Cambio de tercio.

La ciudad entera parece estar afectada por una resaca vergonzante. El viento sopla asmático y depresivo. Las fachadas de las casas, despeinadas y sudorosas, bajan la vista entornando las persianas a mi paso. La acera padece embotamiento nervioso, se siente obesa y cree que todo a su alrededor es basura. 

Voy a dejar de decir estupideces. Cuando tengo que esperar, todo se convierte en algo que hace referencia a esa espera y una más que segura respuesta negativa. La espera saca lo peor de mí, eso lo saben hasta los árboles pelados de la avenida que, con su irrisorio temblor, me lo advierten.

Desde aquella semana de fiestas encadenadas llenas de desenfreno han pasado ciento cuarenta y cuatro horas. Ciento cuarenta y cuatro pesadas, aburridas e inquietantes horas. No he vuelto a saber nada de nadie y eso hace que me sienta como si fuese a desaparecer y todo eso. ¿Seguirán de resaca? ¿Se les habrá pasado la euforia? ¿Ya no estarán interesados? La duda me consume; me lleva a la paranoia.

He escrito bastante. Xoxanna y yo estamos muy implicados en el proyecto desde la misma mañana en que descubrimos el dichoso pacto acerca del guión. Pero al parecer somos los únicos interesados en el asunto, o al menos esa es la sensación que nos impregna. Del único que he sabido algo es del Director de Cine. Me llamó desde su móvil personal hace setenta y dos flatulentas horas para citarme en la misma cafetería donde Marisa Lanormal nos atacó con las naranjas. No le intuí muchas ganas de hablar de trabajo. Me pidió que acudiese solo. Llevé en una carpeta todo lo que habíamos parido desde que descubrimos que el tema principal de su nueva película debía centrarse en nosotros. Mi intuición no andaba descaminada. No hablamos de la película. El Director de Cine estaba triste y cuando hablaba, parecía escaparse por la ventana que había junto a nuestra mesa.

––Es… es una chica estupenda, ¿sabes? Dulce, lista, responsable… Pero tiene un problema… uno muy gordo––. En ese momento ya tenía claro que no hablaríamos del guión y que el tema de conversación iba a ser su hija. Pero… ¿por qué? Sus ojos brillaban, querían llorar, pero él no––. Mira… a estas alturas no te voy a contar una película. Se supone que nosotros estamos aquí para crearlas ––eso es todo lo que hablamos de cine aquel día––. No te voy a decir que su madre es una alcohólica depresiva adicta a las pastillas que vaga de clínica en clínica de rehabilitación. No te voy a contar que su padre es un hombre hecho a sí mismo que no tuvo el tiempo suficiente para criarla, no. Eso sería mentira; sensacionalismo barato que busca esconder la mierda debajo de la alfombra. La puta verdad es que mi hija es peligrosa, atrae el mal y su naturaleza es joderlo todo. ¿Cómo te quedas? Pensarás que hemos tirado la toalla con ella, pero créeme que no. Ella ha tirado la toalla con la vida hace mucho tiempo. ¿Se puede uno rendir a esa edad? No lo sé… ¿y con la mía? El caso es que no la culpo, hace como su padre, lo que mejor se le da. Tengo un problema, chaval, un problema de diecisiete años que se llama Anabel. Debo convivir con esa carga y todos mis allegados también. No hablo de esto con cualquiera. Por eso te he citado aquí. Creo que mi deber, si vamos a trabajar juntos, es informarte. Quiero ser sincero contigo.

No supe qué decir. Acompañé el silencio con unas palabras que salieron sin permiso y prefabricadas de mi boca. Me hubiera gustado ser más auténtico, pero nadie te enseña cómo actuar en situaciones como esa. Yo iba a hablar del guión y me encontré con eso. Me sentí mal.

––Soy su barrendero. Su solucionador, su fontanero. Recojo la mierda que va dejando tirada allá donde pisa. Le importa todo tres cojones. Tengo tanto miedo… El problema es que cuando sea mayor de edad ya no habrá papá de turno ni nada que la defienda. Si por lo menos acabara los estudios en el internado… tan sólo pido eso, no es mucho. Algo a lo que se pueda agarrar cuando… ––No terminó la frase. No dijimos mucho más. Nos terminamos el café; incómodos. Pagué yo, no sé por qué, pero me vi impulsado a hacerlo; él tenía cosas más importantes por las que preocuparse que una estúpida cuenta.

Ya en la calle,  me dijo:

––¿Te importaría acompañarme a un sitio?

Accedí, y fue muy extraño. Le esperé en el rellano de una vecindad de la parte vieja de la ciudad. Había, en el segundo peldaño de unas escaleras polvorientas de madera, una mierda reseca que sucumbió en su intento por ascender al piso de arriba. Mierda de perro, mi cabeza hizo esa asociación, aunque puede que estuviera equivocado.

Cuando salió, le seguí escaleras abajo y me dijo:

––Limpiar esto me ha costado cinco mil euros. Hasta la próxima sangría. Me saldría mejor dedicarme al tráfico de drogas en México y pagar las mordidas de la poli.

Nos despedimos en una esquina. Me pidió perdón. Me dio las gracias. En vez de chaval me llamó hijo y sus ojos temblaron. «Sigue escribiendo, tienes que ser constante», añadió.

Le hice caso. Decidí centrarme en escribir. Aparté, no sin esfuerzo, todas las paranoias que volaban sobre mi cabeza tras el silencio posterior a la fiesta. Él parecía confiar en mí, más incluso de lo que yo me imaginaba. Se había sincerado conmigo al contarme los problemas que tenía con su hija. Eso no se hace si al día siguiente le vas a dar puerta a tu confidente.

Por otra parte, el señor Li Chiao estaría contento siempre y cuando tuviera sus doscientos cincuenta kilos de queso y cumpliese con lo pactado acerca del guión; así que todo controlado. Tenía que ser constante; escribir sobre nosotros.

Nos pusimos unas pautas, unos horarios. Xoxanna elaboraba una cronología de todos los acontecimientos desde el día en que nos conocimos. Una gran pizarra de esas que tienen los científicos en sus despachos se llenaba a diario de garabatos y anécdotas que íbamos incorporando a la historia. Descubrí que Xoxanna tiene una memoria excelente para el asunto de las fechas y para quedarse con los nombres de la gente. A mí no me cuesta recordar una conversación, otra cosa es con quién, cuándo y en dónde la tuve.

Le mandé varios mails con borradores y pruebas de escritura; prácticamente todos los días.

No volví a tener noticias de él.

Hasta hoy.

 

COSAS QUE UN PADRE NO PUEDE TOLERAR.

 

––Creo que deberíamos comprar unas tizas de esas para escribir en las ventanas. Me recuerdas a ese tipo que sale en una película, el que empieza siendo muy listo pero que al final se vuelve loco ––digo.

Xoxanna mira por la ventana haciendo memoria. La observo. El humo que la envuelve emana de su cigarrillo, pero me divierto pensando que sale de su sesera. Trato de ordenar las posibles escenas de un viaje a Cádiz en Semana Santa a la vez que pienso en el interés que puede tener eso para un potencial espectador. Ninguno. Nulo. No me creo lo que estoy haciendo.

«Esta no es la vía… Tiene que ser una película de autor. No se trata de contar nuestra vida a los demás, eso no interesa… Veamos… Una pareja joven que intenta salir adelante sin tener un trabajo normal… céntrate en eso. Eso somos nosotros», pienso.

Suena el teléfono. Me asusta. Es el Director de Cine desde su número personal.

––Hola, hijo.

––Hola. Ya estaba pensando que te habías olvidado de nosotros ––digo.

––Podrán pasar muchas cosas, pero esa en concreto lo dudo. He estado leyendo lo que me has mandado. ¿Quedamos hoy y nos emborrachamos? Me gusta lo que has escrito, quiero hablar de ello. Creo que he encontrado al Actor Perfecto para hacer de ti. Le diré que venga también, ¿te parece? Que venga Xoxanna también.

Digo que sí y me da las señas de un local del centro.

––¡Yo flipo! ¿Y no se te ha ocurrido puto preguntarle qué actor era ese? ––me grita Xoxanna.

––Pues no, Xoxanna, sinceramente no. Ahora le veremos. Además, es muy probable que no supiese quién es, por mucho que él me siga en Twitter y todo eso.

––¡Ahora mismo te estampaba contra la pared! ¡Joder! No te haces a la idea de la mala hostia que me puto pones a veces. ¡No te rías que te hostio! ––me grita cerrando el puño y, como es lógico, me parto en dos de la risa.

El bar es un tugurio de los que huele a mocho. Vacío, oscuro, con buena música, copas a buen precio y de calidad; quedan pocos así. Ideal para emborracharse y hablar de cosas turbias. El camarero es una tumba de cincuenta y cinco años largos; de esos que ya no se asustan por nada y que, como buen barman, te tratan con la justa indiferencia. Tenemos delante al Director de Cine y al Actor Perfecto. Xoxanna no cabe en sí. Debe de ser súper famoso y todo eso porque hasta a mí me suena un poco. Es un tío callado, de pocos gestos, cuarenta mal aparentados, con barba y un acento del sur que no le pega ni a palos. Lleva una chupa de cuero abierta de la que sobresale una sudadera gris con gorro. Bebe del botellín con estilo suburbano.

––Tienes que conocerle, debes estudiarle, meterte dentro de su piel ––le dice ahora el Director de Cine al Actor Perfecto, después mira a Xoxanna––. Ya encontraremos a alguien para que haga de ti, o… ––se atusa la barba y la observa con ojos entrecerrados––. Si no recuerdo mal tú eres actriz, ¿no? Cuando íbamos a hacer aquella mierda del micro teatro me lo dijiste, sí. Joder, ya lo tengo… ¿Nadie más lo ve? Venga, joder, ¡que es muy fácil, lo tenemos aquí mismo, delante de nuestras narices! ––pausa dramática, se pone la mano delante de la cara escondiéndose de nosotros y se asoma sobre ella para decir–– ¿Qué es lo que está ahora de moda en el cine? ¿Qué es lo que más tiesa se la pone a los críticos de mierda? Mezclar actores conocidos con amateurs. Película que descubre actor barra actriz revelación es película que no pasa desapercibida. Es Goya. ¡Bum!

El Actor Perfecto sonríe levemente y se fija en Xoxanna, no me gusta como la mira. Xoxanna está al borde del ictus.

––Haré unas llamadas y como tarde pasado mañana entras en la mejor academia de interpretación de la ciudad, no se hable más. Debes de estar radiante para ese día.

Seguimos bebiendo. Hablamos y pedimos más copas. El Actor Perfecto se pinta unas rayas sobre la mesa. Sólo el Director de Cine le acompaña. Ambos se muestran estúpidamente eufóricos.

––Este chaval es a la escritura lo que los putos Apóstoles fueron a la Biblia ––dice El Director de Cine.

––Lástima que el editor de San Pablo no esté disponible hoy en día ––contesto.

El Director de Cine se ríe a carcajadas y el Actor Perfecto mira a Xoxanna de esa forma que no me gusta. Así pasan las horas.

Dentro del local parece siempre madrugada. Seguro que fuera aún es de día. Me he olvidado de la hora que es. Llegados a un punto de la tarde, parece que decidimos ir a otro lugar y el lugar parece no estar muy lejos de nuestra casa. El Director de Cine, relamiéndose de su poder e influencia, ha hecho una llamada a alguien y a Xoxanna le han aceptado en la academia de interpretación. Tiene que estar mañana a primera hora para una entrevista.

En la puerta del local Xoxanna consulta la hora en su minúsculo reloj. Percibo que ellos no están por la labor de irse y yo creo que debo quedarme. Es la primera vez que hablamos de trabajo en dos semanas horribles en las que me he vuelto loco porque pensaba que todo se había acabado.

––Bueno, es incluso demasiado pronto para hacer uso del puto tópico de que la noche es joven. Creo que es una obligación que vayamos a tomar unas cuantas más. ¿Cómo lo veis? ––propone el Director de Cine. Con pocos gestos, El Actor Perfecto demuestra que está de acuerdo; es un rasgo característico suyo: necesitar pocos gestos y palabras para expresarse. Xoxanna vuelve a consultar su minúsculo reloj y me mira con ilusión.

––Yo tengo que estar radiante para mañana, id vosotros. Te espero en casa, cariño ––me da un beso. Algo en la cara de los dos me llega sólido al pecho. Algo que evidencia que hace mucho que a ellos no le han dicho algo parecido.

––Te lo devolveremos sano y salvo, Xoxanna, comprenderás que tenemos que seguir con esta fructífera reunión de trabajo.

Reímos. Nos despedimos. Ella por un lado, nosotros por el otro.

Caminamos en silencio por la calle. El Director de Cine y el Actor Perfecto cruzan palabras que me dejan al margen; cosas que no entiendo. Es como si hubiera un plan sobre el cual no tuviese constancia. Muchas de las cosas que dicen no me gustan. Les sigo, su paso es cada vez más potente. Llegamos a un portal, El Actor Perfecto saca la tarjeta con la que se ha pintado las rayas y comienza a forzar la puerta, El Director de Cine, como si quisiera distraer mi atención, me dice:

––Como te dije el otro día eres alguien de mi confianza, chaval, alguien que quiero tener a mi lado, verás… hay un vídeo circulando por ahí, un video horrible que…

La puerta se abre, la conversación se cierra, entramos al portal y comenzamos a subir por las escaleras.

El Actor Perfecto saca una porra extensible del bolsillo de canguro de la sudadera y el Director de Cine dos pasamontañas del interior de su chaqueta. Nos detenemos en el tercer piso. Respiraciones. El Actor Perfecto se mete una raya más, directa desde la papela. Se ponen los pasamontañas. El Director de Cine tiene un puño americano en su mano derecha.

––Hay cosas que un padre no puede tolerar, chaval. Lo comprenderás cuando tu chica y tú tengáis un retoño, tan sólo espero que las cosas os salgan mejor que a mí ––me dice esto a través de su pasamontañas. Se apartan de la mirilla y tocan el timbre. Espera. Vuelven a tocar. Un chico gordo y de rizos abultados que abre la puerta es el que recibe la primera hostia. Nudillos de hierro contra su tabique. Asaltan la casa. Yo me quedo en el umbral. El chico gordo yace enseñando su peludo ombligo al techo. Ojos en blanco. Sangre que brota de sus fosas nasales hinchadas. Cosas que se rompen, gente que se asusta, más cosas que se rompen.

––¡Quién tiene el puto vídeo! ¡Quién es el puto pervertido que le gusta pajearse con vídeos de niñas mamándosela a desconocidos! Grabasteis a la niña equivocada ––Súplicas, más destrozos––. ¡Quién lo tiene! ¡Enséñamelo, rápido, quiero ver cómo lo borras! ¿Crees que soy imbécil? ––Grito de horror–– ¡Bórralo del servidor donde está alojado, que no deje ni rastro en la página de degenerados en la que se ha colgado! ¡Quiero ver cómo se evapora de todos los ordenadores o acabaréis en silla de ruedas y cagando en una bolsa para toda vuestra puta vida de mierda!

Me asomo por el pasillo. Le están metiendo la porra extensible por la garganta a uno de ellos que, sentado en una silla, lucha por seguir respirando… Otro, temiendo por su vida, maneja el ordenador con lágrimas en los ojos mientras el Director de Cine lo amenaza. El Actor Perfecto deja de torturar al de la silla y éste cae al suelo desmayado. Es una máquina de destrucción. No deja nada en pie. 

Observo aterrorizado la escena: un padre desesperado, un psicópata sin sentimientos capaz de apuntarse a cualquier movida con tal de chorrear adrenalina sembrando horror a base de hostias y el vídeo sexual de una menor; dos personajes muy famosos que después de ponerse hasta el culo acaban su fiesta de esta forma. Dos hombres solos y desesperados. Dos seres irracionales.

 

II

 

Estoy algo preocupado. Bueno, «algo» no sería el término adecuado.

Da igual, no sé cómo transmitir correctamente el grado de mi alarma, así que no perderé el tiempo divagando.

Xoxanna lleva varios días comportándose de forma extraña. Yo también. El mundo entero lo hace. Me cuesta escribir; soy consciente de mi propia sequía.

Desde aquel día en que salimos a beber los cuatro todo ha cambiado. Es como si hubieran pasado años, y fue… ¿Hace cuánto? ¿Dos o tres semanas? El punto de inflexión no fue el asalto a la casa de los frikis del porno. Que aquellos pobres diablos fueran torturados delante de mis ojos para que eliminaran por completo el rastro del vídeo de la Hija del Director chupándosela a dos negros con máscara me impactó, pero mi pesar es por Xoxanna, por cómo ha cambiado desde que acude a esas clases de interpretación. Cuando llega a casa no es capaz ni de quitarse los zapatos. Se tira en la cama y se queda dormida. Los horarios varían de un día para otro.

Por la mañana, por la tarde, por la noche… La semana pasada no tuvo clase el jueves, y se lo pasó entero bajo unas sábanas en las que no había espacio para mí. El domingo tuvo que ir a la academia a toda prisa después de comer. Le informan de los cambios por teléfono. El móvil suena, ella se asusta ––ahora siempre se asusta cuando suena el teléfono––, luego pone esa cara, se queda mirándolo dos segundos y atiende la llamada. Tan sólo dice: «¿Sí?«, y luego permanece callada para después añadir: «de acuerdo». Eso es todo. Después yo pregunto qué pasa y ella se va por las ramas. Siempre está cansada y ausente, con la actitud de quien recibe medicación por alguna patología mental severa, aunque sea yo el que se está volviendo paranoico.

«¿Qué tal las clases?«, le pregunté el otro día. “Bien«, contestó ella con la cara aplastada por la almohada. «¿Crees que te podrán dar un papel en la película?», añadí. «Tenemos que comprar servilletas de papel, nunca hay suficientes servilletas de papel», dijo por todo, y se quedó dormida. No cenó. No se levantó de la cama; la tuve que desnudar yo mismo a las dos de la mañana cuando volví del bar de estar con Marcus y Alegoría bebiendo y desfogándome un poco. Ellos me animan, me alivian y me dicen que no me preocupe, mostrándome la cara amable y divertida de las cosas. Funciona mientras disfruto de su compañía y el efecto analgésico de la cerveza nubla mi mente. Pero en cuanto llego a casa, vuelven los fantasmas.

Anoche soñé que estaba en una casa en el centro de Madrid y todo era como debiera de ser si me hubiera metido en esto que estoy ahora. Quiero decir… era una fiesta tranquila, había más guionistas, actores y productores; se hablaba de cine, se cerraban tratos y la gente reía con una copa de champán en la mano disfrutando de la brisa fresca en una gran terraza. La casa estaba en Madrid. Regreso sobre este dato intencionadamente porque en un determinado momento se escuchaban gaviotas. Su graznido, en el sueño, cada vez se hacía más intenso y cuanto más intenso se hacía más cruda era la sensación de que un desastre inmenso se acercaba; al final me desperté sudado y ahogado, con el eco de esas ratas de mar disolviéndose en las paredes de mi habitación.

Las gaviotas sólo vuelan tierra adentro cuando se avecina una fuerte marejada. Creo que eso es lo que está pasando en mi vida: se avecina algo tan fuerte que es capaz de hacer emigrar a las gaviotas cientos de kilómetros hacia el interior. Es como una especie de sueño premonitorio o una mierda mística de esas. Paso demasiado tiempo solo viendo la tele y fumando porros y no escribo nada. Salgo con Marcus y Alegoría para beber y Xoxanna acude a sus clases de interpretación para venir como si llevase dos años bajo los efectos del litio.

Estoy empezando a pensar que no existe la película, que no existe nada y que todo es una distracción para ocultar la verdad: que la mafia de la trata de blancas tiene pillada a Xoxanna por la garganta. Si lo pienso bien, conocí al Director de Cine por Twitter, por un puto mensaje. No tengo ni idea de cómo funcionan las redes sociales y por mucho que Almudena me explique esto y lo otro para mí sólo son cuentos que yo no comprendo. Es muy extraño que de la noche a la mañana y por un sólo mensaje, pase de ser un completo desconocido a formar parte crucial de la próxima película de un aclamado director de cine. ¿No?

Ahora estoy solo en casa. Me he fumado tres porros y me he bebido seis cervezas. Son las tres de la tarde, no he comido. Xoxanna se ha marchado de casa a las nueve de la mañana; esas clases cada vez empiezan más temprano. Estoy esperándola para comer.

Se escucha la puerta. Mi cuello, como el de un perro, responde al sonido de sus llaves. Entra. Meneo la cola. No recuerdo haberla visto salir de casa con esa ropa… es como… un uniforme de trabajo. Blusa azul claro, pantalones y chaqueta oscuros. Entra en el salón, me mira, hace un gesto como si apartara humo o telarañas que se le enredan en la cara y se lleva el dedo índice a la nariz. Corre hacia la terraza y abre las ventanas sin hacerme caso, pero después saca un instante para darme un beso en la nuca cuando pasa a mi lado, camino del baño.

Viene con algo más de energía. Lanza la chaqueta al sofá. Antes de entrar al baño se desabrocha la blusa y la deja sobre una mesita baja que hay al inicio del pasillo.

––No te he visto salir con esa ropa hoy… ¿Qué es, de atrezzo? ¿Has tenido que hacer de conductora de autobús en las clases de interpretación, o qué? ––intento poner un poco de humor en nuestra vida.

––Eres muy gracioso, cariño, muy gracioso. ¿Has hecho algo de comer o te has pasado toda la puta mañana delante del ordenador fumando porros y viendo porno?

––He intentado escribir algo pero no me ha salido nada.

Se vuelve a reír y, con tono cansado y burlón, me dice desde el otro lado de la puerta:

––Esa sí que ha sido buena. Espero que lo que hayas intentado escribir sea tu currículum, no podemos seguir adelante con un sueldo de mierda. Venga, déjate de hostias y haz algo útil hoy. Fríe el lomo que hay en la nevera con unos huevos, ¿has comprado pan?

Sus palabras me hieren, su tono me ofende; me desconcierto tanto que me mareo. ¿Qué está diciendo? No sé qué contestar. Ella rompe mi silencio para volverme a herir.

––Supongo que eso significa que no. Joder, hoy he tenido un día de mierda en el curro y no voy a poder untar ni unos putos huevos fritos.

No entiendo lo que está pasando. Me flaquean las piernas, me apoyo sobre la mesita y la mano me resbala porque la he posado sobre la blusa; pierdo el equilibrio e intento agarrarme a algo pero sólo tengo al alcance la puta blusa. Me desplomo sobre el suelo y me doy un fuerte golpe en la cabeza. La blusa huele a grasa que ha frito mil mierdas. A la altura del bolsillo tiene atado con un imperdible un trozo de plástico del tamaño de una tarjeta. Giro la blusa luchando contra el intenso dolor y encuentro una identificación en la que se puede leer:

 

Maria Gléz. Pardo.

Caja.

Mc Donalds.

 

De nuevo el graznido de las gaviotas… cada vez más intenso, más dentro de mi cabeza.

Me despierto gritando y empapado en sudor. La luz de la mañana entra por la ventana. Xoxanna no está en la cama.

Son las diez y media; es sábado.

Hay una nota sobre la almohada.

 

«Sé que hoy era el día que nos íbamos a tomar para estar juntos pero me acaban de llamar de la academia y tengo que acudir. Lo siento.

Xoxanna«

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