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Es el local de los guapos, y lo sabes.

No hace falta que te diga cuál es su nombre ni la calle en la que está ubicada, porque si eres un pibón o un fucker, lo sabes.

Si nada más entrar en pozas el camarero de cualquier bar desatiende a las cuarenta y seis personas que hay por delante y te sirve a ti lo que quieres y además no te cobra, sabes cuál es esta discoteca.

Si tienes varias “Kas” en Instagram y tan sólo te basta una foto de un plato saturada de filtros con el hastahg “hoysesale” para conseguir mesa en el Margarito un sábado a las diez y media, sabes cuál es esta discoteca.

Si vas a todas partes en coche y consigues sitio a la primera, si tras veinte horas semanales de crossfit necesitas relajar la musculatura en el mejor reservado de Bilbao sisha incluida, sabes cuál es esta discoteca. Read More

Alfred García y los invisibles

Estos días me he topado por las redes sociales con el enésimo caso de contribución a la deforestación con alevosía impulsado por la editorial Alfaguara. Se trata del libro de Alfred García, “Otra Luz”, ciento sesenta páginas a diecisiete euros en papel y ocho en ebook. Fotos y frases sueltas. Cosas que antes se ponían en el corcho/pizarra de tu cuarto por detrás de una Polaroid que reflejaba tu último verano en Benalmádena, aquel en el que conociste a Verónica o a Quique, tu primera vez en todo. 

El ingenio de muchos tuiteros “troleando” las propias páginas del libro me templaron los nervios, en punta por lo que voy e exponer a continuación, y me arrancaron más de una carcajada que dejó paso a la reflexión calmada. Voy al tema.

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Geometría del amor

Que me disculpe Sir John Cheever por la usurpación que he hecho del título de uno de sus relatos, no pretendo nada, salvo captar tu atención y que pases unos minutos hojeando lo que quiero explicar aquí. 

El otro día, a mi regreso tras un retiro de la escritura me encontré con este texto mientras deshacía las maletas. Si te lo muestro ahora es porque creo que perdura en él cierto anhelo analítico que, lejos de descubrir una fórmula matemática, lo que intenta es dibujar una forma geométrica que describa el aspecto que tienen las relaciones sentimentales, sin ninguna distinción.  

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Un puñado de hombres solos

Hoy es un día más; han tenido lugar suficientes situaciones como para llenar la bolsa reutilizable de un día de labor. Nada bueno, tampoco muy malo. Nada que destacar. Dejemos a un lado esos lemas de taza de café que dicen cosas horripilantes como “que el día sea estupendo sólo depende de ti” o que “los días aburridos nos hacen valorar más los que son divertidos”. Banalidades de ese estilo abocan al crédulo al diván de un psiquiatra. La mayor parte de los días son repetitivos; cuando antes lo aceptes más feliz serás y mejor te sentirás contigo mismo. Los días pasan. Las personas caminan sumidas en la rutina y a mí me gusta observar la función al mismo tiempo que soy parte de ella. Llámame raro.
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Maluma no son los padres. Playlist y fiestas patronales.

 

Llevo semanas de anacoreta moderno en mi refugio. Con esto quiero decir que estoy solo en plena naturaleza pero conectado al mundo, y claro, se me agolpan los pensamientos en la cabeza. Estos días, entre otras cosas, he leído, escuchado y sufrido sobre el asunto de las canciones del verano. No puedo hablar con nadie o exponer lo que siento a un tercero aunque sea de manera breve a modo de bufido, por lo tanto, antes de acabar en la rotonda de abajo gritando a los coches que salen del pueblo dirección a la capital de la cultura europea, utilizo esta plataforma para expulsarlos casi quirúrgicamente de mis meninges antes de que éstas se inflamen y corran el riesgo de explotar.

Nota importante: Lo que aquí voy a exponer surge del debate que se ha generado a consecuencia de la propuesta del Instituto Vasco de la Mujer, no sobre la propuesta en sí. Repito y reitero, es sobre lo que se ha dicho en redes sociales y en medios de comunicación y sobre lo que yo opino acerca de ello. Read More

Diario de un ladrón de oxígeno. Reseña.

Acabo de terminar el famoso “Diario de un ladrón de oxígeno”, del prolífico autor de la literatura contemporánea que lleva por nombre el comercial apodo de Anónimo. Igual es que con la edad a uno le salen callos en los ojos, pero siento decir que la máxima publicitaria que rezaba escrita en la faja que cubría el libro no se ha cumplido: no me ha roto el corazón; tampoco me ha escandalizado.

He de confesar que las tácticas de marketing funcionaron, ya que me lo compré, hace tan sólo día y medio. Me lo he leído en menos de cuarenta y ocho horas, sí. Dejé de lado otras lecturas que tenía pendientes, también. Y ya dispuestos a confesar, acabo de comprarme en Amazon su nueva novela en inglés, “Chameleon in a Candy Store”, vale. A su vez, diré que lo he leído con la misma absorción que cuando en su tiempo me topé con la obra de Salinger o con las dos primeras novelas de Easton Ellis, pero la carne del autor no se ha materializado ante mí mientras pasaba las páginas, aunque sí ciertos olores y muchas formas. Read More

Me siento raro, pero no es por nada de esto.

Hola, ¿qué tal? Yo aquí de nuevo, con mis cosas.

Hoy es domingo, 19 de febrero, son las 17:55 y me siento raro.

Ni bien ni mal, sino raro.

No es porque te llame y no me cojas el teléfono, o porque sea domingo y no sople sobre mi frente ni una brizna de resaca.

No creo que sea porque he regresado a los estudios tras varios años. Por mucho que me haya descubierto tiernamente ridículo sentado a la mesa de mi salón, subrayador fosforito en mano y con la mente distraída saltando del Real Decreto Ley 13/2010 a tus tuits, de los diferentes niveles de intervención socio laboral a tu nuevo corte de pelo en Instagram, o de la última vez que nos saludamos a mordiscos sobre el sofá a me voy a hacer otro café a ver si me concentro de una puta vez ya; lo siento, pero no creo que sea por nada de eso.
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Salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja.

El día de hoy se parece a esas latas de refresco de marca blanca que, por estar fuera del pack separadas de sus gemelas, te las encuentras en esa estantería de “lo raro” a un precio especial. Un consumidor normal pensaría que si no se vende junto a las demás será por algo que, generalmente, no le conviene. El caso es que a mí, salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja. Incluso te confesaré una cosa: soy mucho más capaz de distinguir la belleza o el atractivo de algo que no encaja que de cualquier cosa que se me presente en cadena junto a un número limitado de copias idénticas.

Martes como los de hoy, de usar y tirar, me apetecen especialmente.
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Sólo tengo dos cervezas.

Sólo tengo dos cervezas. Me he sentado frente al ordenador. Son las 18:49 de un domingo de febrero.

Llueve y hace viento y ya casi es noche cerrada. Desde el salón abovedado donde escribo y bebo y de vez en cuando me lío un cigarrillo, las luces de la ciudad son como certeros golpes de vida.

Sólo tengo dos cervezas, así que antes de que tenga que bajar al chino de la esquina para comprar más, espero a que me salga algo lo suficientemente decente como para publicarlo en el blog.

El otro día escuché a un escritor super ventas decir que nunca se debe empezar un texto hablando del día que es y el tiempo que hace. “Eso son lugares comunes, conversaciones de ascensor”, decía el escritor con su tono de super ventas. Yo tampoco quiero hablar aquí de lugares comunes ni caer en conversaciones de ascensor, así que dejaré de hablar de escritores super ventas. Read More