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Arantza Abasolo.

Bilbao, barrio de Otxarkoaga, 1980.

Un decadente bloque de viviendas; una colmena entre tantas cuyos cimientos tiritan de frío ante una primavera que no llega; un edificio que alberga a cientos de familias obreras que a esas horas, con suerte, estarán sentadas ante un plato que caliente sus ánimos. Una de esas familias es la de Arantza Abasolo, mi madre. En el televisor, bien de lujo y centro de atención a la hora de la cena, se ve la imagen de Alberto Delgado Cebrián presentando la última edición del telediario de TVE. La reelección de Suárez en las generales de marzo por mayoría simple marida con el aroma a lentejas y hace que el silencio fragüe en el seno de una familia tradicional.

Arantza no entiende mucho de política pero tiene claro que no se siente representada por esos señores que aparecen en la tele. Siente que la realidad social y política de Euskadi es otra, y sus amigos, tanto en el instituto como en las calles, hablan mal de lo que el resto del país celebra como una fiesta. Es buena sacando sus propias conclusiones y se puede imaginar por qué hay quienes llaman transacción en lugar de transición al proceso político que se está viviendo en España. Su madre y su abuela por parte de madre son extremeñas y socialistas. Su padre, único descendiente vivo de una saga de campesinos y mineros vascos del carbón, es fiel votante del Partido Nacionalista Vasco. Cuando surge el tema de la política, entre los mayores de la casa todo se resuelve de manera cordial, es más, en ocasiones, alguna que otra broma en cuanto a las diferencias que les separan colorea el monocorde ambiente del día a día. Arantza, en esos asuntos, prefiere mantenerse al margen.

Mis abuelos tenían una farmacia y una curiosa historia detrás. Mi abuelo, natural de Bilbao y nacido en las siete calles, regentaba un ultramarinos de propiedad familiar ubicado en la calle Tendería, en los bajos del mismo edificio donde había nacido él y toda su familia. Cuenta la leyenda que, tras el alzamiento nacional, Indalecio Prieto y sus acólitos celebraban reuniones clandestinas en la trastienda del establecimiento. A veces dejo volar mi imaginación y los veo debatiendo ardientemente entre chorizos colgantes y cecinas polvorientas, valiéndose de un púlpito improvisado con varios sacos de legumbres y sentados los demás sobre enormes latas de encurtidos. A mediados de los años cincuenta, la familia de mi abuela emigró a Bilbao desde Extremadura en busca de trabajo, ya que a las áridas y poco fértiles tierras de Zalamea, llegaban voces de que en el norte había prosperidad y necesidad de mano de obra. Ellos, junto con otras miles de familias, fueron parte de los primeros “chabolistas de Bilbao”. Mi abuela, con tan sólo once años, bajaba junto a sus hermanos a las siete calles en una carreta tirada por un burro en la que transportaban gallinas, huevos y leche. Allí vendían lo que podían o intercambiaban los huevos por harina, y al final de la jornada, con los beneficios, sus hermanos le mandaban al ultramarinos de mi abuelo, sito en la calle tendería, para que comprase aceite, cecina, legumbres y vino. Mi abuelo atendía la caja, hacía pedidos y ordenaba el almacén. Era el mozo para todo a sus trece años de edad. De este modo, se fue tejiendo una rutina diaria en la que ambos deseaban encontrarse al final del día. 

Pero la frecuencia de sus encuentros se vio interrumpida al de poco, porque mi abuela, junto con otras mujeres del barrio interesadas en el oficio de cuidados y primeros auxilios, organizaron un puesto sanitario en el centro de la barriada en el que ofrecían remedios caseros, vendas y desinfectantes. Conseguían los productos gracias a la colaboración de las familias que, con la mejor de las voluntades, aportaban un pequeño porcentaje de sus beneficios.

Debido al esfuerzo y la responsabilidad que conllevaba ser la encargada de tal tarea, mi abuela dejó de bajar a las siete calles y si lo hacía, frecuentaba más las boticas y las casas de socorro para adquirir suministros. Así fue como mi abuela conoció al doctor Incháustegui, en la casa de socorro de la calle San Vicente, en el ensanche bilbaíno. Un hombre bueno y médico comprometido que en poco tiempo pasó de ser, además de su mejor proveedor, su maestro y mentor. Con el tiempo, mi abuela pudo delegar responsabilidades en el puesto de primeros auxilios y dedicarse únicamente a la provisión de material. De esta forma, acudía a primera hora de la mañana a la casa de socorro y se quedaba hasta la hora de comer ejerciendo de ayudante o aprendiz. Después subía al barrio con el pedido. 

Tras cumplir con el deber, poco tiempo extra le quedaba a mi abuela. En aquella época los días contenían las mismas veinticuatro horas que los de ahora y aún así, conseguía sacar unos minutos para darse un lúdico paseo por las calles de Casco Viejo, fascinándose por la robustez de las casas, cayendo rendida ante la catedral de Santiago o la magnanimidad de algunos portales y dejándose perder entre el bullicio de los cantones. Era el único momento que disponía para su regocijo; su secreto más delicioso. Tal vez el tiempo pasaba entonces más despacio o quizá sus gentes sabían exprimirlo mejor, pero gracias a lo que fuese, en uno de esos paseos, dos años después de que dejase de frecuentar la tienda de mi abuelo, ambos se reencontraron en la esquina de Jardines con Bidebarrieta.

Tímidos los dos, charlaron tratando de ocultar el rubor de sus mejillas y acordaron una cita para el día siguiente por la tarde, en ese mismo sitio. Y así es como se reanudó una rutina que pronto, se convertiría en algo más.

En 1961, la propaganda franquista, muy centrada en la construcción de viviendas abaratando costes y plazos, puso en marcha y ejecutó el Plan de Urgencia Social de Vizcaya, dentro del cual se encontraba un proyecto conocido como “polígono de Ocharcoaga”.

Por meros asuntos estéticos, se derribaron todas las chabolas de las laderas de bilbao y de la zona de San Mamés en las que vivían miles de personas y se construyeron sobre la falda del monte Avril, un salpicón de viviendas que dieron cobijo por la fuerza a todos los chabolistas. Centenares de familias fueron desalojadas de unas viviendas que ellos mismos habían construido y que, en contra de lo que se decía en aquellos tiempos, muchas de ellas eran firmes, amplias y aptas para alojar a más de una docena de personas en buenas condiciones. En cierto modo, el día a día de aquellas barriadas tenía un marcado acento rural y presumía de cierto carácter colaborativo, semejante al que se podía dar en los caseríos de la Vizcaya profunda. La gente tenía huertas, animales y, en definitiva, una forma de comprender la vida que no podía encajar en un barrio inundado por bloques de cemento. No digamos ya, el hecho de afrontar la ruptura de la cotidianidad ante la imposición de una casa que se presentaba como una celda de cincuenta y cinco metros cuadrados pared con pared a otras familias a la que antes, podían saludar de parcela a parcela. Debido a esto, muchos migraron hacia zonas rurales del interior, entre ellos, los hermanos de mi abuela. Ella se quedó con sus padres en una de esas casas nuevas que el régimen franquista construyó para lavar la cara de un Bilbao que, cada vez con más frecuencia, recibía la visita de grandes empresarios dispuestos a invertir capital en la villa. Así fue como se erigió, a cinco kilómetros del centro de la villa, el ahora conocido como barrio de Otxarkoaga.

Lo que sucedió después fue que mis abuelos se enamoraron paseo a paseo, se casaron y fueron a vivir a la casa nueva de un barrio que, por aquellos entonces, era virgen en cuanto a servicios. El orgullo de varón tradicional y Euskaldun de mi abuelo, unido al amor que sentía por mi abuela y a una aguda visión para los  negocios, le llevó a comprar un local cercano a la casa. Para ello tuvo que vender la tienda e hipotecar la casa de la calle Tendería, pero sentía que era lo correcto, que era lo que debía hacer.

Un día, cuando estaban dando un paseo, mi abuelo se detuvo frente a la lonja y le dijo: “ese será tu nuevo puesto de primeros auxilios del barrio. Si tú me pones la casa, yo te pongo una farmacia”.

Esa es la historia de mis abuelos y de cómo se abrió la primera farmacia del barrio, donde en 1979, colaboraba toda la familia. Mi abuela en el mostrador, mi abuelo en el despacho llevando las cuentas y haciendo pedidos y mi madre, esporádicamente, algunos fines de semana. Mis abuelos querían adoctrinarla en la importancia del negocio familiar, sentar unas bases que asegurasen no sólo la continuidad del mismo sino el aprendizaje de un oficio, algo que consideraban sumamente importante en los tiempos que corrían, donde la juventud se hallaba perdida en una época convulsa, llena de incertidumbre, paro y violencia.

Arantza, a sus diecisiete años, siente que hay una fuerte barrera entre el imaginario social de sus contemporáneos respecto del que tienen la generación de sus padres. Con la única que se puede entender, curiosamente, es con su abuela. Con ella puede hablar de todo, se siente apoyada y comprendida.

Por eso, cuando sus padres aún están en la farmacia y ella vuelve del instituto, aprovecha para desfogarse con la amama de cualquier tema mientras le ayuda con las labores de la casa. En momentos como los de ahora, cenando en familia y con las noticias contando cosas horribles, prefiere callar. Además, es viernes y ha quedado con su amigo Fede.

Arantza y Fede se conocen desde que un aula de primaria de un colegio público les unió por la simple y llana razón del orden alfabético. Federico Arruabarrena y Arantza Abasolo se sentaron juntos y compartieron pupitre el primer día de clase de primero de primaria, y hasta la fecha, han crecido juntos en el mismo barrio, en el mismo bloque, compartiéndolo casi todo.

Últimamente Arantza anda algo preocupada por su amigo. Siempre han sido espectadores de todo sin tomar parte en nada, hasta hace muy poco les bastaba con comentar lo que hacían sus compañeros de instituto entre risas y la inocente superioridad de quienes creen que no van a caer en ciertos hábitos o cometer determinados errores, pero ahora la cosa ha cambiado; siguen siendo igual de amigos, pero la complicidad en ese sentido se ha roto. Fede ha faltado a clase y Arantza sabe que cuando eso sucede, se junta con los de la caseta y se pasa el día fumando porros y bebiendo. Desde el verano pasado, forma parte de una banda de rock. Los miembros del grupo y algunos afines se juntan en una caseta que ellos mismos han construido a mano y de la que están muy orgullosos, ya que sigue en pie tras superar varias tormentas invernales. Arantza aún no ha tenido el privilegio de entrar, en el barrio se sabe que es un club apartado y exclusivo al que pocos afortunados tienen acceso. No es que le vaya la vida en ello, pero es la primera vez que Fede hace algo sin ella, y eso le duele.

“He quedado con Fede ahora, abajo, en el portal, para dar una vuelta por ahí”, dice Arantza. Su madre y su abuela cruzan miradas cómplices, su padre no aparta la mirada de la televisión mientras deglute mecánicamente un flan.

“Me gusta ese chico, siempre está cerca de ti y te cuida”, dice la abuela.

“No vengas muy tarde, mañana por la mañana quiero que vengas a la farmacia”, dice el padre.

“Pásalo bien y ten cuidado”, añade la madre.

Fede está apoyado sobre el bordillo que hay frente al portal, con su eterno anorak oscuro, fumando un pitillo. Tras el saludo de rigor, le ofrece uno a Arantza y ella lo acepta. Le gusta el olor gasolina que emana de su mechero Zippo.

“Vamos a casa de Michel”, dice.

“¿Quién es Michel?”, pregunta Arantza.

“El hermano mayor de Jokin, estará él también con gente del instituto”, contesta.

“Vale”, añade Arantza algo inquieta.

A la vuelta de la esquina les estaba esperando un Renault 5 verde oscuro, lo conducía Imanol, un amigo de Fede, el mayor de la banda. Por las ventanillas, además del lechoso humo del hachís, se escapaban los gritos de Sid Vicious cantando God Save the Queen.

“Esto es lo último, tío. Tenemos que ir a Londres, allí la cosa es diferente. Nos llevan siglos de ventaja en todo, ¿has oído hablar del punk?”, grita por encima de la música mientras conduce sin cinturón de seguridad por las estrechas callejuelas que descienden hacia la parte vieja. Se conoce todos los atajos para evitar a la policía. “Allí hay libertad, los jóvenes pueden cagarse en la reina, follar en la calle y beber en cualquier parte sin esconderse, no como aquí”.

“No entiendo lo que dicen”, añade Arantza desde atrás forzando su voz. Al gesto resabido del conductor le acompaña un cruce de miradas con Fede. ¿Quién coño se creen que son?, piensa ella enfadada. 

“Es porque cantan en inglés, pero eso es lo de menos. Ellos saben que no hay futuro ni esperanza y lo gritan y se rebelan contra el sistema y el estado opresor, y no les muelen a palos o les meten a la cárcel, como aquí”. A Arantza no le gusta ese estilo de música y tampoco le agrada Imanol. Habla como si estuviese en posesión de la verdad absoluta y por el simple hecho de ser dos años mayor se cree superior a todos. ¿Por qué no tiene amigos de su edad?, por algo será. Va por la vida como si fuese una especie de líder carismático con potestad para adoctrinar a las masas y siempre pregona sobre la escasa libertad que hay en Euskadi y lo opresor que es el estado español, poniendo ejemplos ridículos de otros países en los que no ha estado y que sólo sabe de ellos por tres o cuatro revistas que esconde como si fuesen algo peligroso.

A los malos humos de Arantza se suma la preocupación al divisar, tras una curva, el ayuntamiento. No pensaba que iban a ir tan lejos… ¿Cómo lo haría para volver después?

La casa forma parte de un bloque abandonado y a medio derruir ubicado en la calle Esperanza. El segundo piso es el que se encuentra en mejor estado y, por decirlo de alguna manera, el más templado; ahí están todos. Hay un fuerte olor a muchas cosas y hace tanto frío como en la calle. Las ventanas están tapiadas y habrá, fácilmente, medio centenar de personas desperdigadas por el suelo. En una esquina se puede ver, marginado, un escenario improvisado por el que se derraman un montón de cables polvorientos.

“Cuando llega el invierno, solemos venir aquí a ensayar y a estar con la gente”, le dice Fede a Arantza.

¿La gente? ¿Qué gente? ¿Todo este grupo de tirados? Arantza no da crédito. Fede e Imanol, con soltura y una sonrisa, se hacen un hueco en un corro de gente que se cierra hacia una pared desconchada, llena de pintadas que piden amnistía, gritan anarquía o sentencian que no hay futuro. Ella se junta con cuidado, como si el suelo quemase, al lado de su amigo y demasiado cerca de un perro mojado que apesta a basura y que duerme echo un ovillo.

“Ella es Arantza, es amiga mía de toda la vida, ¿verdad?”, trata de parecer amable, pero le cuesta mucho, “Enrique, ¿sabes que su familia por parte de madre es de tu mismo pueblo?”. La revelación de ese dato adquiere casi tintes de traición, y se sorprende de lo mucho que le ha podido llegar a molestar. Enrique, tratando de comprender lo que le han dicho, divisa a Arantza entre la neblina y dibuja un gesto afable que deja al aire una sonrisa sucia y carente de piezas.

“Allí no queda nada, aquí por lo menos tenemos esto, y luego está la gente”. Y dale con la gente. Enrique manipula algo pequeño envuelto en plástico que llama la atención de Arantza. Sobre la pierna derecha, un pedazo de papel de aluminio requemado. 

“¿Vais a ir a la manifestación del domingo?”, pregunta Imanol. 

“Claro, tío”, dice la chica sentada junto a Enrique. “No podemos permitir que esos fascistas contaminen nuestra tierra con esa mierda. Nuclear no. Fuera Lemoiz”

“El objetivo es llegar hasta Zabalburu, ahí, lo más seguro, es que nos estén esperando los maderos”.

“Putos policías, hijos de puta…”, exclama Fede desde lo más profundo de su pecho. Arantza, asustada, se gira hacia él de un respingo.

“¿Y qué me decís de lo de mañana?”, añade Imanol.

Miradas hacia otro lado. Enrique, con la ayuda de la chica sentada a su lado, se concentra en la tarea de volcar un polvo blanco sobre el papel de aluminio. El silencio se rompe con el tono severo de alguien del corro que, hasta ahora, había pasado desapercibido.

“Mañana, que yo sepa, a parte de que saldrá el sol y será sábado, no pasará nada más”. Es un hombre mayor que el resto, de cejas pobladas, gafas de gruesa lente y mirada inquietante. Si hasta el momento había sido invisible, ahora es como si fuese toda la casa y lo que ella contiene. Conecta visualmente con Fede y su amigo, que baja la mirada y se esconde en sí mismo, como un chucho que recibe el manotazo de su dueño.

“¿Queréis probarla?”, pregunta Enrique aflojando el nudo. “Es lo más, no hay nada como esto. Me la ha conseguido un tipo de Las Arenas que fue a Tailandia de vacaciones”.

“¿Qué es?”, pregunta alguien.

“Heroína”.

La llama del mechero se desliza por la parte de abajo del papel de aluminio y el polvo blanco comienza a burbujear transformándose en algo sucio que se mimetiza con el quemazón plateado que lo contiene. Enrique aspira a través de un tubo de plástico el humo que se desprende; aguanta el humo, se sale del mundo y apoya la cabeza contra la pared; cierra los ojos y Arantza piensa que puede ser para siempre.

“Fede, me voy”, dice Arantza.

“¿Por?”

“Es tarde y mañana tengo que madrugar”

“¿Y cómo vas a subir al barrio a estas horas?”

“Me las arreglaré”.

“Venga, quédate un rato, vamos a tocar un par de canciones y luego nos vamos”. El papel de aluminio llega a las manos del amigo de Fede.

“No, me voy”.

“Puedo acercarte yo, tengo el coche aquí al lado”, dice el hombre de gruesas lentes helándole la sangre a Arantza.

“No, gracias”.

Se levanta y se va.

El efecto lupa intensifica de tal manera la intención de su mirada que parece que siga a Arantza físicamente. Cuando ella ya ha desaparecido tras la puerta, se vuelve hacia Imanol.

“Escúchame bien, ¡eh!”, le lanza un cigarro encendido y saltan chispas de su hombro. “Punto número uno: no quiero niñas de papá aquí. Punto número dos: cierra tu puta boca, hostia. ¿Lo habéis entendido?”. Ambos asienten.

La sola idea de tener que bordear el solar de la fundición a esas horas le aterra. La oscuridad se rompe al llegar a la calle Sendeja, pero una ráfaga de aire gélido le penetra por las costillas. ¿Qué le pasa a esos chicos? ¿Por qué están así de mal? Y lo que más le preocupa, ¿por qué Fede se junta con ellos?

Una llaga se abre dentro de su pecho y siente que lo único que puede hacer para cerrarla es ayudarles, de algún modo, sea como sea. Se siente mal por todo lo que tiene ella y se enfada al pensar que Fede tiene lo mismo y se está arriesgando a perderlo.

Cuando llega a la plaza del ayuntamiento, un señor con boina y jersey granate que está fumando un puro y bebiendo un txikito en la entrada del bar La Tortilla, le llama por su nombre. Algo asustada, detiene la marcha y se vuelve.

“¿Eres la hija de los Abasolo, ¿verdad?”. Reconoce al señor del barrio. Su rictus se suaviza como chocolate fundido.

“Sí”.

“Ene, ¿y qué haces sola por la calle a estas horas?”.

“He quedado con unos amigos y me he retrasado, he perdido el autobús, iba a subir andando…”.

“Calla, calla, vas a subir andando tú ahora, con el frío que hace. Ya te acerco yo”.

“Gracias…”

“Las gracias para los curas, venga vamos”.

El señor apura el txikito, un grito desde la misma puerta hacia dentro del bar sirve como despedida para con sus amigos, y con un gesto amable y cierto olor a bodega y humo, le conduce a Arantza hasta su coche.

“Parece que has visto al lobo, chiquilla. ¿Qué te ocurre?”.

“Ah, nada, estoy muy cansada”.

“Has tenido suerte de encontrarme. Los viernes empezamos a media mañana en Atxuri y poco a poco nos vamos acercando”. El señor simplifica la fonética de la “ce” y la “zeta” en la de una “ese”. “Los jóvenes de hoy en día tenéis suerte y a la vez no. Podéis estudiar y contáis con la ayuda de vuestros padres. Nosotros no teníamos nada de eso. Dime, ¿ya sabes lo que quieres hacer en la vida?”. Rasca al meter la tercera en la cuesta de Zumalacarregui.

“Sí”.

“¿Vas a trabajar en la farmacia de tus padres?”.

“No, voy a estudiar”.

“Eso está muy bien, maitia, ¿y el qué?”.

“Algo que me sirva para ayudar a los demás, a los que estén en peor situación que yo”.

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