El libro que tienes entre tus manos es un tratado de paz que, imperfecto como todos, constituye el mejor acuerdo que he podido firmar. Previo a todo esto, como es lógico, hubo un armisticio que puso fin a la cruenta batalla que inicié años atrás conmigo mismo. Toda guerra tiene un balance negativo y por tanto, analizarla en términos de vencedores y vencidos me parece un tanto simplista. Ahora bien, si tuviera que definir lo que este tratado pretende poner de manifiesto en pocas palabras, diría que es un esfuerzo por demostrar que la Historia, necesariamente, no debe contarse siempre a través del filtro de los que triunfan.

Lo más importante es que ahora, si estás leyendo esto, es porque al final conseguí acabar algo en mi vida. ¿Qué difícil es eso en los tiempos que corren, verdad? La sociedad te obliga a disponer de capacidades sobrehumanas porque a lo largo de un mismo día debes ser madre, mujer empoderada y trabajadora ejemplar. Padre, emprendedor y hombre con carácter resolutivo enfocado a la consecución de objetivos. Excelente estudiante con valores solidarios y comprometido con un sinfín de causas. Persona entregada a su familia, a sus amigos y a la actualidad, con criterio y buena formación para ejercer el derecho a opinar sobre cualquier tema y por encima de todo, lo más importante: con tiempo para ti; ya que después de una dura y larga jornada laboral, es fundamental sacar un ratito para poder disfrutar de tu intimidad.

Por cierto, ¿cómo llevas esto último? Descuida, hasta hace bien poco yo ni siquiera sabía lo que era eso; si acaso, pensaba que era la típica falacia propia de libros de autoayuda.

Como la mayor parte de la narrativa de carácter introspectivo, la escritura de este libro parte de problemas de índole personal y debido a ello, en su primera etapa, su estructura se parecía más a la de un diario cuya función consistía en mantenerme alejado de la bebida; causa y a la vez consecuencia de todos mis problemas. Me encanta esa frase de Homer Simpson.   

Sobre todo, lo que quería averiguar era por qué convertía mi vida en un bucle de desgracias y descubrir las razones que me llevaban siempre a un mismo punto de partida: el abismo. Pronto descubrí que para desarrollar tal empresa, era fundamental conocer en profundidad la historia de mi familia, ya que la mayor parte de la información relevante acerca de quiénes somos se halla en nuestros genes, en nuestros predecesores más cercanos.

Jamás hubiera pensado que todos aquellos garabatos terminasen convirtiéndose en un libro de tinte novelesco. Siempre me he considerado un tipo insulso y desgraciado que está de paso por la vida.

Guardo muy pocos recuerdos de mi infancia, o al menos esa es la sensación que tengo cuando escucho a los demás narrar nítidos, extensos y detallados pasajes de cuando eran niños. He llegado a pensar que puede que exista, oculto en mi interior, una especie de trauma que haya borrado años de mi vida.

Cuando era niño siempre estaba en medio, entorpeciendo la vida de mis atareados y reconocidos padres. Me crié a caballo entre mis abuelos maternos y el tío Jaime mientras mis progenitores salvaban la vida de una juventud que, en la mayor parte de España y de forma muy cruenta en Euskadi, estaba siendo arrasada por la droga.

En la universidad me formé como sociólogo y luché contra una ansiedad que me mantenía secuestrado y al treinta por ciento de mis habilidades sociales; contenido, receloso y huidizo. Luego exploté. Estas páginas, en parte, narran la secuencia de esa explosión y de cómo convertí todo en caos para después volverme loco intentando poner orden sobre los escombros de mi vida.

La presión que ejerce la sociedad sobre el individuo moderno para que tenga éxito es el mayor secuestrador de almas que existe, y éste, en el ojo del huracán, mientras trata de cumplir con todas sus exigencias, se encuentra solo, desvalido y temeroso por airear públicamente su impotencia. 

Este libro, partiendo desde una base humilde y a su vez comprometida, pretende ser un alegato en favor de los desvalidos sin distinción de clases sociales, puesto que el miedo a la soledad es algo con lo que se nace y a lo que se debe hacer frente al margen de la cuenta corriente y las oportunidades que uno tenga. 

Quiero agradecer especialmente la labor de Kiko Landaluce, periodista y amigo sin cuya ayuda este libro no hubiera sido posible. Gracias a él, que en la sombra me acompañó en diferentes etapas de este viaje, he podido relatar ciertos aspectos de mi vida que por mi cuenta hubiera sido incapaz, como mi vida junto a Laura o la verdad sobre mi padre.

A todos los que aparecen en esta historia: Clara, Roberto, Lorena, Elvira, Janire, Fernando, Rosa y un largo etcétera, considerad estas páginas como una forma de disculparme y al mismo tiempo de agradecer todo lo que hicisteis por mí.

Alex, mi paciente guía, serenidad, eres como un abrazo cuando más falta te hace.

Richard, a pesar de todo, fuiste parte de esto también.

Las largas conversaciones con mis abuelos arrojaron luz y tejieron una estructura que si hubiera dependido de mi castigada memoria no hubiera podido sostenerse.

Cumplí la promesa que me hice de esperar a que murieran para publicar este libro y que la espesura de la oscuridad no les envolviera en los últimos años de sus vidas.

A mis padres: no me quedaba otra opción, tampoco espero que lo entendáis.

 

I

      

Un lugar cercano a Comillas, Cantabria. Febrero de 2015.

Los recuerdos, qué asunto tan extraño, ¿verdad? ¿De qué material están hechos? ¿Qué contenedor les corresponde? Yo tengo uno que llevo a todos lados y aunque no tiene color, me resulta útil: seguir escribiendo, seguir sobrio, seguir con el proyecto y en la ruta, ayudando a los demás. Dentro de la autocaravana se disfruta de un ambiente cálido, fuera hace un viento desagradable y llueve a ratos. En la pared que tengo a mi izquierda, junto al modesto despacho que me he montado tras la silla del conductor, hay un cartel que dice: 

1. El primer paso es aceptar que no existe ninguna solución que tenga su origen más allá de uno mismo.

2. La voluntad es fundamental para seguir adelante y luchar contra la tentación de culpar de tus males a terceros.

3. El mundo no está contra ti, tú mismo puedes ser tu peor enemigo y a la vez el mejor aliado.

4. La confusión y el exceso de tiempo libre son la antesala de una recaída.

5. Si tus actos o la ausencia de los mismos te conducen hacia la destrucción, reconócelo, busca ayuda y comienza a construir algo que te aleje de ese sendero.

6. El orden es fundamental. El ser humano vive mejor rodeado de él. La vida se sostiene sobre pautas, horarios y rutinas. 

Los lemas de Alcohólicos Anónimos me parecen excesivamente confesionales, ¿acaso no existe adicción más allá del cristianismo? Por eso los he revisado y resumido a la mitad en seis pautas que desde mi punto de vista abogan por la libertad de credo y fomentan la iniciativa individual del adicto sin necesidad de someterlo a un dogma. Fue algo que me costó muchísimo tiempo, ya que desprender de tus consejos cualquier atisbo de fe puede llegar a ser contraproducente y encontrar la medida adecuada sin destruir el propósito en sí es como jugar a ser alquimista, pero al final lo conseguí. A pesar de todo, no puedo evitar que al leerlos me salten a los ojos como baratijas sacadas de libros de autoayuda.

Apoyándome en lemas así y recorriendo la abrupta orografía del país me siento como un predicador americano que aprovecha cualquier esquina para subirse a una caja de madera y gritar que el fin del mundo conocido se acerca.

Aunque a simple vista pueda parecerlo, no soy ningún iluminado que pretende agrupar una horda de fieles a los que incitar al suicidio colectivo sino más bien todo lo contrario; mi cometido es alejar al individuo de la muerte lenta y goteante que supone la adicción y la falta de expectativas. Cada vez que un ser humano llama a mi puerta hierve en mi interior una tremenda implicación que me despeja toda duda: mi deber es ayudar al prójimo.

Mi terapia es especial y única. Desarrollo tantas como usuarios acuden a mi autocaravana. La primera medicina con la que se va a encontrar es la escucha, poder sentirse arropado, burlar por un momento a la soledad. Después de esa etapa inicial que puede durar horas, días o incluso semanas, definiremos conjuntamente una propuesta de acción destinada a que el adicto se aleje progresivamente del sendero en el que se ve atrapado. Robarle tiempo a la botella y reducir el espacio a la depresión suelen ser medidas muy efectivas.

Es algo muy complicado, lo sé. Existen tantas adicciones como adictos y trayectorias vitales, pero a la par que los casos se acumulan la experiencia te obsequia con la sabiduría necesaria para poder establecer ciertos patrones. Si me siento bloqueado, cosa que un usuario no puede detectar jamás, alzo la vista como un halcón y miro hacia abajo.

Luche o no contra una adicción, el individuo moderno convive con dos temores: la soledad y el fracaso. Dicho esto, hablemos del primero de ellos. Creo que la obsesión por la normalidad radica en el pavor a no encajar. Cuando éramos animales íbamos en manada y si nos salíamos de ella nos arriesgábamos a morir devorados por cualquier depredador. Cuando nos extirparon el estado salvaje y nos inyectaron la pantomima de la vida en sociedad desterrándonos a las afueras de la selva, la manada quedó sustituida por el grupo y la muerte se convirtió en soledad. Por eso el sujeto sufre una dependencia de grupo tan severa que puede llegar a desaparecer detrás de ideologías, estilos de vida e incluso otras personas. Yo estuve en el 15M y al margen de discursos y contexto social, lo único que percibí fue un palpable miedo a la soledad y una imperiosa necesidad de adherirse a una corriente de pensamiento que genere la fantasía de sentirse igual entre extraños.

En cuanto al segundo de los temores, el fracaso, diré que la vida del común de los mortales se rige por una pulsión acumulativa que somete al ser humano a la tiranía de los objetos. La calidad de tu existencia, la estabilidad emocional o la felicidad, dependen directamente de un listado de ítems inertes a los que no les importas lo más mínimo. Efímeros, innecesarios y totalmente intrascendentes, te gobiernan a diario sin que caigas en la cuenta.

Ahora planteo una pregunta: ¿qué sucederá si alguno de esos objetos desaparece? Lo más seguro es que parte del sujeto, al haber configurado una vida alrededor de su existencia, desaparezca con ellos. Este problema llega a niveles enfermizos y realmente peligrosos cuando se traspasa la frontera de lo tangible trasgrediendo a lo simbólico o afectivo, ya que lo que no es objeto, se cosifica. Un trabajo, una pareja, buena presencia y en resumidas cuentas, éxito en la vida, son logros que debes conseguir si quieres ser algo en la vida. Analicemos esa manida expresión: “ser algo en la vida”. ¿Acaso no representa el máximo exponente de la cosificación? O eres algo o no eres nada. O tienes éxito o eres un fracasado. La violencia de este binomio pone de manifiesto el peligro de que si no logras lo que la sociedad te exige puedes llegar a desaparecer por completo como parte de la misma. Creo que hay algo patológico en todo esto, pero no me quiero extender porque acabaría divagando y me alejaría de lo fundamental: presentarme y darte la bienvenida a mi vida. Me llamo Nacho, tengo treinta años y hace tiempo lo dejé todo, me compré una autocaravana y traté de ponerme a salvo de mis propios demonios. Lo de ayudar a los demás vino después, en aquellos momentos, lo primero era yo.

La sociedad actual, sometida por completo bajo el yugo de la ambición y la competitividad, me considera un hereje porque no necesito nada de lo que la religión capitalista predica como imprescindible. Antes no era ni pensaba de esta manera. Tuve cosas, muchas, y lo perdí todo. Caí y recaí en una severa adicción que me condujo a una vida ausente de futuro. Yo, ahora hereje y antaño descarriado, ayudo a los sin rumbo.

A diferencia de otros adictos yo siempre tuve conciencia de que tenía un problema. Sabía que lo que hacía estaba mal y cada noche me dormía, si aún no había perdido el sentido, pensando que algún día debería dejar de beber. Tennesse Williams dijo una vez que todo hombre que bebe son dos personas en realidad, el que sostiene la botella y el que lucha contra ella. En mi caso tuve la suerte de que la parte luchadora salía a flote y se resistía a morir ahogada a pesar de la marejada de tragos que le caían encima. Repasando mis escritos y teniendo en cuenta que este diario consiste en un intento de agruparlo todo sobre una estructura coherente, detecto cierta preocupación por mis hábitos así como una predisposición a la investigación sobre el alcoholismo como patología en general y como dolencia particular de ciertos escritores que, en cierto modo, se han erigido y se erigen como referentes literarios para mí. Durante su revisión me he enternecido en más de una ocasión al comprobar que para mí, el hecho de compartir enfermedad con hombres del calado de John Cheever o Raymond Carver, constituía un consuelo que a menudo, incluso, elevaba a un nivel que me hacía sentir orgulloso. “Mis camaradas”, pensaba, intentando enfocar la vista hacia la estantería repleta de libros del salón de mi casa. 

La cuestión de las adicciones forma parte fundamental del día a día en mi familia, pero en el caso de mis padres ha sido estrictamente por asuntos laborales. Actualmente han enfocado sus carreras a la docencia pero en sus inicios, mis padres combatieron mano a mano la llegada de la heroína a una Euskadi convulsa y descontenta. Yo, en cambio, me centro en casos de alcoholismo y depresión en núcleos de población reducidos donde las opciones están muy limitadas.

La idea de embarcarme en este proyecto surgió cuando me vi por enésima vez al borde del precipicio. Menos mal que le eché agallas y luché contra la fuerza de gravedad porque si en aquel momento hubiese recaído, es muy probable que no hubiera salido de esa. Mi burbuja explotó y todo se vino abajo; demasiados golpes seguidos. Me acababa de recuperar de una recaída y todo parecía cobrar sentido. Tenía una casa, un trabajo y una mujer a la que amaba. Era algo en la vida, el binomio que define al ser humano como sujeto social se decantaba por el éxito y de pronto, el desgarro. Después de aquello, cada día que pasaba en Bilbao era una cuenta atrás hacía la recaída definitiva. Ya que nunca he tenido suficiente dinero como para llegar muy lejos o pasar una larga temporada fuera, junté todos mis ahorros y me compré una auto caravana. Todo empezó como un retiro espiritual, como una búsqueda interna, una huida hacia dentro en la que, a través de la soledad y la escritura, pudiera seguir adelante sin caer de nuevo en el alcohol. Pero la carretera, la gente y sus pueblos, fueron transformándolo todo hasta llegar a el punto donde me encuentro ahora.

Durante este largo retiro he tenido mucho tiempo para escribir, para pensar y repasar mi vida y la de toda mi familia. Mis padres no supieron de mi adicción hasta el último momento. ¿Se lo ocultaba? Sí, como el que fuma a escondidas, fíjate qué forma tan madura de afrontar un problema, pero la comunicación en mi familia nunca ha sido un estandarte del que hacer gala. Ellos también me ocultaron cosas. Todos lo hacemos; por muy estrecho que sea el vinculo que nos une, los fantasmas y el miedo acaban por separarnos. Lo que viene a continuación no es más que un torpe intento de poner orden a todas las imágenes que he recopilado tras sobrevolar las escarpadas cumbres de mi existencia. 

    

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