I

 

––No lo sé, Xoxanna, te lo he dicho cien veces. Tengo que estar aquí, en esta puta casa enorme vigilando a una docena de maromos latinos para que hagan bien su trabajo y no le roben la infinidad de mierdas que tiene desperdigadas por todos los lados. No sé nada más––. Me muevo en pequeños círculos sin sentido mientras fumo y hablo por el teléfono móvil. No sé hablar por el teléfono móvil si no fumo y me muevo en pequeños círculos sin sentido––.  Me dijo que tenía que ir a recoger a su hija al aeropuerto y luego no sé qué de una reunión. Sí, es él. Es el Director de Cine. Sí, con mayúsculas. Sí, también te dije ayer que quería darnos trabajo, pero de momento esto es lo que tengo que hacer, no queda otra. Ya, suena raro de cojones, pero ya sabes cómo es esta gente. Por lo menos no me ha metido su colección de palos de golf por el culo. No me hace gracia, Xoxanna. Joder… pues desayuna tostadas como todo el puto mundo. ¡Con el pan de ayer, yo que sé! Sí, vale, luego te llamo.

Llevo dos horas aquí. Xoxanna me pone de los nervios. Se acaba de levantar y ya me pone de los putos nervios. Es otro don que tiene, junto con el de conseguir las cosas a buen precio y con las mejores condiciones. El motivo de la llamada era que quiere desayunar el muesli que toman los famosos, pero ya no nos queda en casa. Por eso me llama por teléfono, para decirme que ya no queda muesli del que toman los famosos y para repetir paso por paso la discusión que tuvimos ayer en casa después de que volviéramos borrachos del Bears.

Xoxanna consigue que me quiera lanzar por la ventana, pero se me pasa pronto. Salvo por el desenlace, acabar follando, es como discutir con tu hermana pequeña. Soy hijo único, pero he tenido ocasión de contemplar una discusión de hermanos y me recuerdan a nosotros. Xoxanna es mucho más guapa que cualquier hermana de cualquier amigo que haya conocido. Le gusta mucho una serie de chicas que dan en la HBO y aplica a su vida muchas de las cosas que se dicen en esa serie. A veces la veo con ella; no está tan mal. Se parece físicamente a la mejor amiga de la protagonista y lo sabe, incluso se ha llegado a comprar la misma ropa que viste en la serie. Una vez se gastó cuatrocientos euros en las mismas botas que calzaba la chica en el capítulo en el que ésta daba un concierto en un bar súper moderno. Por la noche, cuando estábamos en casa, apareció en el salón desnuda y sólo con esas botas cantando la misma canción que cantaba la chica en el bar súper moderno. Yo no me di cuenta de que eran las mismas botas de la chica de la serie ni de que se trataba de la misma canción y estallé en carcajadas. Se las quitó y me las lanzó a la cabeza; tuvieron que darme cinco puntos en la ceja derecha. Cicatrices del amor.

––Señor, necesitamos agua para la mezcla, ¿de dónde la podemos coger? ––Recuerdo que el Director de Cine, el dueño de la casa, el tipo con el que descargué ayer un camión lleno de mierda y que pensaba que iba a violarme con su hierro seis, me dijo qué podía hacer en casos como éste. Mi defectuosa memoria trabaja mientras las pestañas del obrero, llenas de polvo blanco, brillan como las de un hada madrina.

––¿Os vale con una toma de agua que hay en el jardín? ––digo por fin. No parece convencerle. Parpadea rápido y eso provoca que motitas brillantes salgan despedidas de sus ojos rojos, los cuales se asemejan a los de un zombi infectado. Terror Disney en ayunas.

––Estamos en el piso superior, podría ser una más cercana, ¿señor? ––me mareo mucho cuando me llaman señor y no quiero acabar vomitando porque asustaría a esta pobre gente.

––Bueno, pues vamos a inspeccionar la zona en busca de una toma de agua. ¿Os serviría con una que haya en un baño?

––Sí.

El obrero y yo nos paseamos por la mansión vacía. Huele a cal. No conocía el piso de arriba y compruebo que existe otro aún más arriba. Estamos en un pasillo con puertas a los lados; cuestión de ensayo y error. Tras abrir un par de puertas damos con un enorme baño y una bañera de esas antiguas con patas doradas parecida a la de la película «Ésta casa es una ruina» se le antoja perfecta para llenar varios cubos de agua. Me despido de él y me dirijo a una de las habitaciones que hemos abierto mientras buscábamos el baño. Está llena de libros, discos, premios, fotos firmadas y todo eso. Parece ser la habitación del ego. Había oído hablar de este tipo de guaridas. Gente como el Director de Cine las tiene, y creo que es un maravilloso sitio para pasar el día. Me pongo a fisgar: fotos antiguas de él cuando era joven con famosos muy famosos que en aquellos tiempos ya eran viejos… Alguno aún vive. Premios honoríficos a una carrera, libros firmados, recortes de prensa…

Paso un tiempo incalculable y valioso perdido entre recuerdos ajenos que desprenden olor a pachuli.

Una vibración en mi bolsillo los interrumpe. Es un whatsapp de Xoxanna: «Estoy a diez minutos de la casa. La Hija del Director es una zorra peligrosa. Sé que ha hecho pira a clase y que estará por ahí cerca porque la sigo por Snapchat, menuda hija de puta. Además me debe pasta«.

La capacidad de espionaje que tiene Xoxanna es aterradora; es capaz de encontrarme aunque tenga la localización del iPhone desactivada.

En ocasiones exagera y le gusta montarse películas, pero la mayoría de las veces acierta. Así y todo… ¿cómo se va a enterar ella antes que yo de que la Hija del Director está en la casa? Achaco su sospecha a la locura inducida por sus celos. Cuatro de las cinco veces que ha intentado matarme han sido por los celos. La otra fue porque me olvidé de algo muy importante. Cuando contemplo con envidia un pase VIP para el preestreno de Birdman firmado por el mismísimo Iñarritu, escucho unos ruidos extraños que vienen de alguna parte. Dejo el pase sobre la mesilla donde lo he encontrado y salgo de la habitación del ego. Gritos y golpes. Jadeos. Más gritos y más golpes. Vienen del fondo. Voy hacia la puerta, me detengo en el umbral y pego la oreja. Jadeos, gritos… La abro.

––¡Sopa de huevo! ¡Maldito hijo de indios! ¡Sopa de huevo! ––Uno de los obreros se está follando a lo perrito a una chica rubia que tendrá como mucho diecisiete años. Lleva puesto el uniforme escolar con la falda remangada hasta la espalda. A cada embestida, del jersey del obrero se desprenden nubecitas de polvo blanco que vuelan por la habitación de la Hija del Director, que no para de gritar ––¡Sigue, sigue, fóllame salchichón, Andrés Pajares me la suda! ––Desde la ventana, tres compañeros suyos encaramados a un precario andamio observan la escena y esperan su turno–– ¡Siguiente, tú vete ya! ¡Bolsa de mierda, siguiente, pato a la naranja!

Se forma un revuelo tremendo en el andamio; todos quieren ser el próximo. Empujones, rencillas y mucha ansia sobre terreno inestable hacen que uno de los tres obreros pierda el equilibrio y se precipite al vacío. Estruendo, gritos de dolor. Yo no doy crédito. La cara de la hija del director está desencajada de placer, se ha creado un aura de polvo blanco alrededor de ella; tiene ronchas de maquillaje en la frente a causa del sudor

––¡Tú que miras! ¡Barcelona Sans andén derecho! ¡Saco de nueces! ––me grita mientras jadea.

El obrero sigue a lo suyo. Los dos que quedaban en el andamio han ido a socorrer al compañero herido. Me largo de la habitación. Bajo las escaleras hacia el recibidor y me cruzo con uno de los obreros, es el que me ha pedido la toma de agua para llenar los cubos; tiene cara de preocupado.

––¡Señor! Roberto está malherido, creo que se quebró la pierna y perdió la consciencia. Tenemos que llevarlo a algún lado.

––De acuerdo, haced lo correcto, llevadlo al hospital, ya me encargo yo de llamar al dueño de la casa.

––No, por favor señor, no llame al dueño, no tenemos seguro y no podemos llevarlo al hospital porque no tiene papeles. Ya nos encargamos nosotros. Alberto y yo le vamos a llevar a un sitio. Los demás se quedarán aquí y continuarán con el laburo.

––Como queráis.                     

Necesito una cerveza. Voy a la cocina, al útero de la Antártida. Abro la nevera. Hay veinticuatro botellines con abre fácil. De puta madre. Me bebo una de tres tragos y me distraigo mirando al techo. Cojo otras dos y salgo al jardín.

Antes de llegar al exterior ya me he bebido la segunda; la cerveza choca contra las paredes de mi estómago. Me dan arcadas. Vomito algo de espuma blanca y fría sobre los arbustos de la entrada.

––¿Echando la pota ya? ¡Dónde está esa zorra! ¿Está aquí, verdad? ¡Puedo olerla! ––Es Xoxanna. Mira hacia las ventanas; sus ojos furiosos tratan de colarse por la puerta. Se escuchan los gritos de Roberto y los ánimos de sus compañeros que intentan levantarlo del suelo.

––¿Cómo lo sabías? ¿De qué la conoces?

––Me jode cómo me subestimas a veces, cariño ––Me quita la cerveza de las manos, la abre y da un gran trago. Eructa y saca el móvil del bolso.

––Vaya, a quién tenemos por aquí… ¡Culos de hombre! Cuanto tiempo, Xoxanna… ¡Putos viejos pelirrojos! ––es la Hija del Director. Está descalza de un pie y cubierta entera de polvo blanco, su cara es como la de una geisha.

––Maldita zorra con síndrome de Tourette. ¡Dame la pasta que me debes!

La Hija del Director se abalanza sobre Xoxanna que, atenta y veloz cual guepardo, rompe el botellín contra el borde de la barandilla y la amenaza.

Los obreros transportan a Roberto en una camilla improvisada hacia una furgoneta que sale chirriando ruedas rumbo hacia alguna parte que no es un hospital. Me mareo.

––Tócame un pelo y será lo último que hagas. ¡Cojones de tigre joven! ––escupe tres veces hacia arriba. Los escupitajos aterrizan muy cerca de mis pies.

––Dame la pasta que me debes, pírate de aquí y no pasará nada.

––Ésta es mi casa ¡Pasta al pesto! ¡Maricones polacos!

––Véte ahora mismo a clase o le digo a tu padre que te escapas del internado para mamársela a cualquiera que se te ponga delante.

La Hija del Director mete la mano en su mochila de estudiante de la ESO, saca un billete de cincuenta euros y lo lanza al suelo. El dinero aterriza sobre la hierba, cerca de Xoxanna, que aún sostiene el botellín roto. Tras un cruce de miradas, la Hija del Director se va a paso tranquilo soltando un par de gritos más imposibles de comprender.

––Puta zorra perturbada… ¿Qué tal el día, cariño? ––lanza el botellín roto al jardín y recoge el dinero.

––Bien, necesito más cerveza, ¿vienes a la cocina?

––Claro ––Me da un beso en los labios.

En el útero de la Antártida, sentados sobre las mismas banquetas que ayer, Xoxanna y yo bebemos cerveza en silencio.

Recibo un correo electrónico del Director de Cine: «Espero que todo vaya bien, tienes cerveza en la nevera. Me pasaré por casa después de comer. Tengo algo para vosotros, para que mantengáis la racha. Luego hablamos y os lo cuento. Dile a Xoxanna que venga también».

Ya contestaré, ya se lo diré a Xoxanna. De momento me encuentro muy bien junto a ella, en el útero de la Antártida, bebiendo cerveza en silencio.

Está muy guapa.    

 

II

 

––El Señor ha puesto al Director de Cine en nuestro camino por alguna razón. Hay que dar gracias por ello ––afirma Xoxanna convencida.

––¿Qué señor? ––pregunto.

Sé por dónde van los tiros. Xoxanna se pone mística de vez en cuando. Es la forma que tiene de exteriorizar su alegría ante un proyecto nuevo.

––Sabes perfectamente de lo que te hablo. Tenemos que entrar en una iglesia a rezar y dar las gracias antes de que acabe el día, los dos, es muy importante.

––No me jodas, Xoxanna… ¿otra vez con esas chorradas?

––¡No te jodo! Y créeme que el joder se va a acabar si hoy no entramos en una iglesia a rezar y dar las gracias antes de que se puto acabe el día.

––Me encanta esa lengua de católica que tienes. Hace poco amenazabas a una chiquilla que padece el síndrome de Tourette con una botella rota y ahora quieres rezar porque su padre nos ha encontrado trabajo.

Ya hemos vuelto de la casa del Director de Cine y hemos hablado con él. Todo pinta que van a suceder algunas cosas buenas y todo eso. Ahora, como cada tarde, hubiese que celebrar algo o no,  nos dirigimos al Bears para emborracharnos. Es el bar perfecto con la parroquia perfecta y al lado de nuestra casa. Lo tiene todo.   

––Me había apuntado a tres cursos del Inem y tú te habías registrado en tres ofertas de  comercial de grandes marcas, cariño. Así es la vida. Hay que dar gracias por la buena nueva.

––Tienes razón, de acuerdo, tenemos un buen motivo. Rezaremos, daremos gracias al altísimo y yo le pediré que algún día hagamos un trío con la perturbada de la Hija del Director de Cine. Me pusiste cachondísimo cuando rompiste el botellín contra la barandilla. Creo que deberíamos follárnosla porque el Señor también la ha puesto en nuestro camino.

Me llueven puñetazos cortos y pequeños por todo el costado derecho que suenan como granizo sobre mi chaqueta de cuero. Caminamos por la ciudad como dos personas normales.

––¿Eso te puto gustaría, eh? ––más puñetazos. No hacen daño, bueno, uno de cada veinte. Me coge por los hombros, me pone contra la pared y me besa. Su lengua es como un pastelito de esos que te comes de vez en cuando aunque no seas muy de dulces pero que te sienta genial.

––No sé si podría concentrarme con ella pegando gritos y todo eso, pero no estaría nada mal. Está como una puta cabra.

––¿Te molan las locas, eh? ––me mantiene acorralado con sus delgados brazos clavados sobre la pared, uno a cada lado de mi hombro. Disfruto del momento. Me distraigo mirando una nube y un pájaro que intenta chocarse contra ella.

––¿Hace falta que conteste? ––digo al fin. Me coge de los huevos.

––Esto pertenece a la loca que tienes frente a ti, ¿de acuerdo? ––me río–– Me da un cabezazo. Grito. La gente nos mira. Me vuelvo a reír.

––Maldita chalada de los cojones, ¡me va a salir un chichón! ––me vuelve a besar y me muerde el labio. Vuelvo a chillar. Un taxista nos mira desde un coche que probablemente huela a pedos. Reanudamos la marcha. Me coge del brazo y se apoya sobre mi hombro. Si la calle estuviera nevada y ella fuese Suze Rotolo y yo Bob Dylan, nuestra foto se parecería a la portada del disco «The Freewheelin’ «.

Llegamos al Bears, nuestro abrevadero. Saco de buenos y malos ratos, container de vidas.

Xoxanna farda por quinta vez de que tenemos el número de teléfono del Director de Cine y que si quisiéramos, en cualquier momento, podríamos mandarle un Whatsapp. Bebemos y conversamos con Marcus y Alegoría. Me encantan; puedo hablar de todo con ellos, son como mi refugio. Ronda entre la gente un medio yonqui argelino con el único cometido de molestar a los demás. Es un día entre semana en el Bears; tugurio donde la calle se transforma en tumulto alcoholizado. Lumpen y High Society conviven entre miradas vidriosas y humo.

––Pues tiene buena pinta el curro que os ha ofrecido, ¿no? ––dice Marcus.

––Sí, nos permitirá pagar las facturas atrasadas y ser un poquito más famosos ––contesta Xoxanna. Bebe. Alegoría se ríe.

––El escritor y la actriz ––dice Alegoría––. Me gusta el micro teatro, en Barcelona y Madrid está mucho más extendido, pero aquí ni se conoce.

El argelino tira una copa. 

––Es buena idea lo de plantearlo sin que parezca una obra como tal. Sin carteles, sin horarios, sin avisar a la gente… ¡pum! Que el público se lo encuentre de sopetón os deja mucho margen de maniobra para hacer algo realmente impactante.

––Y como no os gusta nada montar numeritos… ––añade Alegoría, y vuelve a reír. Cada vez que Alegoría ríe hace que te pongas contento. Xoxanna me coge por la cintura y nuestros dedos se encuentran huyendo del frío.

Tengo que escribir diez situaciones peculiares en diez localizaciones diferentes para que se representen de manera espontánea en lugares públicos. Las interpretaciones se grabarán con una pequeña cámara que, además de la escenificación, tratará de captar la reacción de la gente. El carácter del proyecto es socio-artístico y la intención es venderlo a la televisión pública. Xoxanna ha sido contratada como actriz y algo que se nombra con una palabra en inglés y que está relacionada con el impulso. Tiene que encontrar a cuatro actores más y hacer una pequeña campaña de marketing cuando las primeras tomas estén montadas. El Director de Cine le ha dicho que todo lo que se la pueda ocurrir será bienvenido y debidamente remunerado. Si al final el proyecto sale adelante y llega a la televisión, me encargarán un libro que versará sobre la experiencia. No me ha dado muchas más directrices para escribir las historias. Tan sólo me ha dicho que siga el hilo de mis últimos relatos. Algo llamado Community Manager me está creando una página web y un montón de perfiles súper modernos en las redes sociales. Xoxanna está encantada con eso.

El argelino sigue molestando y la gente hace público su malestar pero con algo de cobardía, como si en el fondo esperasen a que viniera Batman para socorrerlos del villano inmigrante que les impide tomarse un gintonic de siete euros a gusto. La camarera le echa del bar. «No más vino barato para ti», le dice. Todos alientan y vitorean a la «Mujer Maravilla» que, tras esperar a que el argelino se vaya, hace unos movimientos especiales con su capa y vuelve a su trabajo. La fiesta continúa. Seguimos bebiendo. Tenemos buen ritmo. Pasan las horas, se multiplican las rondas y el licor nos pone calientes a los dos. Cuando nos pasa eso Xoxanna y yo lo aprovechamos; es algo que no ocurre todos los días. Son más las veces que acabamos de bronca y el sexo llega al día siguiente con la resaca, o las que simplemente disfrutamos de nuestro pedo diario venga como venga. “Tenemos que irnos a casa, ¡ya!”

El trayecto son diez minutos andando a paso alcoholizado por calles oscuras a las que ya nos hemos acostumbrado y las que jamás nos parecieron peligrosas. Me encanta pasear cogido por la cintura con Xoxanna por esas calles solitarias disfrutando de nuestra borrachera. El paseo de hoy es reconfortante, mucho mejor que los de la semana pasada cuando sentíamos que se acercaba el fin del mundo conocido hasta ahora. Hoy tenemos un proyecto en común, hemos conseguido un contacto importante que nos va abrir todas las puertas y que nos conducirá poco a poco hacia el mito de la destrucción: nos convertiremos en una pareja a la que los excesos de la fama le sientan estupendamente mal y que viste rumores cual foulards o sombreros de copa ancha. Encuentra lo que amas y deja que te destruya, dijo alguien alguna vez.

Me encanta caminar con Xoxanna a mi lado por la calle oscura que conduce a nuestra casa; quinto sin ascensor. El eco de nuestra ilusión rebota contra las persianas y avisa a la oscuridad de que estamos a punto de llegar al portal; sólo nos falta doblar una esquina para comernos el uno al otro…

De pronto, una sombra maloliente me arrebata a Xoxanna, arrancándola de mi lado. No sé de dónde ha salido. No entiendo lo que pasa hasta que la oigo gritar.

Una voz enferma me grita:

––Dámelo todo o la mato aquí mismo.

Las palabras de la desesperación. Miedo y tristeza. Todo se da la vuelta en un segundo y las vísceras de la realidad palpitan humeantes bajo el frío de un miércoles de invierno. Un tipo sucio y con la peor cara que haya visto en mi vida tiene a Xoxanna entre sus adictos brazos y la amenaza con una enorme navaja oxidada. La hoja aprieta su cuello y se hunde desafiando la suavidad de su piel. Cómo adoro ese cuello.

––De acuerdo, tío. Tranquilo. Toma todo lo que quieras, mira, esta es mi cartera y mi móvil, no soy de relojes, pero mira… aquí tienes todo…

––¡Vamos a un cajero!

––Vale, de acuerdo, aquí al lado hay uno, vamos, pero suéltala, por favor, ella no tiene la culpa de nada…

––¡Vamos!

Antes de que podamos movernos del sitio otra sombra entra en juego, pero ésta parece que acude en nuestra ayuda. Tan sólo puedo ver cómo el tipo sucio y con la peor cara que haya visto en mi vida recibe un fuerte golpe en la cabeza que le hace perder el equilibrio. Xoxanna aprovecha para zafarse del atracador y corre hacia mí. Su abrazo es como ese regalo de cumpleaños que esperabas de pequeño. El argelino medio yonqui que rondaba molestando a la gente en el Bears golpea con furia al atracador, que ahora yace sobre la acera con los brazos en cruz. Sus puñetazos me recuerdan a un martillo neumático de esos que levantan los adoquines y hace que se te taponen los oídos cuando pasas cerca de ellos. Se vuelve hacia nosotros con la cara desencajada, los nudillos llenos de sangre listos para volver a embestir y nos grita:

––¡Marchad! ¡Aquí ya no hay nada más que ver!

Le hacemos caso.

Le doy las gracias.

No escucha.

Sigue a lo suyo.

En el salón de casa, silenciosos, fumamos y bebemos.

Quiero saber lo que piensa Xoxanna. Está hermética cual Tupperware. No ha habido ni un «te quiero»; sí varios abrazos y besos. Se la ve bastante afectada. Lleva cuatro cigarros seguidos y alterna caladas con tragos de güisqui directamente de la botella.

Miro su cuello. Está intacto y precioso. Espero a que sea ella quien rompa el silencio.

Por fin dice:

––Si vuelvo a hablar de iglesias y de dar gracias al Señor córtame el rollo de raíz, ¿me lo prometes?

––Te lo prometo. Vámonos a la cama, necesitamos descansar.

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