Recuerdo especialmente el día de mi octavo cumpleaños. En el colegio era tradición que el día de tu cumpleaños llevases bolsas de chuches para todos tus compañeros. Una tienda de golosinas frente a la puerta de salida se encargaba de prepararlas.

“Eso son mecanismos de integración que refuerzan el borreguismo entre los compañeros, Nacho, tú no necesitas eso”, dijo mi madre. Mi padre sacudió la cabeza sin restar atención a la carretera, íbamos camino del colegio. Estaba serio, enfadado por algo.

Cuando llegamos dejó el coche en doble fila, mi madre se quedó dentro y él me acompañó a la puerta. Antes de despedirse, me dio un billete de dos mil pesetas.

“Por lo menos invita a algún amigo a algo”, me dijo. “A la salida vendremos a buscarte e iremos a cenar por ahí, luego a la ópera”, añadió.

No supe que hacer con tanto dinero. En el recreo me acerqué a una niña que me gustaba y tras enseñarle el billete, le dije que si quería venir a cenar conmigo luego. La niña se lo dijo a sus padres y los profesores llamaron a los míos y yo no entendí qué había hecho mal.

Por la tarde, esperé a mis padres en la salida; se retrasaron diez minutos. Llegó mi padre en coche y me hizo una señal desde el otro lado de la carretera, crucé corriendo por donde no había semáforo y sentí una rara excitación. Mi padre no me regañó.

“Ama está en correos, vamos a buscarla”.

Fuimos a cenar y luego a la ópera; me gustó lo que vi.

Los dos estaban serios, hablaban todo el rato de trabajo y creo que el motivo del enfado de mi padre era que mi madre últimamente iba mucho a correos.

Me regalaron “Farenheit 451”, de Ray Bradbury.

Una semana después, mis padres alquilaron en el videoclub Batman, la de Tim Burton con Michael Keaton como protagonista. La escena inicial en la que los padres de Bruce Wayne son asesinados en un callejón a la salida de la ópera me dejó marcado.     

 

***

 

La casa de Lorena era un lugar antropológico de manual. El color de las paredes, la disposición de los muebles o los pequeños salpicones de desorden que adornaban el salón, parecían susurrar: “quédate el tiempo que quieras, aquí no existe la prisa”. Nada más entrar en la cocina se respiraba vida. En el centro neurálgico de reunión diario en forma de mesa redonda cubierta por un mantel morado, casi se podía percibir la trayectoria de un hogar. Estaba a cinco minutos a pie del bar y, por encima de todo eso, me sedujo un detalle: una amplia terraza que por las mañanas, mientras Lorena trabajaba y Avril estaba en el colegio, podía ser el lugar perfecto para inspirarme.

¿Encajaría mi ADN social en una huella tan definida? Lo que estaba claro era que no podía dejar pasar tal oportunidad. 

Cuando regresaba por la noche, a eso de las 23:30, ella ya había acostado a la niña y estaba viendo la televisión o trabajando en el ordenador del salón, un Mac de pantalla enorme y ultrafina. Me impuse la norma de despertarme temprano y desayunar con ellas. Es más, me levantaba media hora antes y lo preparaba todo para sofocar las prisas mañaneras de una madre soltera que tenía que conciliar sus propios horarios con los de un autobús escolar que no esperaba a las alumnas más perezosas. Por un lado, mi parte católica y servicial quería colaborar al máximo como forma de agradecimiento y por otro, mi cerebro segregaba endorfinas al observar prisas a mi alrededor cuando yo no tenía ninguna; así de sencillo. Lloros, gimoteos, dolores de tripa fingidos y un sinfín de maneras de retrasar a su madre y estirar el tiempo para no ir al colegio, eran los temas principales de una banda sonora que me envolvía mientras yo preparaba el café, hacía tostadas o recogía los restos de la cena de la noche anterior.

Era algo que hacía agradado y que en el fondo, aunque fuese producto de mi imaginación, me hacía sentir parte de una familia. Entretenía a Avril mientras Lorena se preparaba, después desayunábamos bromeando acerca de lo buen marido que era y comentábamos alguna noticia del día. Luego ellas se despedían con un beso en la mejilla y yo me quedaba en casa. Me daba una ducha y, si el tiempo acompañaba, salía a la terraza a escribir. La reconstrucción tras el huracán que aquel fatídico mes de septiembre barrió el ecosistema que tanto me había costado crear tras cinco años de universidad, estaba dando sus primeros pasos. En tan sólo medio año, parecía que la vida volvía a la normalidad en el pequeño pueblo de “Nacho”. Mi ansiedad no se disipó sino que más bien se transformó en una energía que irrumpió de lleno en el proceso creativo. 

En aquella época mis ideas apenas formaban un precario embrión, aún no tenía claro cuál era mi estilo y aunque la inercia me empujaba hacia el ensayo, siempre que me ponía a reflexionar sobre el libro pensaba en personajes, situaciones o hechos que narrar; en definitiva, en una historia.

Además de reflexiones propias, anotaba en la libreta frases de otros escritores que, repasándolas ahora, adquieren casi un tinte premonitorio.

“Hay que estar siempre borracho. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo hay que emborracharse sin tregua. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero emborrachaos”. Charles Baudelaire.

“Era uno de esos domingos de mediados de verano en los que todo el mundo está sentado en algún lugar diciendo: anoche bebí demasiado”. John Cheever. El nadador.

“Escribe borracho, corrige sobrio”. Ernest Hemingway.

Mi tortuosa relación con el alcohol se abría paso, a hurtadillas, en el proceso creativo. A día de hoy soy incapaz de explicar la razón por la que en cada página, se colaba una cita de algún escritor que hubiera sido azotado por la botella en algún momento de su vida. Cheever, Carver, Hemingway o Bukowski hablaban de más cosas en sus textos, pero yo escogía siempre la frase que mostraba la herida abierta, y no entiendo por qué.

En la adolescencia, cuando me veía rodeado de un ambiente festivo en el que el abuso del alcohol y otras sustancias saltaban a la vista me ponía nerviosísimo, y si alguna vez lo probé, no dejé de recriminarme, minuto tras minuto, que estaba haciendo algo malo. La gente borracha me aterrorizaba. Más que como una opción de evasión, el alcohol, como concepto que forma parte de lo social, se convirtió para mí en una obsesión, en algo que me sometía incluso antes de caer en sus garras.

Una mañana en la que bajé a hacer unos recados me topé con una oferta que llamó mi atención: en la tienda de artículos de segunda mano de la acera de enfrente, vendían un pequeño ordenador portátil por doscientos euros. Me lo compré; no necesitaba más que un procesador de textos. Fue una buena inversión; era como un papel infinito.

Lo primero que hice fue transcribir las notas de la libreta a un documento de Word. Las ordené, modifiqué y pasé por alto algunas. Verlas todas agrupadas y depuradas al estilo de una lista de la compra me ayudó a adquirir cierta perspectiva y comprobé que una línea transversal cortaba todas las frases: la soledad de alguien que observa el mundo desde una torre, el guardián del panóptico, un sociólogo; yo.

El panóptico es un tipo de estructura carcelaria que se inventó en el siglo XVIII. En el centro de una construcción circular, un guardián situado en una torre con visión periférica vigila a todos los presos, pero éstos, al mismo tiempo, no saben si están siendo vigilados, puesto que desde la perspectiva que tiene su celda, no pueden ver al guardián. De este modo, el ejercicio del poder, la autoridad y la represión, están presentes las veinticuatro horas del día sin necesidad de que éstos estén activos todo el tiempo. Desde el punto de vista sociológico y filosófico, el panóptico se ha convertido en paradigma de la vigilancia para muchos autores. Existen muchas cárceles basadas en esa estructura. Después de textos como 1984 de Orwell, el concepto se aplica de manera más abstracta para hacer referencia a la constante vigilancia a la que estamos sometidos los ciudadanos hoy en día.

El ego de escritor y la visión centrista del sociólogo habían parido un monstruo ególatra y hambriento que, por lo visto, no era prisionero sino guardián y que había nacido para vigilar y castigar, no para someterse y obedecer. Una leve silueta de humo trazada a gritos sordos a la espera de solidificarse. ¡Había un personaje escondido entre líneas! Sentí vértigo.

Cuando estaba en el bar no dejaba de pensar en el personaje y en cómo darle volumen. Trabajaba con el piloto automático, absorto en mis pensamientos. Por las mañanas, me sentaba en la terraza y observaba la ciudad desde arriba, desde mi torre. Mis prisioneros, allá abajo, continuaban con sus vidas ajenos a mi vigilancia. Aparcaban el coche, iban a por el pan o llevaban a sus hijos al colegio. Llegué a la conclusión de que cada uno de ellos contenía información cifrada, un significado que yo debía descubrir, pero no lo conseguía.

A diario me enfrentaba con mi propia imaginación y salía agotado de una frustrante batalla, puesto que la creación se ocultaba detrás de un cristal translúcido como el de los despachos de policía en las películas de los años noventa, solo que en lugar de “Sheriff” estaba impresa la palabra “trama”, y al otro lado, un montón de sombras en movimiento. Sufrí un proceso de mitosis en el que me dividí longitudinalmente en dos cromosomas: mi cuerpo y la observación.

Las notas lo decían claro: había un cerebro pensante, una trayectoria mental, un alma. El libro podía estructurarse entorno a la forma de ver el mundo de ese personaje, ahora bien, había un problema, y muy gordo: el protagonista se parecía demasiado a mí. Volcarse en el diseño de un personaje literario construido a tu imagen y semejanza puede ser peligroso. En los momentos de mayor estrés proyectaba la frustración hacia una fantasía paranoide en la que me pensaba como un individuo sin identidad, plano. El trabajo en el bar me quemaba, tendía a identificarlo con mi antiguo yo, ese chico romántico, soñador y carente de afecto que salió de casa a probar suerte; ese chico que vivía en una pensión de mala muerte, estaba enamorado de su jefa y escribía frases en una libreta. Yo ya no era ese, había encontrado un lugar donde vivir, estaba construyendo un personaje y disponía de un papel infinito.

Si quería evolucionar, no tenía más remedio que situar todas las capas de mi vida en el mismo nivel. Necesitaba otro trabajo y centrarme en ser escritor, un escritor de verdad.

En ese momento no era consciente, pero la sed de éxito ya había comenzado a secuestrar mi alma. Ninguna presión llega a un nivel tan alto como a la que uno mismo se somete. Pronto mi cerebro perdería su libertad y, aturdido por el alcohol, vagaría por la vida sin distinguir confabulación de realidad.

Uno de los muchos efectos que tiene sobre el cerebro el abuso prolongado del alcohol es la disminución de la capacidad de comprensión y un gobierno de la confusión para con los aspectos más elementales de la vida. La Plegaria de la Serenidad, mantra del programa de Alcohólicos Anónimos, lo deja bien claro: “Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; coraje para cambiar las que puedo cambiar; y sabiduría para ver la diferencia”

  Desde que comencé a vivir con Lorena una corriente de aire enfrió mi relación con Elvira y a ella, le costó digerir la distancia que se había colado entre nosotros. De vez en cuando me preguntaba si estaba escribiendo algo, tal vez con la esperanza de que mi absorta actitud tuviese que ver con el hecho de estar sumido en el proceso creativo y no por su culpa, pero yo la rehuía con monosílabos y seguía trabajando. ¿Qué curiosa es la mente humana, verdad? Al pensarnos únicos, en momentos confusos tendemos a interpretar que todo tiene que ver con nosotros.

Los días en el bar cada vez se hacían más pesados. Una noche llegué a casa tras un largo y aburrido turno en el que un ejército de ancianas cafeinómanas me había machacado los tímpanos. Tenía la mente espesa y la pesada carga de la sombra de Elvira oprimiéndome los hombros. Por el camino me compré un kebap con la única intención de comérmelo anónimamente en la cocina. Ese solitario acto constituía para mí, en aquel momento, una aspiración global, una meta a alcanzar: me bajo del mundo para estar a solas con mi cena.

Desgraciadamente, mi remanso de paz quedó truncado por los gritos que llegaban desde el salón; un rebaño de paletos que Tele 5 había decidido convertir en personajes públicos de interés y a los que Lorena, desde el salón, les daba cancha a todo volumen. Aquella noche tenía la piel muy fina, sudaba cansancio y cada mordisco añadía a mi ánimo una étnica porción de tristeza. Regresé al salón enfadado, empachado de carne de cordero y dispuesto a saludar brevemente a Lorena para encerrarme en mi habitación y que la mañana del día siguiente llegase cuanto antes, pero ella me interceptó, apagó el televisor y se echó a un lado, dejándome un sitio en el sofá. Me gustaban los momentos que compartíamos al final del día y a pesar de que aquella noche no estaba para nadie, nada más sentarme junto a ella mi estado de ánimo se volvió esponjoso.

“¿Sabes lo que me ha preguntado hoy Avril?”, dijo sin apartar la vista de la pantalla de televisión. “Íbamos dando un paseo de vuelta a casa, acababa de recogerla del autobús y delante, a pocos metros, caminaba una pareja joven. Un chico y una chica. Yo notaba que Avril veía algo en ellos que le llamaba la atención porque de lo contrario, iría hablando sin parar, contándome cosas del colegio y de sus compañeros, como siempre. Una madre nota esas cosas, no me hace falta ni mirarla. Se fija mucho, ¿sabes? Y sé que no me pregunta todo, como si a veces se guardase ciertas cosas para protegerme”. Hubo contacto visual entre nosotros, comprobé que Lorena tenía los ojos brillantes y que bastaría el más leve parpadeo para que una lágrima resbalase por su mejilla. Me preparé para ello. Me acerqué y le cogí de la mano. Hasta la fecha, no había sucedido tal cosa. “Sé que en el colegio ella verá que sus amigas tienen padre y madre, bueno, ella también lo tiene, claro, me refiero a que verá que están juntos, ya me entiendes”. Hizo una pausa para reflexionar que yo intenté rellenar con la típica jerga de ‘hoy en día las familias mono parentales están más extendidas que hace unos años’ pero que ella cortó de raíz volviéndome a preguntar: “¿Sabes lo que me ha preguntado?”. La interrupción me puso más receptivo y callé, ya que siempre me quedo con la sensación de que no escucho suficiente a los demás.

“A ver, dímelo”, añadí.

“¿Mamá, por qué esos dos caminan atados de la mano? De todos los verbos posibles y teniendo en cuenta todos los supuestos errores que una niña de su edad puede cometer a la hora de hablar, dijo exactamente eso: atados de la mano. ¿Qué opina el sociólogo?”.

Me quedé fascinado. Miles de reflexiones pasaron por mi cabeza al mismo tiempo provocando una avalancha que atascó la puerta de salida; tuve una arcada cerebral. Opté por ser cauto; aduje que primero me gustaría saber la opinión de la madre y, tal cual me esperaba, su principal preocupación era que su hija adoptase una visión negativa de los hombres y de la vida en pareja.

Estuvimos hasta altas horas de la madrugada hablando; nos abrimos. Aquella noche pasamos de ser simples compañeros de piso a amigos de verdad. Le hablé de mi proyecto, del libro y del personaje, y se mostró muy interesada. Puede que fuese percepción mía, pero detecté un cambio en su mirada. Le enseñé las notas, le conté mis frustraciones y mis miedos. Le hablé del bar y de Elvira, de lo que había sucedido entre nosotros antes de que me mudase a su piso y de lo quemado que estaba en el trabajo.

“¿Tienes alguna historia que le pueda enseñar a mi jefe?”, preguntó.

Me dejó fuera de juego. Llevaba casi dos meses conviviendo con ella y todas las mañanas me despedía de ella cuando iba al trabajo sin saber a qué se dedicaba; me sentí culpable, lo verbalicé y ella se burló de mí. Dijo que pensaba demasiado y me despeinó con un gesto como si éste tuviese el poder de despejar mi hiperreflexiva mente. Sentí un agradable cosquilleo en el cuero cabelludo.

Para mi sorpresa, Lorena trabajaba en una conocida revista online que publicaba refritos, actualidades, humor y ficciones. Ella se ocupaba de los montajes de vídeo, de ahí que por la noche se aislase frente a la pantalla del ordenador. Conocía la web, vaya que sí, y eso nos dio para rato, puesto que reconocí su trabajo. Era la típica plataforma que alguien como yo repudiaba por la banalidad de sus contenidos, pero el impacto de la oferta acarició mi ego ante la lejana posibilidad de ser publicado en un magazine tan influyente y mi criterio se ablandó. Lo que estaba claro es que mi estilo no encajaba con la línea editorial, por eso rebatí su propuesta con salpicón de inseguridades.

“Baja la vista. Aún tienes mirada de sociólogo, seguro que dispones de un montón de historias que contar aquí abajo”, y señaló la distancia físicamente, con la palma de la mano en horizontal cercana a la tela del sofá, “¿A que sí? Piensa en las cosas que te suceden, las que ves, las que te podrían haber pasado. Una cosa es el proyecto del libro, puedes dedicarle tiempo pero eso es algo muy grande y a largo plazo. Otra es escribir historias cortas o textos con los cuales te puedas sacar un dinero que te permita dejar el trabajo en el bar y centrarte en lo que realmente te gusta, escribir. ¿Que no es el estilo que te gusta? De acuerdo, pero por algo se empieza”.

Pensé en Elvira, en la pensión y en todo lo que había vivido desde que me fui de casa hasta esa misma noche. La intimidad acortó distancias. Ella dijo en varias ocasiones lo tarde que era y lo mucho que tenía que madrugar mañana. Yo manifesté las pocas ganas que tenía de seguir trabajando en el bar y ella dejó caer que me echaría de menos tras la barra de no ser porque llegaba a su casa tras cerrar la persiana, y justo en ese momento en el que parecía que nos íbamos a besar por no seguir hablando, Avril salió de su habitación en busca de mamá y rompió la atmósfera con grandes dosis de ternura.

“Piensa en lo del relato, te lo digo en serio, escribe algo y pásamelo”, me dijo con su hija en brazos y lo que pudo ser marcado es sus labios.

Una cosa es dar forma a un personaje con un imaginario o una concepción de lo social afín a la tuya y otra muy diferente es encarnarlo a base de hechos reales y sentimientos parejos. Aunque posee una complejidad característica, el relato es una pieza más sencilla de construir que una novela. El relato te permite la licencia de insuflar más vida a las cosas que suceden dejando al margen el arduo trabajo que supone la construcción de personajes para la narrativa extensa. El material estaba ahí, en mis recuerdos, tan sólo tenía que ordenar las piezas. “¿Qué le sucede a tu imaginación? ¿Por qué no es capaz de inventar mundos sin la necesidad de partir de algo que te haya sucedido?”, me recriminaba eso a menudo, pero superé ese obstáculo aludiendo a que tal vez ése fuese mi estilo. Un nuevo abismo se abrió ante mis ojos; tan sólo de pensarlo me temblaban las piernas, pero una voz que a día de hoy sigo sin saber de dónde vino, me dijo: “piensa que si lo consigues, cuando el próximo huracán devaste todo lo que hayas construido, al menos quedará eso en pie”. Y me lancé.

La distancia que imprime la disciplina sociológica sobre el objeto/sujeto analizado me fue muy útil para elevarme sobre mis propias vivencias y conseguir un plano general de lo que quería escribir; además, despojar a los hechos de todo sentimiento es necesario para que la narración no se contamine con juicios de valor que emanen de la misma fuente que describe lo que sucede. Intenté mantenerme fiel a esos principios, pero en cuanto comenzaba a relatar mi día a día en el bar o las noches que pasaba en la pensión, saltaba de inmediato a una escritura violenta y subjetiva que me sumía en una especie de trance ingobernable.

Repasaba minuciosamente párrafos que en ocasiones ni recordaba haber escrito y los borraba una y otra vez. Lo que había creado entre sudor, ansiedad y nicotina, jamás me servía porque siempre encontraba una razón para sentirme decepcionado. El problema era que me imponía unos mínimos que ya de por sí eran imposibles de superar.

Escribir encierra soledad y cierto grado de locura; algunos creen que es vómito, pero se parece más a la digestión. Escribir no libera, escribir esclaviza y si tu meta fundamental es el éxito, puede llegar a ser destructivo. Yo ya estaba dando los primeros pasos, había permitido que la fantasía de ser publicado y leído por la masa condujese el proceso creativo. Buscaba la fórmula de gustar, dejando a un lado todo lo demás.

Harto de ser mi peor enemigo, una noche detoné todos los muros y no me pilló por sorpresa ver mi firma en alguno de los ladrillos. Con mucho esfuerzo, logré acabar un borrador que me dio la primera lección. Tras leerlo, esperaba verme reflejado aunque fuese entre líneas, pero era como si mi vista sufriese graves defectos de graduación; la imagen del personaje y lo que a éste le sucedía se proyectaban en mi imaginación como la que rebota un espejo de feria. El texto había salido de mí, pero con toda seguridad, no estaba hecho a mi imagen y semejanza. Ahora bien, si había escrito un relato basado en experiencias personales y al leerlo no me sentía identificado, ¿quién diablos era yo? ¿A quién le había ocurrido todo aquello? Decidí dejar pasar al menos una almohada y releerlo al día siguiente, pero me invadió la misma sensación de mareo que de pequeño, cuando para hacer la gracia, me ponía las gafas de mi madre.

¿Y qué si no soy yo el que aparece en esas páginas? La licencia más dulce que te aporta la escritura es el pasaporte hacia otras personalidades, a otros mundos, y continuando con la analogía de la visión:“¿Y si no soy yo el que tengo que ver bien?”, pensé; tal vez la tarea del escritor se parezca mucho a la del óptico que, graduando la vista del lector, configura un texto a través del cual éste pueda enfocar la ficción. Las reflexiones de Nietzsche se encarnaron ante mis irritadas pupilas. Cuánta razón tenía al decir que la palabra deja de pertenecer al hombre en cuanto ésta sale del cerebro y se convierte en escritura.

Ausencia, confusión y tristeza. Cada vez que le daba una vuelta más, sufría un centrifugado del que salía sofocado y seco. Concluí, más que nada pensando en mi salud mental, que había llegado el momento de su emancipación. Ese mismo día, dejé el relato junto al ordenador de Lorena y me fui a trabajar con la esperanza de que a mi regreso, lo hubiese leído.

Aquella no fue una tarde más de café con bollos de mantequilla; algo extraño detonó en mi interior nada más cruzar por la puerta. El olor ocupó espacio físico en mi cabeza; sentí que algo se movía. La primera hora la pasé en un estado de duermevela propio del insomne. De tanto pensarme en el otro lado del papel, la percepción del entorno se volvía difusa. Ahí estaba, tan cerca como un lunes: mi Yo dislocado sirviendo cafés y tirando cañas.

Aunque bien, trabajé a un ritmo más lento, como si fuese espectador de mi propio presente de indicativo. Había literaturizado una parte de mi vida y esa no era más que una de las múltiples consecuencias. Era preso y vigía al mismo tiempo. Una certeza sorda de ser observado me acompañaba en todo momento. Lorena me dijo “baja de la torre, tienes mirada de sociólogo, seguro que tienes muchas cosas que contar aquí abajo”. ¿Me quedaría para siempre en la zona de los presos? ¿Cuánto duraría esta dislocación?

A eso de las ocho de la tarde Elvira me comentó que necesitaba salir para hacer un recado, y más que nada, me dio la sensación de que me estaba pidiendo permiso. Llevaba días triste, más de lo habitual.

“No será mucho, media hora a lo máximo”, pronunció casi en tono de súplica, y se sorbió la nariz.

“Tranquila, yo me encargo”, contesté. ¿Fui yo o mi personaje? Nunca lo sabré. Volvió a las nueve y cuarto con los ojos rojos y el rostro endurecido. Entró veloz, sin mirar a nada ni a nadie y se fue directamente al baño como si necesitara ocultarse. Salió con la coraza puesta al de unos minutos, pretendiendo mostrar al mundo que nada le afectaba. “¿Qué será de Fernando?, hace tiempo que no se pasa por el bar”, pensé. La imaginé apoyada en el lavabo con los brazos tensos, respirando hondamente mientras se miraba al espejo y se repetía mentalmente: “no es nada, todo irá bien”. Esa imagen se construyó veloz y sumamente nítida dentro de mi cabeza; asistí a su proyección sentado en una butaca y en cuanto se acabó, volví asustado y aturdido a una realidad repleta de tazas y cucharillas por ordenar.

Como cada noche, cerramos la persiana. Pero… ¿éramos nosotros o los que horas después estaban tumbados en la cama de una pensión cochambrosa?

“¿Todo bien?”, pregunté.

“Sí, no es nada, simplemente estoy cansada”, contestó, y sus ojos añadieron: “de la vida”.

De camino a casa pensé en la reacción que había podido causar mi relato en Lorena. Con menos intensidad que en el bar, mi imaginación reproducía un abanico de escenas favorables a mi ego; una muestra poco variada de cómo ella se habría quedado impresionada por mi fuerza descriptiva; una ilusión infantil de hijo único con carencias afectivas que quiere llamar la atención.

Plantado ante la puerta de casa, llave en mano, escuché la voz de Lorena. Gritos; parecía muy enfadada. Dos vueltas de cerradura hacia la izquierda y un ligero empujón. En el salón estaba Avril sentada en el sofá, seria, triste y con la mirada baja, como sólo una niña puede plantarse ante la incomprensión. Al parecer, Lorena, encerrada en su cuarto, discutía con su ex novio por teléfono.

Fui a mi habitación a cambiarme de ropa. Retazos de conversación; algo sobre unos pasaportes y un viaje. “Cuando todo se ha acabado, la rabia es lo único que nos une; pero es injusto que haya una niña de por medio”, pensé. Pasé por la cocina que olía a especias, como siempre, y saqué de la nevera una coca cola para mí y lo que quedaba de una tableta de chocolate para Avril. De camino al sofá vi el relato sobre la mesa del ordenador tal y como lo había dejado. Me senté junto a ella, puse Disney Channel, subí el volumen por encima de los gritos de su madre y le deslicé la tableta de chocolate como el que pasa droga en la calle.

“No se lo digas a tu madre”, dije guiñando un ojo. Ella sonrió y vimos los dibujos animados. Traté de hacerla reír y casi se atraganta; antes de que pudiera socorrerla, ella misma se sacó con sus pringadas manitas un trozo que se le había pegado en la campanilla. Me enterneció la escena.

“Mi papá es imbécil, pero tú no”, dijo, y continuó desternillándose de risa.

Siempre me ha parecido increíble la capacidad que tienen los niños para decir las cosas. Debería ser así en el mundo de los adultos, pienso que oxigenaría mucho las relaciones sociales e incluso la política internacional. Imagínate a Donald Trump en una rueda de prensa declarando lo siguiente: “Acabo de lanzar un misil enorme al cara gorda ése de Corea del Norte, y para celebrarlo, hoy me acostaré tarde, veré la tele y comeré muchos dulces. No tengo más que decir, todos fuera que tengo pipí”.

“¡Los hombres son lo puto peor!”, gritó de pronto Lorena en mitad del salón. Los dos nos asustamos y yo lo exageré, Avril río mucho. “Oh, Nacho, no me había dado cuenta de que habías llegado, lo siento”.

“Nacho no es lo puto peor, ¡a mí me cae bien!”, dijo Avril con la cara llena de chocolate enfrentándose a su madre. Estallamos en risas.

“Sí que lo es, ¡te ha dado chocolate por la noche sin mi permiso!”, contestó su madre, y ella, cayendo en la cuenta de que nos habían descubierto, abrió mucho los ojos y se tapó la boca. Tras unos minutos de juegos y risas para normalizar los ánimos de su hija, Lorena la llevó a la cama a regañadientes y yo aproveché para volver a la nevera y servirme una coca cola más y traer una cerveza para Lorena. Al rasgado siseo de abrir la lata le acompañó el típico bufido de madre cansada seguida de la archiconocida frase: “es la primera vez que me siento en todo el día”.

Me contó la historia. En su familia existe la tradición de viajar todos juntos en las vacaciones de Semana Santa, y para escoger el destino existe una sola condición: que haya que ir en avión. La costumbre se vio interrumpida por el nacimiento de Avril y la separación de Lorena, hace ya cinco años, y ahora que las vidas de todos han vuelto a la normalidad y hay un nuevo miembro, han decidido retomarla con un viaje por todo lo alto a Nueva York. El caso es que para cruzar el charco Avril necesita pasaporte, y para que la Oficina de la Dirección General de la Policía extienda un pasaporte a un menor de edad se necesita el consentimiento de ambos padres, asunto que, citando textualmente las palabras de ella, “el jodido desgraciado de su ex” había utilizado para manipular torticeramente el régimen de visitas que tras muchas discusiones consiguieron configurar sin la ayuda ni la intervención de ningún juez ni abogado. Él, amén de otras cosas, exigía más tiempo con su hija a cambio de dar su aprobación, además de sentirse, y vuelvo a citar textualmente, “sorprendentemente preocupado, el muy hijo de puta”, por el creciente número de tiroteos y muertes por arma de fuego en Estados Unidos y no gustarle nada la idea de que su hija se ponga en peligro simplemente por el capricho de una familia que no sabe en qué gastarse el dinero.

La verdad, me quedé sorprendido de la bajeza del ser humano. Para mí todos esos asuntos me pillaban de sorpresa y me parecían deliciosamente crudos y reales.

En mi familia las discusiones, así como las muestras de afecto o las reuniones, habían brillado por su ausencia al considerarse asuntos de clase baja, cuestiones del vulgo que se deja llevar por pasiones más propias del mundo latino.

En cuanto a las relaciones sentimentales, había tenido dos parejas estables, pero éstas no habían dejado más huella en mí que una canción del verano.

“Ah, por cierto, he leído tu relato y eres un cochino, pero me ha gustado mucho y sospecho que al guarro de mi jefe también le gustará. Se lo llevaré mañana y le pasaré tu teléfono”.

Un soplido imaginario me levantó las cejas. El tono que sus labios imprimieron sobre la palabra “cochino” fue tan de madre que me hizo sentir sucio.

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