Esta es una anécdota que a mis padres les encanta contar, ya que fue su primer encuentro sin que ellos aún se conociesen. Cada vez que lo hacen varían ciertas cosas, añaden un acento aquí o un tono más allá, pero siempre lo hacen a dúo y con la sincronización perfecta que les caracteriza como matrimonio perfecto de cara a la galería que son y se han encargado siempre de ser. Les encanta bromear sobre todo acerca del encontronazo que tuvieron sus respectivos padres que en ese momento, “y con lo católica que es mi suegra” dice siempre mi madre, hubieran pactado con el diablo por no llegar a ser jamás familia política.

Todo lo que cuentan es una verdad maquillada, venida a menos y que ignora la parte de sus vidas que yo estoy contando aquí. Mi labor fundamental en este diario es lograr entender algo tan complicado como una familia, por eso camino por las partes oscuras y barro las esquinas polvorientas.

Por aquellos entonces la Facultad de Medicina de la Universidad del País Vasco acogía también a la de Odontología y Enfermería.

Septiembre de 1980, Leioa, Facultad de Medicina de la UPV; acto inaugural que recibe a los nuevos alumnos. La de enfermería era la segunda promoción, cosa que mi madre llevará clavada como una espina entre la uña por no haber formado parte de la primera. La de Medicina, la de mi padre, puede que fuese la cuarta o la quinta, no estoy seguro. Una sala abarrotada de familiares, alumnos, profesores, rectores y personas más o menos influyentes de la época. Un acto solemne, rancio y aburrido que dio paso a un cóctel de bienvenida donde todos, sin saber bien dónde estaban, se esforzaron por mostrar su mejor cara.

Lo que nunca contará  mi madre es que para ella fue un día triste porque Fede, que llevaba tiempo sin dar señales de vida, había prometido presentarse y al final no lo hizo. Lo que nunca reconocerá mi padre es que llevaba todo el verano visitando a diario a una yonki que no mostraba ninguna señal de recuperación. Allí, en la casa de Txente, algunos días Paula ni si quiera reconocía a ese chico de cara triste que le traía comida y medicamentos, aunque a veces, si la cabeza le funcionaba un poco, compartían tiernos momentos en los que rememoraban los días dorados en el instituto e incluso salían a dar un pequeño paseo por el jardín de la casa, ella apoyada en sus muletas, manteniendo en alto un pie fétido y gangrenado que atraía a las moscas como la miel.

Mis abuelos por parte de padre llevaban todo el día de morros, malhumorados y nerviosos por tener que volver a una tierra hostil que ya les había olvidado pero que ellos jamás perdonarían.

Con elegancia suprema y morro aristocrático, paseaban su mirada juzgando a todos entre cuchicheos y rechazaban con gesto de hastío cualquier canapé u ofrenda que un chico sudoroso y malpagado les brindase con una sonrisa tensa. Nunca se sabrá si la dichosa pintada del portal fue un acto deliberado por un comando que quería atentar directamente contra ellos o si por el contrario, iba dirigido a otros vecinos de la zona; quién sabe, puede que tan sólo se tratase de un acto vandálico perpetrado por chiquillos. Épocas duras, confusas y muy difíciles.

Mis abuelos por parte de madre, alegres, humildes y provincianos, se desmedían en elogios hacia su hija y ésta, a su vez, trataba de ocultar su tristeza debido al inminente plantón. Mi abuelo, bilbaíno de pro, puro barato en mano y boina enroscada, haciendo gala de su buen comer y buen beber, no decía que no a nada. En una de esas, canapé arriba copa de vino abajo, los futuros consuegros coincidieron codo con codo en un lugar apartado de la sala.

Mis abuelos por parte de padre:

“Mira esos paletos, el del puro está más pasado de rosca que su boina, por Dios, qué olor más asqueroso. Y mira ella con ese peinado de barrio, por no decir nada del armario empotrado de la abuela enlutada”.

Mis abuelos por parte de madre:

“Qué orgullosos estamos de ti, maitia, menudo sarao que montan estos, con Aurresku y vino, como debe de ser. Serás la mejor de todas, ya verás. Las croquetas están duras”.

El incidente se produjo cuando el puro de mi abuelo hizo contacto con la carísima chaqueta de mi abuela que por un momento y debido a un sofoco, descuidó colgada sobre su brazo.

El fuego se sofocó parcialmente con una copa de champán derramada con mala puntería sobre la pechera de mi abuela y finalmente, por un extintor vaciado con exageración por uno de los camareros del salón que, cual super héroe, se tomó la justicia por su mano.

Mi padre y mi madre se miraron avergonzados y en aquel momento, ambos desearon no tener que volverse a ver jamás.

Lo que sí reconoció mi bisabuela pocos minutos después fue que la copa se la lanzó mal y aposta a esa “remilgada morro pocho” que no paraba de mirar por encima del hombro a los demás.

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