El otro día leí en un artículo que no todos los que beben alcohol acaban siendo alcohólicos. Que la enfermedad puede deberse a multitud de factores, entre ellos la predisposición genética, las experiencias tempranas o las influencias sociales. Creo que a mí solo me afecta la última.

Hasta el día en que tuve la entrevista con Richard entrar sin compañía en un bar un día de labor antes de la hora de la comida y pedirme una cerveza constituía para mí algo nuevo. La parroquia unida, compartiendo el silencio. Me encontré muy cómodo junto a aquellos desconocidos y, cruel ironía del destino, me sentí muy libre. Fue maravilloso descubrir que el mero hecho de beber no requiere de una excusa tipificada en el código social.

Sí, estoy de acuerdo, en la mayoría de los casos todo esto no tiene por qué suponer un problema, pero es que todo ocurrió demasiado deprisa. Mi necesidad de agradar a los demás no se disipó con el alcohol, sino que derivó en una penosa inercia de llamar la atención a través de un perfil lastimero que lo traducía todo en odio hacia mí mismo.

Por querer agradar a Ricardo dejé a un lado el proyecto del libro y me vendí al vulgo por un puñado de historias que no sabía ni cómo escribir pero que al final, gustaban a los lectores. Presión, ansiedad, ambición desmesurada, soledad mal gestionada y el alcohol, que siempre a mano, no cesaba en su intento de seducirme. Lo peor es que no te das cuenta y que en todo momento piensas que estás haciendo lo correcto. Las modelos posan, los cocineros cocinan y los junta letras, beben.

 

***

 

Ricardo tenía razón, una de las ventajas de ser freelance es que puedes trabajar desde cualquier parte y a cualquier hora. Liberado de la carga del bar, ahora tenía toda la casa para mí hasta la hora de la cena.

Lo primero que hice fue practicarle una autopsia a mi primer relato: “El rincón de las no-personas”. Si tanto había gustado, algún secreto debía esconder en sus entrañas, así que los primeros días me dediqué en exclusiva a desgranarlo por completo. Para mí el campo de la narrativa era nuevo y por mucho que hubiera creado una historia que gustase a los demás, no sabía cómo lo había conseguido.

“Lo tuyo es el ensayo, la sociología, el análisis crítico de la vida cotidiana del individuo. Intenta no desviarte o procura al menos que, aunque dejes el proyecto del libro de lado, tus historias mantengan esa esencia”, me decía.   

Tras un análisis exhaustivo del relato, deduje lo siguiente:

Al lector le gusta ponerse en la piel de alguien que está en peores condiciones sociales, vitales y/o económicas que él. De esta manera, cuando vuelva al mundo real podrá decir: “vaya, existe alguien que está pero que yo”. Por lo tanto, y aunque sólo sea por un momento, tendrá la dulce sensación de que lo suyo tal vez no sea para tanto.

Obviamente, eso no puede ser todo; hay que añadir un aliciente al personaje principal, un tinte de anti héroe y ya puestos, quizá un atisbo de esperanza. El protagonista debe tener ilusiones y por mínimo que sea, le debe suceder algo que palie su dolor. Dicho acontecimiento deberá transmitir la idea de que a las personas insignificantes, a las no-personas, también les suceden cosas buenas. Así, cuando el lector vuelva a su rutina pensará que si al protagonista, que se encuentra en peores condiciones que él, le ha pasado algo bueno, por ende, llegará un momento en que a él también le suceda.

Independientemente del estado civil del individuo, de su situación socioeconómica y de su nivel cultural, existe una línea transversal que nos iguala: la insatisfacción y el miedo a la soledad. No existe medicina o terapia contra esto, pero sí diversos remedios que a modo de placebo, pueden calmarlo. La evasión es uno de los más antiguos y ahí, tras descubrir esta sencilla fórmula, me vi capacitado para extender pequeñas recetas.

Ya tenía una base, una estructura sobre la que ir construyendo pequeños habitáculos para que el individuo ejerza su derecho al solaz.

Todas estas reflexiones sobre el acto de escribir, así expuestas, pueden parecer más o menos lúcidas pero no dejan de banalizar sobre algo que es sumamente trascendente. Lo que menos importa del acto de escribir es el escritor o la forma en que éste trabaja, lo sagrado es la escritura. Alguien que compara la tarea del escritor con la de tal o cual oficio o que intenta buscar la receta para llegar al gran público es alguien que profana la santidad misma de la creación. Yo lo hice, lo reconozco. En algún punto del camino el sistema me violó el cráneo, emprendí la vía fácil de convertirme en “alguien-leído-por-todos” y cuando lo que escribes gusta a todo el mundo, tienes un problema: careces de identidad. Con esto no quiero exculparme alegando que fui una víctima más, ni mucho menos; ocurrió de manera progresiva y las decisiones las tomé yo, pero no deja de sorprenderme que pudiera participar en aquella farsa.

Debido a esa imprudencia, transformé la escritura en un mero acto administrativo en el que la inspiración ocupaba un puesto anecdótico en la empresa, como alguien que trae pastas a la oficina porque es el día de su cumpleaños.

Eso sí, cubrí con creces las expectativas de entregar cuatro relatos a la semana. Se los enviaba a Ricardo por correo electrónico y él me contestaba al de una o dos horas con elogios y frases salpicadas con muchas exclamaciones. “No puede ser tan fácil, esto tiene truco, una cara B”, pensaba, pero la preocupación me abandonaba al final de cada semana cuando recibía unos generosos ingresos por hacer algo que, en el fondo, no me suponía un gran esfuerzo.

Me construyeron un espacio propio dentro de la web donde la gente podía comentar mis relatos. “Piensa en un pseudónimo, un nombre o un concepto para tu sección”, me dijo Ricardo una tarde por Whatsapp. “Nachos con queso”, contesté. “Lo mejor que he oído en años”, respondió él. Todo lo que decía, escribía o escupía, según él, era lo mejor en muchos años. Yo seguí a lo mío; me estaba masturbando con el recuerdo de Elvira y la noche que pasé con ella en la pensión. La autopsia del relato había grabado en mi mente una imagen muy nítida de su cuerpo. Cuando acabé, le escribí un correo electrónico.

 

Hola, Elvira, espero que vaya todo bien. ¿Cómo está Janire? Verás, ahora publico relatos en una revista on line que tiene cierta fama, se llama Dumb Magazine. El primero que he escrito es este que te mando adjunto. Se titula “El rincón de las no-personas”, espero que te guste.

Aún no soy famoso, pero como verás, me sigo acordando de ti.

Un abrazo.

Nacho.   

 

Ricardo adquirió la costumbre de llamarme por las tardes. Me preguntaba si estaba escribiendo algo o simplemente qué tal me había ido el día. Sus palabras contenían amargas trazas de soledad, pero me gustaban esas conversaciones en las que se descubría como un colega, resultaban divertidas. Más allá de los altivos discursos corporativistas había una persona que al finalizar su jornada no tenía a nadie con quién hablar. Sí, además de Ricardo existía un Richard, real y verdadero..

Cuando la popularidad de mis relatos subió como la espuma, hubo una tarde en la que salimos a cenar y a tomar unas cervezas para celebrarlo. Richard me regalaba los oídos en cada bar al que entrábamos presentándome a los demás “como el escritor de moda”. Se lo decía a todo el mundo, “te presento a Nacho, el mejor descubrimiento de esta década, el escritor de moda, entra en Dumb Magazine y lee sus relatos”. Yo sonreía, saludaba a la persona que tenía enfrente y él agarraba mi brazo para después añadir: “lo que más aprecio de él, aparte de todos los suscriptores que me está consiguiendo, es su humildad”. Traducción: “lo mejor de todo es el dinero que estoy ganando y lo poco que le pago”.

A pesar de que tenía puesta una venda en los ojos, ese día fue muy especial para mí; una frase se repetía como un mantra dentro de mi cabeza: “lo has conseguido”. Recuerdo sentirme halagado al verme cosificado como “el mejor descubrimiento de la década”, como si fuese una nueva estrella que hasta entonces brillaba sin nombre en el firmamento. El peligro reside en que quien descubre una estrella puede ponerle su nombre y ésta pasa a ser de su propiedad; eso es exactamente lo que estaba pasando. Esa tarde, sin que nadie me pidiera permiso pero con mi silenciosa y ególatra aprobación, se edificó una relación entre nosotros en la que Richard se mostraba como mi apoderado y yo, su escritor florero, le pertenecía. Nuestra soledad y nuestro ego se realimentaban. Yo necesitaba alguien como Richard y él necesitaba a alguien como yo.

Como era de esperar, seguimos quedando por las tardes aunque hubo un momento en el que dejamos de ir a cenar y quedábamos simplemente para beber. No sé cuando se convirtió en una costumbre, pero acabamos emborrachándonos todas las noches. El alcohol forjó un vínculo entre nosotros, una dependencia, una vía de fuga compartida que llenaba el vacío que, cada uno a su manera, sentíamos cada noche al acostarnos.

El alcohol es una droga eufórico-depresiva. Hace que tu universo se encoja y se convierta en una montaña rusa muy predecible; una que sólo tiene una subida corta y rápida a la que siempre sigue una larga, triste y monótona bajada. Lo peor de todo fue acostumbrarse a vivir así, aceptar que las mañanas son confusas y que la resaca es un estado de ánimo; comenzar a funcionar cuando tu cuerpo ingiere, a modo de vacuna, un trago al mediodía que elimina el temblor de unas manos que deben teclear deprisa; notar cómo las ideas aunque desordenadas, fluyen mejor con el vino blanco a partir de las once de la mañana y que el hambre, ese incordio que te hace perder el tiempo situándote al raso nivel de un simple ser humano, se calma con cerveza.

Luego comienzas a refugiarte de la realidad detrás de excusas fáciles que te sirven para justificar que la situación es temporal y que algún día acabará. Es sólo una racha. Tengo mucha presión en el trabajo. Tengo que escribir cinco relatos para mañana y si no lo consigo no podré mantener el ritmo de vida al que ya me he acostumbrado… Además, si al fin y al cabo todos tus escritores favoritos, esos a los que tanto admiras, bebían como cosacos y consiguieron ser recordados, no hay ninguna razón por la que tú, al llegar a casa después de pasarte catorce horas seguidas bebiendo sin parar, no debas abrir la nevera en busca de un trago más.

Es una sensación extraña, como si te convirtieras en otra persona a la que sólo puedes odiar y castigar, como si tu voluntad, quebrada, se doblegase ante la botella y a ti tan sólo te quedase libre la opción de resignarte. Te conviertes en una persona incómoda y enfadada con el mundo, alguien con el que no te apetece estar. Todo adquiere tintes de repetición. Te levantas. Bebes. Te acuestas. A veces ocurre algo entre medias.

Lorena, como madre, amiga y compañera de piso, se preocupaba por mí. Sabía que quedaba con Richard todas las tardes para beber, pero yo traducía su preocupación en que ella estaba en mi contra por cualquier razón absurda. Tenía envidia porque me había hecho amigo del jefe, porque había escalado en menos de un año más que cualquier otro trabajador sumiso que estuviera en plantilla o porque ganaba más dinero que ella.

Me comporté como un verdadero hijo de puta el día en que le dije: tranquila, mañana me despertaré pronto y os haré el desayuno como antes, sé que eso es lo que verdaderamente te jode, que ya no tienes una interina. Ese dolor que intencionadamente le causé aquella noche se confundió de objetivo; la diana, como siempre, debía de ser yo, no ella. 

Con su mirada, noche tras noche, cuando llegaba a casa dando tumbos y ella aún estaba despierta, me soltaba la verdad a la cara sin utilizar palabra alguna: tienes un problema con el alcohol, y sólo tú puedes diagnosticártelo; reconócelo. Ya no hablábamos en el sofá, las únicas palabras que a veces me dedicaba eran: “tienes algo de cena, por si hoy quieres comer algo”, y yo iba a la nevera con la furia de la verdad revolviéndome el estómago, miraba las sobras en el plato y pensaba: “no soy un puto perro”, y abría otra cerveza.

 

***

 

Internet es uno de los no-lugares más vastos y con mayor población que existe en la era actual. Ningún sociólogo, psicólogo o psiquiatra, hubiera sido capaz de predecir tal cosa. La red posee el historial patológico más amplio del planeta. Hay personas con varias identidades, empresas que representan a personas y personas que representan a empresas, incluso existe la no-persona más pura de todas: el bot. Un bot es un programa informático que simula ser un usuario en las redes sociales y que realiza tareas repetitivas y programadas bajo la apariencia de un perfil social como otro cualquiera. El nombre viene de la abreviatura de robot.

Una mañana en la que estaba pasando la resaca en el sofá, sudado, inflado y con el estómago escocido, me llamó Richard. “Pásate por la redacción, queremos comentarte un par de cosas”. Vomité en el lavabo, me di una ducha y salí a la calle protegido por unas gafas de sol porque las nubes irradiaban un blanco insoportable.

En la redacción, Richard me volvió a presentar a Juanjo, era el chico de gafas y camisa de cuadros que me dijo si quería un café el día de mi entrevista. Llevaba las mismas gafas, la misma camisa y apostaría que hasta los mismos pantalones que aquel día, lo único que había cambiado en él era la forma en que me miraba. Me saludó efusivamente y se mostró encantado de conocerme. Fue una escena estúpida y ridícula.

“Hemos pensado que te vendría bien una master class en internet y un equipo nuevo para poder trabajar desde casa, ¿verdad Juanjo?”, dijo Richard.

“Acompáñame, Nacho”, añadió Juanjo. Muchos meses después, volvió a parecerme una invitación a un baile, y yo bailé.

La verdad, quedé muy sorprendido. Me habían comprado un ordenador portátil de la marca Apple y un teléfono móvil de última generación.

“Para ti”, susurró Richard a mis espaldas como nunca lo hizo mi padre un día de Navidad. Estábamos en un despacho privado desde donde se podía ver, a través de las cortinas, la actividad de todos los demás. “Esta será tu mesa cuando quieras trabajar aquí y este será tu equipo a partir de ahora, para trabajar desde donde quieras”, añadió.

Juanjo me explicó cómo acceder a mi sección dentro de la web para subir los relatos yo mismo y cómo responder a los cientos de comentarios de los lectores que se agolpaban como legiones de hormigas bajo el punto y final de cada historia. O lo que es lo mismo, trasladarme una cantidad ingente de trabajo sin cobrar más por ello.

Un nudo fabricado con mis propias vísceras se apretó con fuerza en mi centro de gravedad. “¿Pero todo esto son gente de verdad?”, pregunté, y rieron a la par. Después me educaron en la importancia de los números y en cómo esos números, tarde o temprano, se convertían en dinero para la empresa. Dos iconos a partir de entonces se convirtieron en una obsesión para mí: un ojo que mostraba el número de lecturas de un relato y una mano con el pulgar hacia arriba que indicaba las veces que alguien había dicho que le gustaba. Es curioso el poder que tienen los números, en cuanto aparecen otorgan su propio valor a las letras, como si éstas no lo tuvieran antes. Los números jerarquizan, destruyen el talento homologando el trabajo y apropiándose de la vocación; transforman algo singular en cualquier cosa. Por su culpa me convertí en un vulgar comercial y terminé por olvidar completamente el proyecto que en su día me sacó de casa con la ilusión de hacer algo importante: escribir un libro sobre la soledad del individuo moderno.

 

***

 

ALGUNAS REFLEXIONES PARA EL LIBRO QUE NO DEBO DEJAR DE LADO.

La sociedad de nuestros abuelos era inequívocamente unidireccional. Todo estaba enfocado a la familia, el trabajo, el cuidado de los hijos. Trabajar, formar una familia y sacrificarte por los tuyos. Todo encaminado hacia el otro. La individualidad era una rareza, casi una patología. Hoy en día son de sobra conocidas todas las consecuencias negativas que durante años acarreó el arquetipo ideal de familia que sostuvieron nuestros abuelos. Matrimonios que, en silencio, soportaban un sinfín de penas, desgracias y malos tratos que aunque ahora y por desgracia siguen existiendo, afortunadamente cuentan con el rechazo social de la amplia mayoría de la sociedad.

La sociedad que les tocó vivir a nuestros padres, heredera directa de la que antes he descrito, en cierto modo continuó siendo así, aunque se comenzaron a ver ciertos cambios a nivel general que, aunque importantes, no dejaron de ser anecdóticos en lo estructural. Mayo del 68 elevó la juventud y la libertad a nivel casi mundial y todo parecía que podía cambiar. Muchos de esos jóvenes se rebelaron contra los valores tradicionales y aunque posteriormente todo se desvaneció, quedó sembrada la semilla para las siguientes generaciones.

Nosotros, los hijos blandos de la democracia, nacidos en libertad, nos educamos bajo el lema ígnoto para nuestros abuelos y padres del “puedes ser lo que tú quieras”.

LO QUE TÚ QUIERAS. TÚ ERES ÚNICO.

La ascensión de la individualidad, el culto y cuidado de UNO MISMO está más que asumido y aceptado, es más, diría que incluso respaldado por el sistema hoy en día.

La individualidad es positiva cuando implica empoderamiento, desarrollo personal y consecución de objetivos. Para ello, debe existir una correcta gestión de la intimidad y una aceptación de la soledad como parte integral de la vida y no como algo de lo que hay que huir.

Cuando hablo de gestión de la intimidad hablo de introspección, de la infinidad de momentos que pasamos solos, de llegar a casa un lunes después del trabajo y saber qué hacer y cómo comportarse si sientes que te falta alguien. Saber que estar solo también es una opción, que no es una tara. De poder viajar, comer o tomarse algo en un bar solo, uno, consigo mismo. Si no dominas bien todo esto, si no te llevas bien contigo mismo, necesitas estar continuamente acompañado de alguien. Si no sabes estar contigo mismo, tendrás dificultades para estar con los demás. Si no sabes relacionarte, preferirás la compañía de un animal que no hace preguntas y sobre el cual podrás volcar toda esa frustración que llevas dentro en forma de amor desmesurado.

Si a las mascotas se les está otorgando los mismos derechos incluso más que a los seres humanos es porque el individuo se siente tan sólo y tan frustrado al no poder compartir su  vida con otro ser humano que vuelca sobre el animal sentimientos equívocos. Un perro tiene derecho a ser un perro y vive feliz siendo un perro. Por mucha compañía que te haga no entiende tu soledad y si crees que sí lo hace, eres tú el que a base de gestionar mal tú intimidad has adquirido tanto miedo a la soledad que construyes un parapeto que te aísla de la realidad. 

No es cuestión de sensibilidad ni de empatía, tampoco de comprensión. Respeto a los animales, comprendo, comparto y empatizo a la perfección con el amor que genera en el alma humana un perro, un gato, un caballo, un pájaro y una ballena. Con lo que no comulgo es con el parapeto eufemístico perfectamente integrado en el imaginario social y no digamos ya en el comercial, de que un perro es como un hijo o igual que un repartidor de Seur.

Dentro de dos o tres generaciones y al igual que ya ha sucedido tras la fractura del modelo de familia tradicional, las consecuencias más amargas de la individualidad como nueva forma de ver la vida y la familia, comenzarán a brotar en la superficie de la sociedad; aún se está gestando el fruto.    

   

Nota escrita un año después:

¿En quién te has convertido? Me das asco. Procura no olvidar la promesa que te hiciste de no dejar de lado este proyecto o pagarás las consecuencias. Te hablo yo, Nacho, de yo a yo, tras quince cañas y seis chupitos de güisqui malo.

 

***

 

Después de ese día mi relación con Richard se volvió aún más estrecha. Todo el mundo tiene un precio, y es triste comprobar en tus propias carnes, aunque sea a toro pasado, que es verdad. Un teléfono móvil, un ordenador portátil y el intangible que suponían decenas de miles de lectores virtuales: ese fue el mío. Tiempo más tarde me podría haber vendido por un bar abierto a la una de la mañana de un martes cuya camarera no me pusiese mala cara.

Por el contrario, mi relación con Lorena se fue enfriando progresivamente hasta que desapareció. Dejó de preocuparse por mí, por mi ritmo de vida, por lo mucho que bebía y lo poco que comía, dándome por imposible, y yo, en mi tozuda carrera por destruirme a mí mismo, sentí alivio. Lorena tenía a su hija, la persona más importante en su vida y estoy seguro de que no le hacía ninguna gracia que un borracho conviviese con ella en su propia casa.

A mí todo eso me daba igual porque mi relación con Richard y la de los dos con la bebida estaba en su mejor momento. Mi cuerpo se había acostumbrado a la ingesta masiva de alcohol; ya no tenía resacas y podía beber mucho más sin parecer borracho. Quedaba con Richard sobre las siete de la tarde y seguíamos la ley del vaso siempre lleno, la cual no tenía nada que ver con el optimismo. En la ruta de los bares que frecuentábamos ya nos conocían y sabían lo que queríamos, un vaso sidrero hasta arriba de cerveza y sin fondo. No teníamos que pedir la siguiente, ni siquiera la primera; nada más entrar nos daban lo que queríamos. Rechazábamos los frutos secos o las aceitunas porque las considerábamos una cortesía hacía los débiles, eructábamos inundando de halitosis alcohólica todo a nuestro alrededor e incluso sufríamos pequeñas arcadas que nos hacían vomitar espuma blanca y fría, pero seguíamos bebiendo, compartiendo largos silencios combinados con repetitivas y patéticas conversaciones. 

Tras casi una hora callados en el que sólo nos unía la sed y la necesidad de callar a la bestia, una noche Richard me confesó que tenía una obsesión por una chica de Instagram. Comenzó a soltarlo lentamente, como alguien que está muy cansado y se va quitando prendas que le pesan como el plomo, hasta que se quedó en pañales. Era una chica cualquiera que al igual que otras miles, subía fotos ligera de ropa y viajaba mucho. Una chica que recientemente había conocido al amor de su vida y lo pregonaba a los cuatro vientos en la red social, cosa que a Richard le sacaba de quicio. Una enfermiza obsesión como otra cualquiera. Yo le correspondí relatando con auto compasión y desdicha mi infancia carente de afecto gestada en un gélido núcleo familiar. Padre ausente, madre preocupada por todo menos por su hijo.

Continué con mi adolescencia y juventud: timidez, ansiedad social, necesidad de aprobación, etc. También le puse al tanto, a pesar de que se trataba de una empleada suya que además tenía una hija a la que mantener, de la situación por la que atravesaba mi relación con Lorena como compañeros de piso. Él, como era de esperar, compartía la visión de que ella estaba en mi contra por envidia y la hermandad de alcohólicos se selló cuando me ofreció, con la vehemencia propia del borracho que exalta hasta la grandeza de una mota de polvo, la posibilidad de instalarme en un apartamento de su propiedad que se hallaba vacío.

“No sé qué haría sin ti. Menos mal que te tengo. Somos como Fitzerald y Hemingway en el puto París de mediados de los veinte”, dije sintiéndolo de verdad.

Abrazo difícil.

Era el momento de dar el paso, debía igualar todos los niveles. Del mismo modo que en su momento decidí que no podía seguir en la pensión y trabajando en el bar si quería seguir ascendiendo en mi nueva vida, ahora tenía la oportunidad de escalar un peldaño más. Un apartamento para mí solo. Mi propia casa. Mi trabajo como junta letras. Mi independencia total. Económicamente me lo podía permitir y además, el casero iba a ser, nada más y nada menos, que mi mejor y único amigo.

Mi cobardía de borracho depresivo y egoísta me puso en un brete a la hora de comunicarle a Lorena la decisión de mudarme. Al igual que todo adicto, buscaba la vía fácil, la absurda, la que con toda seguridad sacaría de quicio a cualquier persona sana. Una vez leí, no sé en qué páginas, no recuerdo al autor, que la personalidad de la mayoría de los alcohólicos es una mezcla indefensa de fraude y honestidad. Por eso aquella noche actué con sobriedad, incluso mastiqué chicle de menta extra fuerte como si con eso eliminara todo el rastro que el alcohol había dejado sobre mi cuerpo; por eso aquella noche me comporté como al principio, cuando era un recién llegado obsesionado por agradar a los demás y lo hice de corazón; quería que la despedida dejase en su casa la huella de aquel que fui, pero llegó tarde y mal.

Avril, como tantas otras noches de aquellas, estaba sentada en el sofá viendo la tele. Puede que estuviera de vacaciones, creo que eran carnavales o quizá Semana Santa o… ¿tal vez había vuelto a llegar el verano? No lo recuerdo bien, las fechas son volubles al alcohol. Fui a la cocina a por algo de chocolate, pero no había. Encontré unas galletas en la despensa. Me senté junto a ella, le ofrecí una y la aceptó a regañadientes; no se la comió, la apartó en el reposabrazos.

“Mi mamá tiene razón, has cambiado, ya no eres el de antes”.

Hasta una niña de siete años se había dado cuenta. ¿Cuántos años tenía yo? Lorena trabajaba con la mirada fija en la pantalla del ordenador y aunque tenía los cascos puestos intuyó mi estrategia, ya que al de poco se los quitó y se sentó con nosotros.

“¿Qué pasa, Nacho?”

Ahora, mientras rememoro aquella tarde, no sólo se me cae la cara de vergüenza sino que también se me parte el alma, pero en aquel momento mi único objetivo era salir airado de la situación. No fue difícil, en cuanto comencé con la cantinela condescendiente de que podía esperar unas semanas hasta que ella encontrase otra persona con la que compartir piso, Lorena me interrumpió saltando como un resorte.

“Vete, Nacho, no te preocupes por mí”.

Y así fue como ascendí un peldaño más, pero en el camino para convertirme en una no-persona. Creía que había conseguido independencia cuando lo único que estaba acumulando, y con creces, era esclavitud.

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