El tramo final del verano no fue especialmente agradable para Ignacio. Desde que habló con Jokin en los billares el día de la redada y éste le contó que Paula se había marchado a Bermeo, una obsesión se alojó en su cabeza: encontrarla. “No será difícil, sé el nombre y el apellido y con eso, en un pueblo pequeño debería de ser suficiente”, pensó. Qué inocente fue; pasó por alto la máxima de “pueblo pequeño, infierno grande”.

En sus primeros viajes lo único que recibió fue el batacazo de un silencio sepulcral y el reproche al forastero. Ignacio imaginaba que se iba a encontrar con una sociedad un tanto más cerrada pero ni por asomo intuyó que fuese a ser tan recelosa con el recién llegado. Perdió el tiempo a lo tonto y lo que es peor, echó piedras sobre su propio tejado al entrar como un elefante en una cacharrería en bares y comercios haciendo preguntas a los vecinos sobre una chica que, eso saltaba a primera vista, era conocida por una mayoría que cerraba filas entorno a su historia. ¿Qué les ocurrió a los Eguskiza? ¿Qué hizo Paula para que un velo oscuro mudase el gesto de los vecinos del pueblo nada más pronunciar su nombre? A medida que crecía el silencio, más fortaleza adquiría para Ignacio la necesidad de encontrarla.

Quedó un par de veces con el tío Jaime, una para cenar y otra para ir a San Mamés a ver al Athletic.

“Te noto mustio, hijo”.

“Los días se hacen largos cuando uno no tiene nada que hacer”.

“En cuanto empieces las clases y conozcas a una chica, te faltará tiempo para ti y echarás de menos estos días, ya verás”.

En ocasiones, en la amplia soledad de su casa en Las Arenas, recordaba las conversaciones que tenían sus padres en la cocina de la casa de Madrid las primeras semanas después de su llegada. Él las escuchaba desde el salón, inundado de rabia por tener que sufrir a diario el cruel vacío de sus compañeros de clase. Su padre alababa el anonimato de una gran ciudad que no te juzga por quién eres ni de dónde procedes, ni si quiera por lo que tienes, sino sólo por lo que haces.

Eufemismos como “allí” o “arriba”, que al de muy poco se convirtieron en oficiales entre sus padres cuando hablaban de Euskadi, eran el punto de partida para que comenzasen con el discurso de que aquello era un peligroso gueto lleno de catetos ignorantes que juzgan al prójimo corroídos por una envidia que emana de un complejo de inferioridad adquirido desde la infancia por un sistema educativo, social y político, que en vez de tender puentes y abrir mentes creaba un caldo de cultivo de odio a todo el que no pensara como tú. Y en determinados momentos, Ignacio llegaba a pensar que tal vez hubiera algo de razón en aquellas palabras, ya que al caminar por la calle, sentía que acarreaba una etiqueta invisible pero muy pesada que le era asignada porque sí, por el simple hecho de vestir como vestía, de aparentar lo que aparentaba, de comportarse de la única manera que le era posible: ser él mismo.  Depende de en qué zonas le miraban mal y, depende de en qué bares, escuchaba a los clientes y al camarero despotricar en euskera sobre él después de servirle una cerveza a mala gana.“¿Qué culpa tengo yo? No ostento, soy humilde, amable, educado con la gente y si creo que debo ayudar a alguien, lo hago”, pensaba. Algunos días incluso llego a dudar de cursar sus estudios, en momentos de debilidad veía inútil entregar una vida a ayudar a una sociedad que no se deja.

Los primeros días que fue a Bermeo se encontraba ralladuras en la chapa de su BMW que obviamente antes no estaban y, en una ocasión, un señor le gritó “alde hemendik” desde el otro lado de la acera. Estaba a punto de tirar la toalla cuando al regresar a su coche, se encontró una nota en el parabrisas. Miró alrededor, gaviotas, gente paseando en la lejanía y un par de tipos con mala pinta merodeando por el puerto, podría ser cualquiera. En el pedazo de papel doblado se podía leer, escrito con mal pulso “AKORDA. PREGUNTA POR LA CASA DE TXENTE”.

Ignacio llamó a su tío Jaime esa misma tarde, nada más llegar a casa.

“Me suena el nombre, es una zona próxima a Mundaka. ¿En qué andas metido, hijo?”

“Es… es por una chica. La conocí antes de que tuviera que irme a Madrid, era de mi clase. Un amigo me dijo que se había ido a Bermeo con su familia, que allí tenían un caserío y unas cuántas cabezas de ganado”

“Pues eso Bermeo desde luego que no es, verás… ya te comenté que no es una buena zona para los tiempos que corren…”

“Ya lo sé, pero quiero verla, necesito encontrarla”

“Iré contigo, si quieres”.

Durante la comida en un restaurante de alto postín de la zona de Ibarrangelua, Jaime intentó protegerle del posible golpe que pudiera sufrir cuando llegasen a ese sitio, incluso intentó convencerle, seduciéndole a través de indirectas, de una noche como aquella que pasaron los dos para que olvidase del tema.

“Ahora tú y yo cogemos el coche, volvemos para casa, nos ponemos a tono por los bares de la zona y después vamos al Gwendolyne, ¿qué te parece?”, Ignacio sonrió, pero estaba convencido.

“Es lo único que me queda de cuando era un niño feliz, Jaime, sea como sea lo que me vaya a encontrar allí, necesito saberlo, si no creo que no seré capaz de pasar página y volver a encontrarme bien aquí. Me fui cuando más feliz era, y todos los que conocí ya no están o si aún permanecen van a su rollo y llevan estilos de vida que no me convencen. Si te digo la verdad, después de darle tantas vueltas al tema, casi prefiero toparme con algo malo, algo que me obligue a dar carpetazo y empezar de nuevo”.

“Joder, pues sí que te ha dado fuerte con esa chavala”.

“Al principio no pensaba que iba a ser así, quiero decir, no creía que me iba a pegar tan fuerte, pero a medida que pasaban los días, largos, vacíos, sin obligaciones, uno no tiene otra cosa que hacer que pensar, ¿sabes? Y aquella chica, Paula, fue la primera que me llamó la atención. Todos mis compañeros andaban detrás de tres o cuatro, besándose a escondidas con fulanita o menganita, pero yo no veía…”

“Ya me lo comentaste aquella primera noche que salimos”.

“Pues eso”.

La tarde, bochornosa, cargó el horizonte de nubes negras cuando llegaron a la casa. No les fue difícil encontrar el lugar, apenas un par de preguntas en una gasolinera de las afueras de Gernika bastaron para conseguir una descripción fiable de cómo acceder a la zona. El tal Txente era un señor de unos cuarenta y tantos, soltero, de voz fina y pelo débil, con aspecto de cura. Natural de Bermeo, decidió reformar el caserío abandonado propiedad de su familia y ofrecerlo como casa de acogida para lo que el denominaba “la juventud con problemas”.

“Hay muchas familias que me traen a sus hijos directamente aquí, la de Paula fue una de ellas, ahora está dormida, pobre chica. Antes de que anden tirados por la calle inyectándose droga o robando por ahí a gente que no tiene la culpa de su desgracia, prefiero que estén aquí. Les tengo vigilados. Les doy de comer y cosas en las que ocupar el tiempo, tampoco les prohíbo nada, si se quieren drogar, que se droguen, pero intento que lo hagan de la manera menos peligrosa”, dijo Txente tras quitarse la boina y secarse el sudor de la frente con un pañuelo. Estaban los tres sentados a una mesa de madera estilo merendero bajo la sombra de un árbol, en un lateral de la casa.

“¿Puedo verla?”. Moscas y cencerros de vaca.    

“Están siendo unos días duros para ella. La herida que tiene en el pie no se le cierra y se le infecta, está hasta arriba de antibióticos y sedada. ¿De qué la conoces?”.

“Estudiamos juntos en el instituto, luego yo me marché a Madrid y no he vuelto a saber de ella”.

“Como consejo te diré que para un primer reencuentro esperes a otro momento mejor, como tú veas. Puedes venir a visitarla cuando quieras, si te parece te dejo mi teléfono y mantenemos el contacto, te avisaré cuando se ponga mejor. Es una chica fuerte, saldrá de ésta, no te preocupes”.

Ignacio escudriñó la mirada de aquel hombre bueno y no pudo ver más allá que meras palabras de consuelo.    

    

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