Arantza tiene un resquemor. Ha dormido mal y un tono negativo del que no consigue desprenderse vela su mirar; es como una piedra en el zapato, pero dentro de su pecho. Cierto nerviosismo mantiene alerta sus sentidos, como si hoy fuese a suceder algo malo. Ha estado madurando durante toda la noche una decisión que tomó ayer tras estar con Fede e Imanol: quiere ser enfermera. El problema es que no sabe cómo comunicárselo a sus padres e intuye que aunque bien, se van a sentir algo defraudados, ya que en cierto modo eso supone renunciar por tiempo indefinido a continuar con el legado familiar de la farmacia. Si a eso le sumamos la preocupación y la profunda pena que siente por el cambio a peor que ha dado su querido amigo en los últimos días, nos da como resultado una chica con cara larga que aún no ha untado ni una Marbú Dorada en mantequilla para mojarla en el tazón tibio de café con leche. La abuela, aunque no lo parezca porque anda de acá para allá por la cocina, sabe que a su nieta le pasa algo.

“¿Qué le pasa a muñequita?”, pregunta mirando por la ventana de la cocina mientras friega las tazas y los restos del desayuno de sus padres, que ya llevan una hora en la farmacia. Su robusto y enlutado cuerpo obstruye la luz inocente de un sábado por la mañana. Ojalá sean solo chicos, piensa la anciana, pero esa cara es de algo más.

Arantza ni si quiera ha oído las palabras de su abuela, su mente sigue aún en aquella casa, con “la gente”, como decían. “Fede, ¿pero qué estás haciendo?”. Se sorprende al percibir, incluso, cierto reparo a volver hablar con él, como si de pronto y sin su permiso, se hubiera construido un muro entre los dos.

“Niña”, Arantza se asusta ante la irrupción de la voluptuosidad de su abuela en su campo de visión, tanto que derrama un poco de café, ya frío, sobre el mantel de hule. “¿Qué te pasa?”.

Arantza aprovecha ese momento de intimidad para desfogarse con cierta mesura porque no quiere preocupar en excesivo a su abuela, así que sobrevuela por encima del relato de ayer por la noche, resumiendo en que está preocupada por su amigo y por la gente con la que se está juntando últimamente. Sin embargo, describe con ahínco la vocación que acaba de descubrir y, con la ilusión moldeando su propia manera de hablar, de repente mucho más madura, confiesa sus deseos de convertirse en enfermera. El pétreo rostro de mujer forjada en la posguerra se enternece al escuchar, de boca de su nieta, que no sólo quiere seguir los pasos de su hija, sino que, además, manifiesta interés en mejorarlos.

“¿Pero cómo vas a defraudar a tus padres al decirles que quieres estudiar una carrera que te permita ayudar a los más necesitados?”. La abuela vuelca el café con leche sobre un cazo y prende el fogón mientras inicia, por enésima vez, la archiconocida historia de cómo su madre fundó el primer y único puesto de primeros auxilios de la barriada de chabolas donde vivían antes de que ella naciese. Arantza escucha con atención, notando como poco a poco el nudo del estómago se va aflojando dulcemente.

“Yo te allano el terreno, todavía no les digas nada, tú estudia, esfuérzate en ser la mejor de la clase y estáte tranquila, todo irá bien”.

“Gracias amama, siempre me sienta bien hablar contigo, es diferente”.

“Anda, tómate el café y deja de mirar a las musarañas, que tus padres te estarán esperando y yo no te lo voy a calentar dos veces”. 

Es curioso como puede llegar a cambiar la percepción de las cosas un simple estado de ánimo, después de hablar con su abuela, Arantza disfruta de una mañana completamente diferente.

De camino a la farmacia, pisa el pavimento con convicción: voy a ser enfermera. Voy a luchar por labrarme un futuro, porque sí que lo hay, las pintadas de las paredes no tienen razón, sólo tienes que construírtelo; desde luego, tirado en el suelo no va a venir en tu búsqueda. Un nuevo horizonte de posibilidades se abre ante ella, hasta que la realidad, en pocos segundos, hace que tiemble el suelo bajo sus pies. Antes de abrir la puerta algo en la mirada de su madre, tras el mostrador, hace que se vuelva a activar la alarma de hace unos minutos, esa que, precisamente, le advertía que algo malo iba a ocurrir. Demasiado tarde, ya está dentro y el atracador la tiene por la cuello. Algo frío roza su piel, olor a tabaco negro, alcohol y días de intemperie se le cuelan por su asustada nariz. Todo ocurre deprisa, sin heridos, pero con pérdidas económicas y un susto muy grande. Su padre comete el error de salir de la trastienda en defensa de su familia y al atracador se le ocurre que quizá haya algo más de valor ahí detrás que complemente todo lo que había en la caja registradora. Y vaya que sí había, los beneficios de todo un trimestre, ordenados y clasificados para llevarlos al banco. Un trimestre rico en gripes, gastroenteritis y demás achaques típicos del invierno.

A la hora de la comida, caras largas, disgusto reflejado en el rictus, la madre de Arantza deja caer que, hasta que se recuperen, ella va a tener que colaborar más de lo habitual en la farmacia, y que se van a tener que apretar el cinturón aún más si cabe, de aquí hasta que pase el verano y vuelva otra vez el frío porque vete tú a saber si salimos de esta. La nieta, con tristeza, mira fugazmente a la abuela, y ésta, con un gesto mínimo pero perceptible, reitera: tú estáte tranquila.

 

II

 

Después del incidente que sufrieron aquel día en la farmacia, sus padres aflojaron un poco la cuerda que la mantenía atada al legado familiar. Poner a su hija en peligro es lo último que unos padres quieren, y la verdad es que últimamente el barrio, según qué zona y dependiendo de a qué hora, se estaba volviendo un tanto peligroso. No había semana en la que no te enterases de alguna mala noticia. El pasado sábado, a plena luz del día, a la mujer de Herminio le robaron el bolso a punta de navaja en el portal de su casa cuando regresaba de misa. “Maldita manía la suya esa de pararse a rebuscar las llaves en el bolso frente a la puerta en lugar de llevarlas ya en la mano antes de doblar la esquina, cuántas veces se lo habré dicho”, comentó la abuela de Arantza.

Una vez digerida, la cuestión del atraco puede que tuviera algo que ver con la libertad que dispuso Arantza los meses posteriores, pero la razón de más peso fue que su abuela reunió a su hija y a su yerno y con la autoridad que le otorga su presencia de matriarca tradicional, les dijo: “la niña quiere estudiar, quiere ser enfermera, el otro día me lo dijo con la ilusión reflejada en sus ojos, y creo que si le dejamos hacer, puede llegar a ser la mejor del país. Desde luego que con mi apoyo cuenta”. Con el orgullo de padres anudándose en su garganta, ellos apoyaron la moción, y desde entonces, con la sutileza muda y tácita de aquellos tiempos, a Arantza le dejaron hacer y ella hizo caso a su abuela: se centró en estudiar y en ser la mejor de la clase, cosa que le costó mucho y que la mantuvo recluida prácticamente todo el invierno, la primavera y parte del inicio del verano de 1980. Fruto de sus esfuerzos, consiguió entrar en la universidad superando con creces la nota de corte y formó parte de la segunda promoción de diplomados en enfermería por la UPV.

Una noche de sábado en la que Arantza estaba encerrada en su cuarto estudiando para los exámenes de la tercera evaluación de COU, su madre tocó la puerta. Le traía un vaso de leche manchada con café soluble y cuatro galletas. Se sentó al borde de la cama y la contempló unos segundos como el que escudriña una obra de arte abstracto.

“Con tanto libro te tiene que dar vueltas la cabeza”, le dijo.

“Me tengo que esforzar al máximo este último curso”, respondió ella con una fatigada sonrisa.

“¿Ya no quedas con Fede?”.

“Hace tiempo que no le veo, ya ni se pasa por el instituto”.

“Mejor, menos distracciones”. Titubeó, miró hacia los lados, quería decir algo, sopesó sus palabras. “No permitas que nada ni nadie se imponga en el camino hacia tus sueños, parece que ahora los tiempos están cambiando, que una mujer no necesita de un hombre ni de una familia para sentirse realizada, que puede hacer algo más que eso. Tu padre y tú sois lo mejor que me ha pasado en la vida, he tenido suerte, y no puedo estar más orgullosa de ti ahora que compruebo que tú puedes mejorar, subir un peldaño más. Sigue así, estudia, consigue un buen trabajo, y aunque compartas tu vida con un hombre, nunca tendrás que depender de él”.

Arantza no supo qué responder. Su madre tampoco esperaba que dijera algo. Tras un beso en la mejilla y una carantoña en el cuello, se levantó y ya en la puerta, añadió.

“Amama ha hecho ensaladilla rusa y filetes empanados para un regimiento, mañana, aprovechando que hará buen tiempo, subiremos a Artxanda a pasar el día, así te da el aire un poco, ¿te apetece?

“Claro”.

“Que descanses, hija, te quiero mucho.

“Yo también ama, y gracias”.

Para cuando entró su madre Arantza llevaba casi una hora plantada delante de los libros sin leer una línea que no bailase o se juntase con otra, sin asimilar un solo concepto que no terminase en Fede. A mediados del curso pasado dejó de asistir a las clases definitivamente pero, y esto era un misterio, se las arreglaba de alguna manera para dejar notitas a Arantza bien en su pupitre, bien en su taquilla. Estaba convencida de que la letra efe seguida de un corazón y lo que parecía una “a” inacabada era también obra suya. Si no, ¿por qué aquella muestra de amor interrumpida iba a estar tallada sobre la madera de la barandilla del segundo piso en el punto exacto donde se dieron su primer beso, fugaz y robado, antes de la clase de religión aquel viernes del invierno pasado?

El problema es que cada vez que quedan Arantza vuelve a casa con una extraña sensación. No es decepción, tampoco insatisfacción, aunque si tuviera que ser sincera, sí que se queda con ganas de más. Con ganas de que lo que acaba de suceder hubiera sido una cita normal, con ganas de que el rato que han pasado juntos fuese sólo de ellos y no de un montón de gente más. No se considera una chica tradicional y si le preguntasen, diría que le gustan las aventuras, pero quedar con el chico que te gusta en una manifestación que acaba en graves disturbios y tener que salir corriendo entre gritos, golpes, sonido de disparos, humo de barricadas y sirenas de policía, no es la mejor despedida. Fede dice cosas como “para qué estar en las aulas cuando lo importante está sucediendo en las calles”. Cuando Arantza le deja caer el tema de hacia dónde va la relación Fede contesta cosas como “hacia nosotros, en un mundo mejor”. A ella, en cierto modo, le atrae la parte apasionada de su carácter, pero en el fondo le gustaría pasar más tiempo con él, a solas, dar un paseo e ir al cine, cosas de parejas normales.

Hace un par de meses volvió a aquella casa de la calle Esperanza porque el grupo de Fede daba un concierto e iba a estar “toda la gente”. Arantza fue por él, pero Fede estaba allí para todos menos para ella, o al menos esa fue la sensación que le dio. Las consignas nihilistas y desesperanzadas habían sido sustituidas por agresivas y politizadas pancartas que llamaban a la lucha callejera y a la ocupación. Se sintió sola entre una multitud que la ignoraba. También se puso celosa por cómo le miraban las chicas y acabó por enfadarse consigo misma.

La última vez que le vio fue la semana pasada, en el barrio. Estaba él solo, parecía nervioso, miraba hacia los lados y tenía aspecto de cansado, como de no haber pasado por casa en varios días. Eran las seis de la tarde de un martes soleado y a Fede parecía molestarle todo, sobre todo la luz y los coches que pasaban. Asustadizo, cruzó cuatro palabras con Arantza y se disculpó porque tenía prisa, tenía que ir a un sitio a hacer una cosa.

Cada vez que estaba con él los días posteriores los pasaba como si estuviera enferma de gripe, triste, recogida, con la cabeza embotada, preocupada y silenciosa. Así que las palabras de su madre aquel sábado en su habitación le dieron que pensar. Al de poco, cerró los libros y optó por descansar, ya que tenía que cuidar la mente para los exámenes finales y decidió, poco antes de quedarse dormida, que iba a apartar a Fede de su vida para centrarse en ella misma y lo que quería ser: enfermera. Se pasó toda la noche soñando que perdía cosas que le importaban mucho y, cuando estaba a punto de encontrarlas, olvidaba lo que eran. 

Deja un comentario