Posts tagged tratado para una paz imperfecta

Bitácora de Nacho, 11: Sobre cómo descubrí el pitbull que llevo dentro.

El otro día leí en un artículo que no todos los que beben alcohol acaban siendo alcohólicos. Que la enfermedad puede deberse a multitud de factores, entre ellos la predisposición genética, las experiencias tempranas o las influencias sociales. Creo que a mí solo me afecta la última.

Hasta el día en que tuve la entrevista con Richard entrar sin compañía en un bar un día de labor antes de la hora de la comida y pedirme una cerveza constituía para mí algo nuevo. La parroquia unida, compartiendo el silencio. Me encontré muy cómodo junto a aquellos desconocidos y, cruel ironía del destino, me sentí muy libre. Fue maravilloso descubrir que el mero hecho de beber no requiere de una excusa tipificada en el código social.

Sí, estoy de acuerdo, en la mayoría de los casos todo esto no tiene por qué suponer un problema, pero es que todo ocurrió demasiado deprisa. Mi necesidad de agradar a los demás no se disipó con el alcohol, sino que derivó en una penosa inercia de llamar la atención a través de un perfil lastimero que lo traducía todo en odio hacia mí mismo.

Por querer agradar a Ricardo dejé a un lado el proyecto del libro y me vendí al vulgo por un puñado de historias que no sabía ni cómo escribir pero que al final, gustaban a los lectores. Presión, ansiedad, ambición desmesurada, soledad mal gestionada y el alcohol, que siempre a mano, no cesaba en su intento de seducirme. Lo peor es que no te das cuenta y que en todo momento piensas que estás haciendo lo correcto. Las modelos posan, los cocineros cocinan y los junta letras, beben. Read More

Bitácora de Nacho, 10. Dirección: infierno.

Mi nuevo jefe, curioso personaje. Es como si tuviese dos puertas; una abierta al público y otra cerrada a cal y canto. La puerta abierta es un señuelo, un trampantojo: Él es Ricardo Vesga, CEO y fundador de una influyente plataforma de opinión con cientos de miles de suscriptores que ha recibido, por tres años consecutivos, el premio nacional al mejor blog de actualidad y bla, bla, bla. Puede que para los demás pase desapercibida la existencia de la otra puerta, pero para mí, la extremada efusividad y pedantería con la que defiende su cara más visible no es más que una prueba fehaciente de que la parte oculta es la que más peso tiene dentro su personalidad.  Ya veremos cómo fluye todo. Read More

Bitácora de Nacho. 09: La historia de Fernando, Richard y La Bestia.

Debería controlar esa pulsión que me somete por completo a agradar al prójimo, es como si viviese continuamente en un concurso que tengo que ganar, es insoportable. En el mismo día he pasado de trabajar sobre la estructura de un libro serio a querer aparecer en una web de refritos, sátira y cotilleo. No quiero dejar de trabajar en el libro

Siento que todo el relato está configurado para gustar al gran público, siento que me he prostituido, siento unos nervios que laceran mis entrañas; es como si me hubiera comido un bocadillo de concertinas.

Por otra parte, es como si me gustase digerir comidas así, como si en el fondo, supiera que ése es el camino que debo emprender y que, de una manera u otra, acabaré por encontrar un medicamento que me permita sobrellevar el dolor.

Pienso en los clientes del martes por la tarde en el bar, en los padres cuyo único solaz es el vermú del sábado y el domingo, rezo por no convertirme en alguien así.

Tengo miedo.

PD: Últimamente sueño con retretes atascados que se desbordan. Me los encuentro atascados, los desbordo yo, luego huyo. (Mirar qué significa). Puede ser por la espera, que me consume. Ha pasado bastante tiempo desde que Lorena me dijo que a su jefe le había gustado el relato y no he recibido ninguna llamada.     Read More

Bitácora de Nacho.08: Mamá, ¿por qué esos dos caminan atados de la mano?

Recuerdo especialmente el día de mi octavo cumpleaños. En el colegio era tradición que el día de tu cumpleaños llevases bolsas de chuches para todos tus compañeros. Una tienda de golosinas frente a la puerta de salida se encargaba de prepararlas.

“Eso son mecanismos de integración que refuerzan el borreguismo entre los compañeros, Nacho, tú no necesitas eso”, dijo mi madre. Mi padre sacudió la cabeza sin restar atención a la carretera, íbamos camino del colegio. Estaba serio, enfadado por algo.

Cuando llegamos dejó el coche en doble fila, mi madre se quedó dentro y él me acompañó a la puerta. Antes de despedirse, me dio un billete de dos mil pesetas.

“Por lo menos invita a algún amigo a algo”, me dijo. “A la salida vendremos a buscarte e iremos a cenar por ahí, luego a la ópera”, añadió.

No supe que hacer con tanto dinero. En el recreo me acerqué a una niña que me gustaba y tras enseñarle el billete, le dije que si quería venir a cenar conmigo luego. La niña se lo dijo a sus padres y los profesores llamaron a los míos y yo no entendí qué había hecho mal.

Por la tarde, esperé a mis padres en la salida; se retrasaron diez minutos. Llegó mi padre en coche y me hizo una señal desde el otro lado de la carretera, crucé corriendo por donde no había semáforo y sentí una rara excitación. Mi padre no me regañó. Read More

Bitácora de Nacho. 07: Sueños pequeños de no-personas que transitan un no-lugar.

Todo cambió meses después de cumplir veintitrés años tras sufrir un grave accidente: una colisión frontal contra un septiembre que apareció de la nada, sin la obligación de emprender la rutina de un nuevo curso. ¿Y ahora, qué? El encomiable esfuerzo que hice durante cinco años por integrarme, tener un grupo de afines y participar en procesos de interacción social típicos de la vida universitaria, se disolvió cuando el sistema me puso la etiqueta de Licenciado. Debido a eso, fui devorado por un tornado de negatividad que hizo temblar los cimientos que hasta entonces me habían sujetado a la vida. Durante el vendaval sentí pánico, pero en las horas que estuve dando vueltas por el aire, imágenes y recuerdos de la edad sin cargas se proyectaron sobre las arremolinadas paredes que formaban mis propios pedazos y conseguí, al menos, un minuto de paz.

Mi vida se puede resumir mediante una cronología de choques traumáticos contra el cambio de los cuales me recupero creando entorno, vida y costumbres desde cero; una labor que me deja agotado y que es muy frustrante, ya que cuando parece que he conseguido reconstruir un nuevo ecosistema a mi alrededor, un desastre natural lo arrasa todo y tengo que volver a empezar. Desde adolescente padezco lo que Tennessee Williams denominó como “proceso de pensamiento complejo y terrorífico de la vida humana”, o lo que es lo mismo: ansiedad. Read More

Bitácora de Nacho. 6: Desde San Vicente de la Barquera.

San Vicente de la Barquera, Agosto de 2015.

La unicidad, acepción utilizada para referirse a la cualidad de ser único, conduce al Yo por derroteros egoístas. En la infancia es común compartir la fantasía de que los padres nacieron ya emparejados y que ambos no conocieron otra forma de vida ni edad que la de ser papá y mamá, ¿verdad? Ya en la adolescencia, existe otra no menos frecuente en la que el hijo se niega a aceptar que sus progenitores mantienen relaciones sexuales, dando así, de manera inconsciente, un tozudo carpetazo a su propia existencia. Esas y otras muchas, son fases por las que el individuo debe pasar hasta que consigue afrontar la extremada levedad de su propia existencia; no somos tan peculiares ni tan trascendentales como para que el universo se detenga ante nuestros deseos. Comprender tal cosa es un asunto complicado que, si todo se desarrolla con normalidad, sucede cuando el individuo es adulto. Hasta entonces, un puñetazo pueril en la mesa te lleva a negar la mayor; que no, que antes de mí aquí no había nada, señores, ni mis padres tenían vida ni mucho menos hacían cochinadas indecentes, y punto pelota. Read More

Bitácora de Nacho. 5: Ambos desearon no volverse a ver jamás.

Esta es una anécdota que a mis padres les encanta contar, ya que fue su primer encuentro sin que ellos aún se conociesen. Cada vez que lo hacen varían ciertas cosas, añaden un acento aquí o un tono más allá, pero siempre lo hacen a dúo y con la sincronización perfecta que les caracteriza como matrimonio perfecto de cara a la galería que son y se han encargado siempre de ser. Les encanta bromear sobre todo acerca del encontronazo que tuvieron sus respectivos padres que en ese momento, “y con lo católica que es mi suegra” dice siempre mi madre, hubieran pactado con el diablo por no llegar a ser jamás familia política.

Todo lo que cuentan es una verdad maquillada, venida a menos y que ignora la parte de sus vidas que yo estoy contando aquí. Mi labor fundamental en este diario es lograr entender algo tan complicado como una familia, por eso camino por las partes oscuras y barro las esquinas polvorientas. Read More

Bitácora de Nacho. 4: Ignacio Salas, mi padre (II)

El tramo final del verano no fue especialmente agradable para Ignacio. Desde que habló con Jokin en los billares el día de la redada y éste le contó que Paula se había marchado a Bermeo, una obsesión se alojó en su cabeza: encontrarla. “No será difícil, sé el nombre y el apellido y con eso, en un pueblo pequeño debería de ser suficiente”, pensó. Qué inocente fue; pasó por alto la máxima de “pueblo pequeño, infierno grande”.

En sus primeros viajes lo único que recibió fue el batacazo de un silencio sepulcral y el reproche al forastero. Ignacio imaginaba que se iba a encontrar con una sociedad un tanto más cerrada pero ni por asomo intuyó que fuese a ser tan recelosa con el recién llegado. Perdió el tiempo a lo tonto y lo que es peor, echó piedras sobre su propio tejado al entrar como un elefante en una cacharrería en bares y comercios haciendo preguntas a los vecinos sobre una chica que, eso saltaba a primera vista, era conocida por una mayoría que cerraba filas entorno a su historia. ¿Qué les ocurrió a los Eguskiza? ¿Qué hizo Paula para que un velo oscuro mudase el gesto de los vecinos del pueblo nada más pronunciar su nombre? A medida que crecía el silencio, más fortaleza adquiría para Ignacio la necesidad de encontrarla.

Quedó un par de veces con el tío Jaime, una para cenar y otra para ir a San Mamés a ver al Athletic. Read More

Bitácora de Nacho. 3: Arantza, mi madre (II)

Arantza tiene un resquemor. Ha dormido mal y un tono negativo del que no consigue desprenderse vela su mirar; es como una piedra en el zapato, pero dentro de su pecho. Cierto nerviosismo mantiene alerta sus sentidos, como si hoy fuese a suceder algo malo. Ha estado madurando durante toda la noche una decisión que tomó ayer tras estar con Fede e Imanol: quiere ser enfermera. El problema es que no sabe cómo comunicárselo a sus padres e intuye que aunque bien, se van a sentir algo defraudados, ya que en cierto modo eso supone renunciar por tiempo indefinido a continuar con el legado familiar de la farmacia. Si a eso le sumamos la preocupación y la profunda pena que siente por el cambio a peor que ha dado su querido amigo en los últimos días, nos da como resultado una chica con cara larga que aún no ha untado ni una Marbú Dorada en mantequilla para mojarla en el tazón tibio de café con leche. La abuela, aunque no lo parezca porque anda de acá para allá por la cocina, sabe que a su nieta le pasa algo. Read More

Bitácora de Nacho. 2: Ignacio Salas, mi padre.

Las Arenas, Getxo. 1980.

No puede creer que apenas hayan pasado cuatro años. El tiempo ahueca y deshumaniza las casas que permanecen vacías. Cierto es también que a determinadas edades, la percepción del transcurso del tiempo se vuelve elástica y subjetiva, pero a Ignacio, mi padre, le cuesta creer que las paredes y el techo que ahora le enfrían el alma fuesen las mismas que le cobijaron, le vieron nacer y crecer hasta los catorce años. Es como si hubiera pasado una eternidad. El amplio ventanal del salón se abre hacia la avenida y tras él, Ignacio trata de recordar las últimas navidades que pasaron en familia, en esa casa, antes de que se tuvieran que marchar a Madrid.

Ignacio, a sus dieciocho años, tiene una casa de dos cientos metros cuadrados, tres habitaciones y dos baños para él sólo, además de plaza de garaje y coche propio. Toda su familia se ha quedado en Madrid, pero él ha regresado al País Vasco para estudiar medicina. Su decisión no ha estado exenta de polémica, pero él se ha mantenido firme. La condena del exiliado consiste en no ser de donde huye pero tampoco de donde llega. Eso le quedó bien claro cuando, a los catorce, aterrizó en un instituto de Madrid en el que sólo por ser vasco, el primer día le apodaron “el etarra”. ¿Etarra, él? Si su familia precisamente se había tenido que ir de Euskadi por recibir amenazas. Qué injusta es la ignorancia, pensaba a diario, cuando tenía que cruzar la puerta del instituto por la mañana. Read More