I

 

Aquel día hacía tanto frío que algunas ráfagas de viento parecían tristes y enfermas a través de la ventanilla del tren. Me encanta viajar en tren. Es el único medio de transporte que merece la pena, puesto que te ofrece misterio, además de mero desplazamiento. Si voy en avión me paso todo el trayecto suplicando salir cuanto antes de ese condenado amasijo de hierros. Creo que los aeropuertos son un castigo divino impuesto por y para el sufrimiento del hombre. El coche me parece lo más insulso de este planeta, a no ser que seas un nostálgico de alguna época o de las novelas americanas de mediados del siglo veinte y que aún confíes en que algún día tu viaje sea como el que hizo de Kerouac. Pienso que los que viajan en barco son tontos a un nivel extraordinario ya que parecen más interesados en lo que hay dentro que en lo que hay fuera. Del autobús no diré nada porque hoy he tenido un día muy turbio, y no quiero alterarme. Por eso viajo en tren, porque hace del mero hecho de desplazarte la posibilidad de vivir una experiencia aceptable antes de llegar a tu destino. Además, los pasajeros que caminan por los vagones parecen comulgar con esta máxima, y me gusta rodearme de gente que piensa como yo. Creedme si os digo que la de hoy no es la única vez que he comprado un billete de ida y vuelta con la única intención de realizar el trayecto y poder pensar tranquilamente en mis cosas.

Me gusta pensar en mis cosas, sobre todo cuando me pongo nervioso y todo eso. No puedo parar de pensar en mis cosas cuando me pongo nervioso. No soy de esos raritos obsesionados con los trenes que regalan su vida a los raíles y viven por siempre en un sótano creyéndose el gigante jefe de estación de un país liliputiense. Esa gente me pone de los nervios.

Hoy he tenido un día muy turbio y estoy especialmente agobiado y necesito mucho pensar en mis cosas, por eso me he comprado un billete nocturno de ida y vuelta para un trayecto de unas cinco horas en total. Cinco horas en un vagón con todo el espacio del mundo y las ventanillas tan negras como si corrieses eternamente por un túnel infinito, la azafata ofreciéndote café y pastas y revistas y todo eso.

Aunque todavía no es noche cerrada siento que ya domino el espacio.

Procuro sentarme siempre en el sentido de la marcha. Si viajo de espaldas me mareo y me entran ganas de vomitar. Me pongo muy mal cuando vomito y meto mucho ruido y me cuesta mucho recuperarme y todo eso. Puedo pasarme horas vomitando y gritando y creyendo que voy a morir. La última vez escupí dos empastes y me rompí dos tendones de la mandíbula, si es que existe eso. Quizá sea por la edad. Tengo treinta y tres años y aparento menos de dieciocho. Xoxanna dice que es por los nervios, que no dejan que mi metabolismo se desarrolle adecuadamente. Xoxanna se cree cualquier cosa que lea en Twitter. Es culpa de ella que ahora esté en este tren, agobiado y sin poder parar de pensar en mis cosas. Como siempre, se ha tomado la libertad de hacer algo que cree que va a salir bien y que me incumbe directamente a mí y lo ha hecho sin avisar, y se ha liado una buena, sobre todo dentro mi cabeza y en el pecho a mano izquierda; siento un aleteo constante.

Lo explico.

El otro día, de camino a casa, caí rendido ante el hecho de que hubiera gaviotas en la avenida y de que las copas de todos los árboles estuvieran podadas en perfecta y simétrica redondez. No te rías. Me afectó tanto el asunto que me tuve que sentar unos minutos en un banco para reflexionar. No me sobrevino un ansia ferroviaria, no, éste era un éxtasis hermoso, de esos que te contestan cosas importantes sin que tú se lo pidas. El caso es que estuve ahí sentado varios minutos, llenándome de belleza y de ganas de amar a la gente, y cuando subía corriendo las escaleras de mi casa, albergaba unas ganas tremendas de coger a Xoxanna en mis brazos y decirle lo mucho que la quería. Entré exultante en el salón, con la cara enrojecida por el ímpetu con el que subí los numerosos peldaños que me separaban de nuestro nidito de amor alquilado y me la encontré absorbida por su teléfono, con la luz de la pantalla iluminando su cara leyendo lo que ella considera el oráculo moderno de los tiempos modernos: Twitter. Intenté explicarle la excesiva belleza de las copas de los árboles podadas con simétrica redondez y la magnanimidad de las gaviotas en la avenida, y ella me contestó con júbilo:

—¡No te lo vas a creer! Te he creado una cuenta en Twitter y le he mandado un tuit a un director de cine… ¿Y sabes qué? ¡Quiere conocerte! ¿No es maravilloso? Por fin vas a tener la oportunidad de enseñar a alguien influyente todo lo que escribes. ¡Quizá quiera hacer una película o una serie con ello! ¿Te imaginas? —No pude contestar nada; mi mundo dio un vuelco.   

He debido pasar mucho tiempo seguido pensando en mis cosas porque una señora se ha sentado a mi lado y no me he dado cuenta. Sudo y me cuesta fijar la vista; me mareo, pero puedo comprobar que la mujer es atractiva, aunque me doble la edad. Me mira con curiosidad; sin preocupación. También he debido pensar en alto, algo que me sucede a menudo, porque la señora pregunta:

—¿Quién es Xoxanna? —. No me sorprende suelo hablar solo y bastante alto cuando estoy demasiado agobiado pensando en mis cosas; incluso gesticulo y amenazo con aspavientos a un Dios imaginario que se pone en mi contra.

Una de las cosas que me encanta hacer cuando viajo en tren y estoy nervioso es mentir descabelladamente a desconocidos y darles palique. Por eso contesto:

—Una bailarina de cabaret con la que comparto piso y me acuesto de vez en cuando —. La mujer entorna los ojos como si además de captar mi mentira, ésta tuviera la capacidad de difuminarme.

—¿Cuántos años tienes, criatura? —Odio a la gente que llama “criatura” a otro porque piensa que éste es más joven. Por Dios, cómo los odio.

—Cincuenta y seis, una extraña alteración del metabolismo hace que aparente menos edad, tengo el sistema nervioso en rompan filas y todo eso. Mis hijas se ríen cuando me piden el carnet de identidad al pedir bebidas alcohólicas en un restaurante, piensan que mi mujer es mi madre y que yo soy su hermano mayor. Cuando ocurre eso, a mi mujer y a mí nos excita muchísimo, y no vemos el momento de pagar la cuenta y que las niñas se duerman, ya sabe—. De pronto, me apetece mucho tomarme una copa—. ¿Le gustaría tomarse una copa en el vagón restaurante? No sabe lo mucho que me apetece tomarme una copa o dos ahora, ¿le gustaría acompañarme? Podría contarle muchas más anécdotas.

La mujer vuelve a entornar los ojos de esa forma. Me pongo nerviosísimo y el estruendo grave y como de animal subacuático de pantano que hacen los trenes al meterse por un túnel me provoca una dolorosísima punzada en las plantas de los pies, como si unos clavos fríos y gruesos me anclaran al suelo. Con la palma de mis sudorosas manos pegada a mis rodillas, intento en vano arrancarlas del suelo al que estoy clavado. La mujer sigue con los ojos entornados, callada. El contorno de mis pantalones recortado por mis dedos se funde en una misma materia, igual que al remover una cucharada de kétchup sobre un tarrito de mayonesa cuando se quiere hacer salsa rosa.

—Es demasiado tarde para beber, al menos para mí, criatura. Ve tú si quieres. Te espero aquí.

Vaya que sí voy a ir. Como me vuelva a llamar criatura no respondo de mis actos. Necesito más que nunca una maldita copa. Me levanto con esfuerzo, arrancando de cuajo los anclajes que me unen al suelo por la planta de mis pies.

Las ventanillas del tren son más negras que nunca. Al cruzar una de las puertas siento el frío triste y enfermo que se cuela por el fuelle que une los vagones y de pronto me siento solo, muy solo. Echo de menos a la tarada de Xoxanna y sus malditas locuras que me complican la vida.

A la tercera copa pienso en que tenía que haberla avisado de que hoy no iba a pasar la noche en casa, aunque suficiente tengo ya con lo que se me viene encima y el mal cuerpo que me ha dejado la forma en que me miraba esa señora.

¿Qué le habrá escrito Xoxanna a ese director de cine? Sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta. Puede que ni siquiera sea él, que sea un tarado que mata a la gente y mete sus órganos en un frasco con formol. Visualizo una estantería llena de riñones y ojos y corazones y todo eso.

Pido otra copa y me distraigo pensando en el Kimono de seda que llevaba Xoxanna ayer, cuando desde el sofá me dijo lo del mensaje y todo dio un vuelco. La tela resbalaba sobre su piel, invitando a la caída.

No entiendo de redes sociales, representan todo lo que odio. No se me da bien tratar con personas de verdad, creo que me van a atacar. Me pongo nervioso por todo.

Apuro la copa, pido otra.

El cordón del Kimono de seda de Xoxanna, al borde del abismo de sus caderas. Lo mejor de ella es que confía en lo que escribo y siempre quiere que gente importante lo lea. Yo no confío en lo que escribo y la vergüenza que paso cuando leo mis propias palabras me provoca arcadas histéricas.

Cuando me dejo llevar por Xoxanna un ruido de cristales rotos me acompaña a todas partes pero al final pasan cosas, y de eso va la vida. 

 

II

 

–El biombo de cedro déjalo en la entrada, junto al seto–. Se da la vuelta y nuestros rostros se encuentran por segunda vez en toda la mañana. Al menos que yo sepa, me ha mirado el paquete seis veces y le he pillado haciéndome ojitos de refilón otras tantas. Me habla como si se dirigiese a un tumulto y sólo para darme órdenes. Llevo una sufrida eternidad descargando de un tráiler los trastos de una vida y me mata el dolor de espalda–. No quiero que ese biombo de mierda cruce el umbral de esta sagrada casa, es de la zorra de mi ex mujer. ¿Sabes por qué es sagrada esta casa, chaval? –Afortunadamente no me pregunta si sé por qué su ex mujer es una zorra. No puedo contestar; estoy demasiado ocupado intentando recobrar el aliento. Disfruto del receso con los brazos en jarras, suspirando cual abuela que recuerda a su nieto cuando era niño. Se adelanta y contesta él mismo–. Porque esta casa constituye para mí un refugio, y todo hombre bueno merece un refugio de zorras como mi ex mujer.

Estoy en la entrada de la casa del director de cine al que Xoxanna le mandó un mensaje hace unos días por Twitter. El tipo, que en un acto de humildad llama “refugio” a esta mansión, me ha  puesto a descargar muebles. Tras un gesto suyo, deduzco que el descanso se ha acabado y continúo sacando trastos del tráiler que es igualito al que aparecía en la serie de «el coche fantástico» y que servía de escondite a Kit cuando huía de los malos. Pero dentro no tiene una oficina súper chula; sólo tiene trastos y más trastos. Por Dios, ¿quién quiere dos docenas de flamencos de porcelana a tamaño natural? ¿Y una estatua de Camilo Sesto en Jesucristo Súper Star? No quiero saberlo.

Cuando he llegado a primera hora de la mañana el tráiler estaba aparcado frente a la casa como el puto dragón blanco que parece un perro en esa película alemana de los años ochenta… No me acuerdo ni del título de la película ni del nombre del «dragonperro», pero creo que os podéis hacer una idea. Del camión se han bajado cinco empleados y se han despedido del director de cine diciendo que retirarían el trailer cuando estuviera vacío. «Descuidad, os llamaré cuando el chico y yo lo hayamos vaciado«, ha dicho. He notado los diez ojos de los cinco empleados posándose sobre nosotros. Entre los dos no sumábamos ni uno de ellos. No entiendo las típicas excentricidades de ricachón, me sacan de quicio. ¿Por qué ha mandado de vacaciones a los maromos del camión? ¿Por ahorrarse cuatro céntimos? ¿Para que gente de clase baja no toque sus preciadas posesiones?

El ruido de cristales rotos me acompaña cada vez que levanto un objeto que cuesta más que un mes de alquiler. El director de cine es el patrón en esta mudanza, yo soy el peón. Transportar peso del camión al recibidor de la mansión es mi labor, para eso he venido aquí. Soy un chico delgaducho, alimentado medio bien y sin experiencia en el ejercicio físico. Mi labor es la que podían haber hecho cinco expertos preparados físicamente en dos horas. Pienso en que si me acojo a la ley 31/1995 del 8 de noviembre de Prevención de Riesgos Laborales podría denunciarle, pero no, aquí estoy yo, para tardar una mañana entera y arriesgar mi salud de por vida; amén de la integridad de muchos de los bienes con los que cargo, ya que tampoco soy muy hábil con las manos.

Pensaréis que existe una buena causa. Claro que existe, siempre hay una causa: era esto o trabajar en algo. Sé que no me explico bien, pero Xoxanna me lo ha explicado y yo lo he entendido a la primera, con eso me vale. Lo he entendido tan bien que para celebrarlo estuvimos follando durante cuatro horas y después pasamos como otras cinco bebiendo y fumando y metiéndonos cosas que están de moda y todo eso. La bacanal fue ayer y ahora tengo resaca, pero me da igual, porque si no hago esto tendríamos que trabajar y eso sería como el puto fin del mundo conocido hasta ahora. Sobre todo si tengo que trabajar yo. Aún no sé cuál va a ser mi finiquito. Puede que sea una Coca-cola zero y una palmada en la espalda; puede que sea un Roypnol y perder un riñón en el mercado negro; puede que sea algo nuevo que comience y que algún día tras mucho sonido de cristales rotos se convierta en algo importante. Por esto último llevamos moviéndonos desde el amanecer de los tiempos, quién sabe, puede que esta sea la vez en que nos suceda algo escrito en mayúsculas.   

A medida que el tráiler se vacía el tipo se va mostrando más cercano. Espero que cuando me invite a entrar a su casa para tomar una Coca Cola no intente violarme con su colección de palos de golf. Lo veo en sus gestos, sí; puede que cuando acabemos me invite a entrar, pero que no se confunda, no me gusta el golf.

–Sólo queda una caja más de pósters de películas y otra llena de premios de cine que compré en su día. ¿Te apetece entrar a tomar una Coca Cola cuando acabemos? —pregunta el director de cine.

–Incluso una cerveza. Soy muy de cerveza.

–Perfecto. Pues una cerveza. A mí la cerveza me parece aburrida, soy más de güisqui y de comprar premios de cine –me mira con la misma expresión que el padre de «Los Problemas Crecen» cuando hacía una broma súper guay. Quiere que yo sea su «Kirk Cameron especial», quiere probar mi swing. Bueno… mejor esto que tener que trabajar; el puto fin del mundo conocido hasta ahora. No quiero ni imaginar cómo reaccionaría Xoxanna. Bueno, no podría saberlo porque antes me habría matado. No ella. Yo mismo, me mato yo mismo. Tenemos que mantener la racha. Por eso ayudo gratis a este tipo a hacer su mudanza, por eso llevo toda la mañana vaciando este puto tráiler inmenso lleno de sus cosas de ricachón excéntrico mientras me mira el culo y piensa en lo profundo que podría meterme su hierro seis y todo eso.

Lo último que saco de la última caja de cartón son dos Premios Goya que parecen auténticos. Me doy la vuelta con uno en cada mano, sintiendo su peso. Siento que se desprenden aplausitos de la cabeza tallada del pintor cuando los agito cual actor consagrado y casi puedo oler la halitosis de todos los asistentes a aquella gala del 99 en la que él los ganó. El director de cine, desde el otro lado del remolque, observa un inmenso cartel de la película Easy Rider del año 1969 firmado por Dennis Hopper; parece guardarle bastante cariño.

–Metamos estas últimas antiguallas dentro y tomemos algo –sugiere desde fuera sujetando la puerta.   

Las casas vacías siempre parecen más grandes de lo que son y las que ya de por sí son grandes y están vacías tienen como un eco cavernoso que te hace pensar en riachuelos subterráneos y guano de murciélago.

–Hombre viejo, casa grande –dice, y el recuerdo de su voz busca asustada una salida chocando de esquina en esquina. 

–Entra, dijo ella, yo te daré cobijo para la tormenta– contesto. Sus ojos brillan–. Es lo que dice la canción de Dylan –concreto.

–Muchos coinciden en que Tangled Up in Blue es su mejor disco, y también el más triste. ¿Por qué lo mejor de un artista siempre es lo más triste?

–Quizá porque lo bueno nos gusta vivirlo y lo malo que sólo nos lo cuenten.

–Eres inteligente, chaval, y le echas huevos. Vamos a la cocina.

La cocina es como el útero de la Antártida. Sólo hay dos sillas negras de esas que se pliegan y tienen algo de acolchado. El tipo me señala una de ellas y va hacia unos armarios que no había visto. Me distraigo mirando al techo. Viene con una lata de cerveza para mí y un vaso de güisqui para él.

–Es verdad lo que dicen todos cuando los recogen tras subirse al escenario. Pesan mucho. Me refiero a Los Goya.

–Es la única verdad que sueltan por su boca en toda su carrera. Todo lo demás es puta mentira. Dedico el premio a mi familia y a todo el equipo bla bla bla… Puta mentira. Desde el primer momento en el que alguien importante de verdad posa sus ojos sobre ellos, dejan de existir la familia, sus amigos, el equipo y el mundo. Sólo son ellos. Créeme, chico, lo he visto a lo largo de los años. Se pasean y se exhiben como almas en pena por todos los saraos del país; se muestran serviles, humildes, dispuestos y capaces… pero en cuanto alguien los apunta con el dedo se transforman. Su mirada cambia, hay algo físico en ello…

Interrumpe su discurso al ver que me he acabado la lata.

–¿Quieres otra?

–Al mejor jugador nunca le puedes dejar sin cartas.

Se levanta. Yo me distraigo mirando al techo. Viene con otra lata. Me mira. No hay palos de golf en la sala.

–En cambio tú… eres diferente. Tienes una mirada diáfana, como si no necesitases ninguna transformación. Es como si desde el principio tuvieses las cosas más claras. ¿Qué es lo que quieres en esta vida?

–Mantener la racha para que el mundo conocido hasta ahora no se vaya a la mierda.

–¿Y cuál es ese mundo? 

–Uno en el que Xoxanna y yo nos mantenemos sin tener que ser como los demás.

–Ya sé lo que haces tú, pero dime, ¿qué es lo que hace tu novia?

–Xoxanna no es mi novia. Ha intentado matarme cinco veces. La última hace dos semanas.

–Entonces es tu ex mujer.

–Nos llevamos genial.

–Entiendo, bueno, ¿pues qué hace Xoxanna?

–Tiene un don especial para conseguir las cosas al mejor precio y con las mejores condiciones.

–Estupendo.

–Ni te lo imaginas.

–Bueno, entonces… Según dices queréis mantener la racha.

–Básicamente no tener que trabajar en algo que me haga pensar en cuchillos que me rasgan las entrañas, lo que para nosotros significa seguir viviendo de lo que hacemos y que nos mantiene como si fuésemos unos vagabundos medio conocidos que no necesitan de servicios sociales. Yo escribo y ella… bueno, es actriz, bloguera, famosa en las redes sociales y todo eso.

–Creo que mi mierda encaja con la tuya. Eso es lo que me escribiste. Sabes que no soy un cualquiera. Tenías doscientos cuarenta y tres caracteres más y eso fue todo lo que me escribiste. Ni un enlace. Miré tu cuenta. Ningún tweet, cero seguidores y sólo una persona a la que seguías, a mí.

–No entiendo las redes sociales, representan todo lo que odio. Fue ella la que creó la cuenta sólo para mandarte ese tuit. En realidad yo no te escribí. Bueno, sí, yo dije cuál tenía que ser la frase. Me costó dos horas decidirme. 

–Ni Facebook, ni Instagram, ni página web, nada. La que sale en la foto de perfil es ella, ¿no?

–Sí. Pensé que te picaría más la curiosidad.

–La foto es lo de menos–. Me distraigo mirando al techo–. El caso es que no sé cómo hostias lo conseguiste, pero me interesé por tu mierda y pedí que me la mandaran. Sabes que jamás he tenido que hacer tal cosa, ¿no? Sabes que la gente paga porque su mierda llegue a mí.

–Lo sé, pero ya te lo he dicho antes, Xoxanna tiene un don especial para conseguir las cosas al mejor precio y con las mejores condiciones. Es inexplicable.

Silencio.

–Escribes bien, chaval, escribes demasiado bien. Tengo la sensación de que incluso te cortas un poco y no dejas que fluya todo, ¿me equivoco? –sonrío y apuro la lata– ¿Sabes por qué te he hecho descargar ese camión?

–Porque la gente paga por hacer que su mierda llegue a ti.

–Exacto. No hay nada gratis en este mundo.

–Deberías conocer a Xoxanna. Ella sabe manejarse bien en estas cosas, yo no paro de oír como un ruido de cristales rotos. Me pasa cuando me pongo muy nervioso.

Ríe. Se termina el güisqui en silencio. No me ofrece otra lata de cerveza.

–Muy bien, chaval. Tú, yo y esa magnífica novia que tienes hablaremos de negocios. Intentaré que esa racha a la que te refieras se mantenga estable. La verdad es que necesitaba a alguien como tú.

–Seguro que también encuentras utilidad en Xoxanna –lanzo un pequeño eructo.

–Seguro que sí, pero vayamos despacio. Este será un largo camino. Estaremos en todas partes y vuestro pequeño mundo conocido se irá agrandando cada vez más. Sois mercenarios, carecéis de sentimientos, sólo os mueve el impulso de manteneros en pie. Llegaréis lejos si no os destruís antes.

–Cuántas cosas has dicho.

–No hables como la zorra de mi ex mujer. Mañana a la misma hora aquí ––me dice––. Tengo que recoger a mi hija del aeropuerto, llevarla al colegio y después asistir a una reunión horrible. Vendrán los obreros y no puedo dejar la casa sola con todos estos lujos dentro. Cuidarás de mi refugio y vigilarás mis bienes. ¿Entendido? Sobre todo la estatua de Camilo Sesto.

–Espero que haya más de dos cervezas —contesto.

Y vuelve a reír y yo pienso que le quedaría bien un puro enorme en la comisura de sus gruesos labios y todo eso.

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