Que me disculpe Sir John Cheever por la usurpación que he hecho del título de uno de sus relatos, no pretendo nada, salvo captar tu atención y que pases unos minutos hojeando lo que quiero explicar aquí. 

El otro día, a mi regreso tras un retiro de la escritura me encontré con este texto mientras deshacía las maletas. Si te lo muestro ahora es porque creo que perdura en él cierto anhelo analítico que, lejos de descubrir una fórmula matemática, lo que intenta es dibujar una forma geométrica que describa el aspecto que tienen las relaciones sentimentales, sin ninguna distinción.  

Toda relación sentimental se basa en la desproporción, de hecho, es tan importante que no sólo debe enraizarse en ella para que perdure en el tiempo, sino que además, la inaugura. 

Supongamos que A se queda prendado de B cuando A, por ejemplo, camina tranquilamente por la calle. Si lo que A siente es lo suficientemente fuerte, hará todo lo posible para conseguir la atención de B. Justo en ese momento, la desproporción da el pistoletazo de salida a la relación.

Continuemos. En toda relación, la desproporción es directamente proporcional al amor que se siente. A más desproporción, más amor. La cuantía ideal de desproporción para que una relación se sustente en el tiempo y el espacio es un 80-20. Un 80-20 es la desproporción perfecta para que haya mucho amor en una relación.

Aclarado esto, supongamos que después de todos los esfuerzos que ha hecho A para conseguir la atención de B, surge el amor entre los dos. De esta manera, los roles de ambos quedan definidos y marcados a fuego sobre la piel:  

—A, ilusionado por haber conseguido a B, seguirá dando y aportando a la relación para que ésta perdure. 

—B, debido eso, se acomodará en el palco disfrutando del maravilloso espectáculo que es el amor. 

Sigamos avanzando. 

la mala poesía surge de quienes no saben ni sabrán nunca que son y serán siempre A.

Si la desproporción es el motor fundamental de una relación, la dependencia es la gasolina. No nos confundamos, las dos partes serán dependientes. La que da será dependiente del afecto y la gratitud del que recibe. La persona que recibe, será dependiente de lo que la otra persona le da. 

Aunque en ningún momento he concretado que la transacción se defina exclusivamente en asuntos materiales, puesto que existe un amplio menú de aportes románticos o sentimentales que además de intangibles pueden ser gratuitos, en cierto modo, al final sí que se produce una cosificación. B, en el palco, acostumbrará a que A ahueque los cojines o le traiga palomitas calientes y A esperará un gracias, una carantoña, un te quiero o cualquier señal de que lo sigue haciendo tan bien como el primer día. 

Tan sólo añadiré que es peligroso jugar con los roles. Intentar cambiarlos puede acabar con la relación, más que nada porque se nace siendo A o siendo B. Si has nacido para dar un 80% no sabrás comportarte como alguien que aporta el 20%, y viceversa. 

No hay mayor misterio. Ah, sí, me olvidaba de una cosa: la mala poesía surge de quienes no saben ni sabrán nunca que son y serán siempre A.

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