San Vicente de la Barquera, Agosto de 2015.

La unicidad, acepción utilizada para referirse a la cualidad de ser único, conduce al Yo por derroteros egoístas. En la infancia es común compartir la fantasía de que los padres nacieron ya emparejados y que ambos no conocieron otra forma de vida ni edad que la de ser papá y mamá, ¿verdad? Ya en la adolescencia, existe otra no menos frecuente en la que el hijo se niega a aceptar que sus progenitores mantienen relaciones sexuales, dando así, de manera inconsciente, un tozudo carpetazo a su propia existencia. Esas y otras muchas, son fases por las que el individuo debe pasar hasta que consigue afrontar la extremada levedad de su propia existencia; no somos tan peculiares ni tan trascendentales como para que el universo se detenga ante nuestros deseos. Comprender tal cosa es un asunto complicado que, si todo se desarrolla con normalidad, sucede cuando el individuo es adulto. Hasta entonces, un puñetazo pueril en la mesa te lleva a negar la mayor; que no, que antes de mí aquí no había nada, señores, ni mis padres tenían vida ni mucho menos hacían cochinadas indecentes, y punto pelota.

Si digo esto es porque creo que la historia de una persona empieza a construirse cuando los responsables de su llegada al mundo dan sus primeros pasos en la vida adulta, por eso este diario arranca desde el punto en que mis padres, aún sin conocerse, comenzaron a tomar decisiones importantes.     

El otro día llamó a mi puerta una usuaria que había vivido en pareja casi hasta donde le alcanzaba la memoria, ya que su marido también había sido su mejor amigo desde que eran unos críos en el pueblo. Nacida para ser la esposa de Bonifacio, a sus cincuenta y dos años se había divorciado. Madre desde muy joven, su hija marchó del pueblo hace ya más de seis años. Su ex marido le pasa una pensión que le da para vivir holgadamente y las rentas de dos pisos por una herencia familiar de hija única, mullen y hacen aún más confortable su cómoda vida. No tiene aficiones ni nada que la emocione; no sabe qué hacer, literalmente. Debido a eso, al de poco de quedarse sola, comenzó a frecuentar bares. “Yo que nunca he sido de esas, salvo el café de media tarde con las amigas”, me decía. El vermú, cada vez más temprano, comenzó ajuntarse con las cañas de la tarde y éstas, con las copas de la noche. Las vueltas de cada consumición iban siempre por el sumidero de la máquina tragaperras.

No se dio cuenta que tenía un problema, se lo tuvo que decir una vecina cuando la encontró, oscilante, intentando abrir una puerta que no era la suya a las doce de la noche de un martes.

La soledad es el pilar fundamental que mantiene en pie el edificio de nuestra vida porque es la parte que más expuesta está a las inclemencias, y por tanto, la que más golpes recibe.

Su protección y cuidado —téngase en cuenta que no hablo de lucha ni erradicación— son de suma importancia. Dañada esa parte, no tardará en derrumbarse toda la estructura. Dado que la relación más complicada y duradera a la que nos debemos enfrentar es la que mantenemos con nosotros mismos, considero que la esencia de todo reside en la gestión de la propia intimidad. Cualquier error en este ámbito dará como resultado una profunda aversión a la soledad, y no se puede vivir con miedo a una parte inherente del ser humano, lo que hay que hacer es saber convivir con ella.   

Hablando de esta forma pensarás que soy un indestructible coloso de acero; nada más lejos de la realidad. Que disponga de más armas para enfrentarme a la batalla no significa que ésta sea menos dura. Trato de mantener ocupado cada minuto de mi vida, pero basta un segundo de asueto para que me acuerde de ella y el mecanismo de empuje hacia el abismo se ponga de nuevo en marcha. Llegará el momento en este diario en el que tenga que hablar de ella, y la verdad, no sé si voy a ser capaz. 

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