 2009

 

––Claro que me gusta, Úrsula, pero el dinero me está llenando de mierda hasta los lóbulos de las orejas, ¿me entiendes?

Úrsula era el nombre en clave de mi representante de zona geográfica y representante de zona geográfica era el nombre en clave de madame. Una señora que tosía tanto como fumaba negro y que parecía no haberse desmaquillado desde la legalización del partido comunista. Tenía un despacho en el centro de la ciudad con un rótulo frío e insulso de una consultoría de estudios de mercado que actuaba de tapadera para blanquear mi dinero. Un dinero que pasaba putas para ocultar hasta que quedaba con ella. Las cajas de cartón que tenía en mi cuarto —en cuyo canto se podía leer: apuntes de la carrera,— no daban a basto para guardar los billetes. Incluso, en ocasiones, algunos asomaban por los orificios de respiración. Mi habitación apestaba a dinero y yo lo camuflaba con olor a marihuana.

––Firma estos papeles, acabas de hacer un estudio de cliente misterioso para el Banco Santander y han quedado muy satisfechos contigo. Tanto que la marca que los representa ahora mismo, Ferrari, te ha dado un plus por la buena imagen que han arrojado tus resultados sobre la firma.

Todo era una ironía, obviamente. Y hasta a mí, que no entendía nada en asuntos de blanqueo de dinero, me parecía que el caso cantaba más que un jilguero puesto de anfetas.

––Úrsula, esto se nos está yendo de las putas manos.

––Tranquilo, Fabián.

––No me llames así.

––¿Qué te pasa?

––¿Que qué me pasa? ––alcancé mi vaso de güisqui y me encendí un cigarro—. ¿Sabes lo que es…? Esta ciudad es muy pequeña, ¡joder! Me cruzo a diario con las amas de casa que me contratan, en el autobús, en el metro, ¡en el puto banco! Esta doble vida me está destrozando los nervios. Incluso lo poco que gasto llama la atención de mis conocidos.

––Oh, pobrecito mi niño. ¿Y qué me dices de las sustanciosas dietas y viajes que has disfrutado en otras ciudades y de tu expansión estatal? Por no mencionar lo bien que te está viniendo todo esto para hacer contactos para tu… ¿cómo lo llamaríamos?

––Úrsula…

––¡Cállate, te estoy hablando puto pijo, nuevo rico de los huevos! ¿Cómo llamaríamos a esa cosa tuya, eh? ¿El señorito de pronto quiere ser escritor? De pronto y sin avisar, eso es lo que más te importa en la vida. ¿No me contaste el otro día, con el júbilo reflejado en tus pupilas, que tu manuscrito, ése que habla de unos surfistas chalados, había llamado la atención de alguien importante en el viaje en el que tiraste a una madurita tatuada cuando todo el mundo pensaba que estabas en un congreso de Sociología en Valencia? ¿Y de dónde crees que salía todo eso, eh? ¿Acaso crees que meo pepitas de oro? Me viniste llorando con la misma mierda hace medio año y yo te conseguí contactos fuera de la ciudad para quitarte de problemas, te pagué los billetes del AVE en primera puta clase y te busqué hoteles donde te la pudieran mamar bien, ¿y ahora me vienes con que no puedes esconder los billetes de quinientos euros a tus padres? No me jodas, chaval, tengo el coño seco de tratar con niñatos como tú. Arréglatelas, guapito. Estamos metidos hasta el culo en la misma mierda y ésta huele igual de mal para los dos, así que ni se te pase por la cabeza jugármela. Sé que tienes la idea de escapar con la excusa de aprender inglés. Dime, ¿te quieres ir una temporada? ¡De acuerdo! Vete, nos vendrá bien a ambos, pero como sea más de un mes o desaparezcas del mapa, nos encontrarán a los dos, no lo dudes, y todo a la mierda. Seremos pasto de los gusanos

Úrsula llevaba tiempo forzando la voz y su cara se encendía bajo la dura capa de  maquillaje que parecía hervir sobre sus mejillas cual salsa de tomate en la cocina de un restaurante italiano.

De pronto, rompió a toser haciendo temblar las paredes. Un perro se puso a ladrar compitiendo en estridencia a través del patio interior que comunicaba todas las ventanas del oscuro y mugriento edificio, como si tratara de comunicarse con ella.

Me dio mucho miedo que estuviera al tanto de mis deseos de huida. ¿Qué más sabía de mí? ¿Cómo se había enterado? Me sentí controlado. Fue la primera vez que caí en la cuenta de la magnitud del asunto en el que me había metido.

Decidí mantenerla contenta. Hasta entonces había manejado la fantasía de poder retirarme cuando quisiera, pero el dinero atrapa y lo que es peor, lo mueve gente chunga. Gente con la que es mejor llevarse bien.

Pensé en quedarme en la ciudad y dejar pasar el tiempo. Seguir trabajando para Úrsula y mover mis manuscritos con los contactos que iba haciendo en la calle.

Sí, a los poderosos oídos de Úrsula aun no había llegado que no era uno sino dos, los libros que ya había escrito. Presenté dos novelas a inicios del año siguiente, en 2010, que tuvieron cierto éxito a pesar de no ser muy buenas y estar respaldadas por editoriales pequeñas.

La sempiterna mafia que andaba detrás de todo se encargó de convertirlas en fidedignas fuentes de ingresos. Era la tapadera perfecta para justificar mis ganancias, un joven escritor que se había puesto de moda y al que se le veía con mucha gente destapaba menos sospechas que un estudiante de sociología que aún vivía con sus padres. Así y todo, apenas llegué a ser visible en una pequeña ciudad carente de escenario sociocultural. Pero algo se estaba empezando a cocer.

 

***

 

TE QUIERO CON HOLGURA.

Diciembre 2009

 

Yo seguía escribiendo a pesar de sentir que la vida iba en mi contra. Tecleaba compulsivamente, empujado quizás por esa sensación. No veía escapatoria, Fabián me tenía atrapado en un mundo corrupto y peligroso cuya atmósfera debía ocultar al resto. La presión me hacía pasar las noches en vela pensando que algún día me iba a reventar desde dentro. Gases nocivos y calentamiento cerebral. El efecto invernadero alojado en el centro de mi pecho, junto al esternón. Comencé a tomar tranquilizantes para dormir; más tarde para afrontar el día. El alcohol me afectaba mucho y me ponía depresivo. Por suerte, una especie de turbadora energía que me impedía tomar soluciones dramáticas me mantenía no sólo en pie, sino caminando. ¿Hacia dónde? Allá a lo lejos… donde se tambalea esa misteriosa zanahoria tan difícil de alcanzar.

Recuerdo especialmente una noche de invierno de 2009 que hubiera sido igual que otras, una más al puto límite, de no ser por una conversación que tuve con mi amiga Eli.

Estábamos sentados en el bordillo del banco Sabadell frente al garito donde solían acabar todas las quedadas de clase. Nosotros habíamos salido a tomar el aire y a fumar un cigarro. Hacía algún tiempo que mis amigos de la universidad me habían rescatado de mi anterior grupo de amistades, los vomita-suelos-tragapastillas, aunque algún reducto quedaba todavía por ahí.

En ese momento estábamos soportando los interminables desvaríos de uno de ellos, que se nos había acoplado; el tío no paraba de esnifar speed y hablar de huevos duros.

—Es lo mejor que hay, podría alimentarme sólo de eso, llevo siempre dos en el bolsillo para cuando me entra el mono, me sientan de maravilla— decía, y se sacaba uno y lo pelaba mal y podíamos oír cómo crujían los trozos de cáscara dentro de su apestosa boca seca.

Era de ese tipo de tíos que cuando está drogado le encanta escucharse y sentirse gracioso careciendo por completo de ingenio alguno, saltando de un lugar común a otro y estirando conversaciones absurdas que acababan siendo monólogos hasta que la gente, harta, optaba por marcharse y dejarle hablando solo.

Afortunadamente, cuando nos estaba explicando lo mucho que él notaba en el sabor de la yema si lo había hervido en una cocina de butano o de vitrocerámica, le entraron ganas de cagar y se levantó del bordillo donde estábamos sufriéndole, desapareciendo en busca de una farola en cuesta, ya que según él, no podía cagar a partir de las dos de la mañana en otro lugar que no dispusiese de una farola a la que agarrarse para hacer fuerza y que además estuviera anclada en desnivel.

Gracias a Dios, no le volvimos a ver en lo que quedaba de noche.

––Joder, por fin se marchó. No soporto a esta gente. 

––¿Qué te pasa? Te noto raro ––preguntó Eli. Eran las tres y veintidós de la madrugada del primer sábado de diciembre y la Navidad había llegado a la ciudad para quedarse hace mucho tiempo. Me cogió de la rodilla––. Estás pálido y muy delgado, ¿no te lo habían dicho? Además estás faltando mucho a clase últimamente, cabroncete, antes no hacías eso. ¡Te echo de menos en Teoría Sociológica, me muero!

El frío polar alojado desde hace semanas en las paredes de mi estómago conoció la calidez de una amistad que rompía el tópico. Ella era mi amiga, rubia, guapa y soltera. Sí, hombres del mundo, se puede. Eli fue quien me lo enseñó. Y como amiga de verdad que era, no le podía mentir.

«¿Qué te pasa?«, me había preguntado. Como si fuese fácil contestar a eso. «Mira, Eli, desde hace tiempo soy Gigoló, empecé en esto por curiosidad y ahora…». No, imposible, por mucho que fuese mi mejor amiga, no podía tirar por ahí. «¿Ocultar cierta información también es mentir?», pensé. No tuve otra opción que la de irme por vías secundarias. Mierda.

––Esto no puede ser todo, Eli. No puedo pensar que haya tocado techo en esta ciudad, tiene que haber algo más, siento… ––contraje el gesto, como apenado––. Tú te vas a Madrid, estos no se van de aquí ni a tiros, y yo… ¿qué? Master, doctorado… ¿de qué sirve todo eso? Pero si esta puta ciudad no tiene más que bares con alcohol malo y gente a la que le gusta Gran Hermano… ¿Te conté que había empezado a escribir, no?

––Sí ––dijo ella lanzando una sonrisa a mi sien. Yo no me atrevía a mirarla a los ojos, la conocía bien, y sabía que no le haría falta profundizar mucho para descubrir a Fabián dentro de ellos––. ¡Y me encantó! ¿Sabes? El otro día le comentaba a Ignacio que te pegaba mogollón eso de ser escritor, que si había alguien en clase que tendría que serlo y me preguntaran quién, te hubiese nombrado a ti.

Me derrumbé, rompí a llorar expulsando sin control toda la mierda acumulada. Ella me abrazó la cabeza y empezaron a rebotar contra mi cráneo todas las mujeres con las que se había citado Fabián, todas las dolorosas estrategias que había tenido que urdir para no ser descubierto.

Mentir a mis seres queridos me estaba anulando, estaba borrando en mí, escaqueo tras escaqueo, toda posibilidad disfrutar de la vida como disfrutan de la vida las personas normales; allá donde los demás sentían ilusión yo divisaba el infierno.

Sí, para mí esos pequeños y dulces momentos como tener una cita con alguien, una cena con los amigos o pasar un domingo con la familia, suponían un duelo con la muerte. No sabría explicarlo.

Mi Yo del espejo, vil y corrompido por la inercia de la vida y todas esas mierdas que te sueltan tumbado en un diván con una mantita cubriendo tus vergüenzas ante un señor con barba, podrían valer, pero como cualquier otra chorrada. Cuando me sentí con fuerzas para hablar, dije:

––No es justo, no entiendo por qué teniendo un trabajo que me da pasta, unos amigos cojonudos y ganas de convertirme escritor, me puedo sentir así de anulado. Me siento vendido, traicionado por mí mismo y con un techo lleno de pinchos que desciende lentamente hacia mi cabeza, como en las pelis.

––No es ninguna peli de Indiana Jones, cariño. Es la vida. La vida real. Tú por lo menos aspiras a ser algo y no cualquier cosa. Hay gente que no se plantea ni leer un puto libro. Mira el de los huevos duros y la farola en cuesta… lo de los amigos cojonudos lo decías por él, ¿no? ––sonrió cual emoticono–– Ahora en serio, nunca sabrás qué puedes llegar a conseguir si no lo intentas.

Eché una carcajada. Ella ya me había soltado la cabeza y me respondió con una caricia.

––Estoy hasta los huevos de intentar cosas, sólo hago eso, intentar sin conseguir. Mierda, aunque sea sólo una puta vez quiero conseguir algo, por mínimo que sea, que me de las fuerzas que necesito para seguir hacia delante. ––dije señalando hacia el pub, que con los cristales empañados a modo de escaparate, ofrecía a un grupo de asertivas palomas picasuelos un tumulto de carne uniforme y sudorosa que berreaba los éxitos de Cadena Dial.

––Escucha, ¡lo importante es que no paras quieto! ¡No eres un nini! Una vez le oí decir a un señor mayor con gafas y pelo blanco que la paciencia es una amante fría y dura, pero que al final te recompensa por todo. ¿Ese trabajo que tienes ahora te hace sentirte mal, verdad? ––un retortijón casi me hace vomitar––. Bueno, tú piensa en que trabajas, estudias y además de eso, tienes una meta por encima de todo. Lo de los estudios de mercado no es para toda la vida, es para pasar un ratito con algo de pasta en el bolsillo y poder pagarte los vicios. No te agobies, que ni de palo te vas a jubilar en eso.

––¿Qué voy a hacer yo sin ti, rubia? ––volvió a cogerme de la cabeza y me plantó un enorme beso en la mejilla

––Madrid está aquí al lado, cariño. Tienes una casa allí para lo que quieras. Para huir, para desfogarte… ¡Vente a gritar! Compraré platos baratos para cuando vengas y ya seas famoso y los romperemos en el salón hasta que venga la policía y saldremos en los periódicos, en la sección de sucesos locales, ¿te imaginas? Escritor famoso y rubia desequilibrada siembran el pánico en una tranquila vecindad del centro de Madrid. Mira, a ver qué te parece esto: vamos para dentro, nos sacamos un gintonic, un par de tequilas, y hacemos como que nos importa todo un poquito menos. ¿Te parece?

––Te quiero con holgura, rubia. Lo sabes.

––Y yo tanto que a veces como.

Nos levantamos y nos dimos varios abrazos antes de llegar a la puerta del pub, donde un simio de cabeza rapada y ciento treinta kilos miraba al frente, inexpresivo. Hasta que no le enseñamos el sello que marcaba nuestras manos no supo qué hacer.

Nos abrió la puerta hacia el calor de la oscuridad y nos adentramos en el ruido cogidos de la mano como dos enamorados. Nos gustaba ese juego, la gente nos miraba como a una pareja ideal y nosotros sonreíamos, disfrutando del engaño.

 

***

 

EL REPLIEGUE DE LAS TROPAS

Marzo 2010

 

El deterioro físico y mental de Úrsula fue veloz como un correcaminos. Si a finales de verano le patinaba la cabeza, cuando el invierno decía adiós a media población azotada por una gripe gastrointestinal, Úrsula se despedía de la poca carne que aún rodeaba sus blandos huesos. Seguía fumando igual, aunque sólo era cuestión de imagen, puesto que los cigarrillos que encendía a diestro y siniestro los iba repartiendo por la mesa y por las estanterías de su despacho como barritas de incienso que olvidaba al instante para prender más. Si no hubo un grave incendio en el edificio fue porque la cantidad de papeles que se apilaban por todos los lados habían acumulado tanta humedad a lo largo del tiempo, que juntos tenían la consistencia de un roble centenario en el húmedo valle del Baztán.

La tapadera había llegado a un nivel de descaro que rozaba el chiste. No sé cómo, pero a través de una cuantiosa suma que el Gobierno Vasco inyectó a los ayuntamientos para «la empleabilidad de la gente joven», Úrsula me consiguió un trabajo en el ayuntamiento de la ciudad a media jornada, sólo por las mañanas. Un trabajo fácil, aburrido y sobre todo bien pagado; vamos, el sueño de todo vago con pocas aspiraciones. A mí me retorcía las entrañas. Dos mujeres de la plantilla de la oficina en la que trabajaba habían sido clientas mías. Una de ellas era Begoña y la otra, recurrente y satisfecha, formaba parte de la junta directiva adjunta a concejalía cuyo máximo representante, y aquí viene lo mejor, era su marido. Mi sistema nervioso parecía un panel de mandos sobre el cual hubieran echado un cubo de agua. Mis botones chisporroteaban y una alarma a la que nadie hacía caso bramaba en mi cabeza.

En la oficina me tenían en palmitas por si acaso se me ocurría tirar de la manta y gozaba de un despacho para mí solo en el que nunca había ninguna tarea que hacer, salvo enredar en el Facebook y sufrir las horrendas resacas que me dejaban las noches que pasaba con clientas o con los contactos que iba consiguiendo.

Recuerdo que una mañana de jueves me desmayé sentado en la cómoda silla de mi despacho y que permanecí inconsciente y derramado durante más de una hora. Nadie me dijo nada. Yo tenía intención de ir a por el noveno café de la mañana, pero no llegué ni a levantarme. Iba a celebrarse una reunión con unos técnicos de un departamento que querían hablarme de un súper informe que había costado un dineral. Según tenía entendido, en algún momento de la mañana se pasarían por mi despacho. No lo hicieron, o puede que sí, y que la reunión se celebrase conmigo desmayado en la silla. Así todo, repito y reitero, nadie me dijo nada.

Mi último encuentro con Úrsula fue triste, estaba en las últimas y no podía seguir el hilo de sus propias argumentaciones. No sé si soy de ese tipo de personas de las que se puede decir que «en el fondo son buenas»… pero el caso es que me sorprendí apenado por verla así. La viejita con pinta de lagartija sometida a pruebas de maquillaje experimental en la que se había convertido no sólo era consciente de su propio declive, sino también del peligroso estado en el que se encontraba el holding para el que trabajábamos los dos. Gema, así se llamaba la mujer de Mallorca que me metió en todo esto, había hablado con ella personalmente hacía pocos días. Le contó muy apurada que los malnacidos de Hacienda la estaban ahogando. Se sentía espiada en cada movimiento que realizaba dentro de su ostentosa vida, por lo que la llamada tuvo el carácter de orden superior que instaba al inminente repliegue de tropas para una disolución definitiva del ejército estatal de gigolós que llevaba capitaneando desde 1992.

Úrsula me tranquilizó con el estilo de una tía abuela lejana a la que siempre que visitas te da una propinilla y muchos pellizcos en los mofletes. Me aseguró que nosotros éramos el último eslabón de la cadena y que no corría peligro siempre y cuando, y esto lo dijo con mucho esfuerzo para que no se le fuese la  cabeza en plena conversación, guardase con la mayor cautela posible la llave que abría la caja de seguridad ubicada en la central de un banco, donde se hallaba todo el dinero en «B» que yo había ganado y que ella desvió de las cuentas «A» durante el ejercicio 2009-2010. Una jugosa suma que para un chaval como yo, según dijo, podría destruirme si la utilizaba mal o solucionarme la vida durante varios años si era inteligente. «Tú eres de los listos», me dijo, y eso me emocionó, porque vi afecto en su tono por vez primera. Todo menos mi dinero se destruiría en el plazo de cinco días hábiles. Hablamos de mi actual puesto de trabajo en el ayuntamiento, bromeamos como villanos poderosos que se respetan y al final me dijo que bien podría mantenerlo por la baza que jugaba al ser cliente de la mujer del jefe o que, apelando de nuevo a mi inteligencia, lo abandonara con cualquier excusa. Tras abrazar su esqueleto salí de su despacho con la llave de la caja de seguridad y el consejo de mantener los ojos bien abiertos por lo que pudiera pasar.

––Una cosa más–– me dijo entre susurros cuando ya me encontraba con un pie en el eterno abandono de aquel pasillo que parecía estar construido únicamente para su oscura oficina. Yo me di la vuelta sabiendo que esa sería la última vez que la iba a ver—. Como al final no te puse un móvil de empresa, te recomiendo que si decides dejarlo cambies de número y bloquees el antiguo. Lo digo porque puede que algunas mujeres te sigan llamando, ya que seguirás apareciendo en la sección de contactos de los periódicos y en varias webs, pero bueno, eso ya lo dejo a tu elección. Si sigues aceptando clientas lo harás ya por tu cuenta, de freelance. Ya te has librado de mí, chaval, todo el dinero será para ti. Piénsalo. Quién sabe, a pesar de todo lo que me has llorado durante este último año, creo que en el fondo tienes mano para esto y que disfrutas, ¿me equivoco? Creo que no, estoy casi segura de ello, y por eso te voy a dar este pendrive donde están todos los datos de tus clientas, por si acaso te da por continuar o por retomarlo algún día. ¿Todos necesitamos dinero, no? Eso sí, si decides retirarte para siempre, destrúyelo, que no quede ni rastro. Que te vaya bien, chaval, recuerda todo lo que te he dicho, que a mí ya se me está olvidando. Ah, y suerte con tus novelas, siento no haber podido ir a ninguna de las presentaciones, pero chico, ya ves lo cascada que estoy, aunque me haya burlado de ello en el fondo confiaba en que podías llegar lejos siendo escritor, eso se nota en la forma de mirar y hablar. Si algún día escribes algo sobre esto… ¡Qué cojones! Si algún día lo haces yo ya estaré bajo tierra, así que haz lo que te de la puta gana––. Cerró la puerta y oí el eco de sus violentos tosidos por todo el pasillo mientras me dirigía al ascensor. El perro del patio ya no ladraba.

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