Las Arenas, Getxo. 1980.

No puede creer que apenas hayan pasado cuatro años. El tiempo ahueca y deshumaniza las casas que permanecen vacías. Cierto es también que a determinadas edades, la percepción del transcurso del tiempo se vuelve elástica y subjetiva, pero a Ignacio, mi padre, le cuesta creer que las paredes y el techo que ahora le enfrían el alma fuesen las mismas que le cobijaron, le vieron nacer y crecer hasta los catorce años. Es como si hubiera pasado una eternidad. El amplio ventanal del salón se abre hacia la avenida y tras él, Ignacio trata de recordar las últimas navidades que pasaron en familia, en esa casa, antes de que se tuvieran que marchar a Madrid.

Ignacio, a sus dieciocho años, tiene una casa de dos cientos metros cuadrados, tres habitaciones y dos baños para él sólo, además de plaza de garaje y coche propio. Toda su familia se ha quedado en Madrid, pero él ha regresado al País Vasco para estudiar medicina. Su decisión no ha estado exenta de polémica, pero él se ha mantenido firme. La condena del exiliado consiste en no ser de donde huye pero tampoco de donde llega. Eso le quedó bien claro cuando, a los catorce, aterrizó en un instituto de Madrid en el que sólo por ser vasco, el primer día le apodaron “el etarra”. ¿Etarra, él? Si su familia precisamente se había tenido que ir de Euskadi por recibir amenazas. Qué injusta es la ignorancia, pensaba a diario, cuando tenía que cruzar la puerta del instituto por la mañana.

Mi abuelo por parte de padre era un importante empresario industrial y mi abuela abogada. En 1976, año en el que la banda terrorista ETA cometió dieciocho atentados, apareció un punto de mira pintado con espray de color negro en la fachada de su casa en Las Arenas, junto al portal. El 18 de marzo, tras secuestrarlo, los comandos especiales de ETA(pm) ejecutaron al industrial de Sigma Ángel Berazadi, y el 9 de junio, Luis Carlos Albo, abogado, fue tiroteado cuando se dirigía al instituto donde ejercía de profesor en Basauri. La tarde del día de San Juan, apareció la pintada. Mi padre no se fijó en ella, la euforia de haber acabado las clases y la efervescencia de una noche mágica en la playa junto a todos sus compañeros en torno a una hoguera capaz de hacer cumplir los deseos, generó en él la típica visión de túnel de un adolescente ávido de nuevas experiencias. Cuando subió a casa, se encontró a mis abuelos serios, con los ojos vidriosos y un montón de cajas de cartón y maletas desperdigadas por el salón.

“Nos vamos, hijo. Es por nuestro bien, no nos queda otra”, dijo mi abuela.

“Salimos esta noche, después de cenar”, sentenció mi abuelo.

Cuando Ignacio ha llegado a casa, hace apenas unas horas, ha entrado por el garaje y no ha podido comprobar que la pintada sigue ahí. Está deshecho, no como sus maletas, que aún siguen en el salón, como  aquella tarde. Apenas seis meses después de que llegasen a Madrid, el 24 de enero de 1977 tuvo lugar la matanza de Atocha, en la que miembros de la ultraderecha asesinaron a cinco abogados e hirieron a otros cuatro. Nueve abogados, como su madre. ¿Qué sentido tenía todo? 

“¿Aquí no corremos peligro? ¿Para que hemos venido? ¡Quiero volver!”

“No lo entiendes, Ignacio, aún eres muy joven”, contestó su madre muy apenada sin despegar la vista del televisor.

“¿Qué ocurre entonces, que estos tienen permiso para matar a mamá pero los otros no?”, preguntó enfurecido. Fue la única vez que su padre le pegó una bofetada.

Ignacio, como cualquier otro chico de su edad, necesitaba estabilidad, estar con sus amigos donde se había criado y no en un entorno hostil donde cada mañana le señalaban e insultaban por ser el nuevo, el recién llegado, el diferente. Con el escozor del sopapo bajándole por el cuello y sintiendo el calor de sus lágrimas correr por sus mejillas, Ignacio se dijo para sí mismo que, en cuanto acabase el instituto, volvería a casa para licenciarse, en su tierra. Ser un marginado tiene la ventaja de disponer de un montón de tiempo libre y no tener distracciones, así que enfocó todos sus esfuerzos en ser el mejor de su promoción, y lo consiguió.

“Tienes anotado el teléfono del tío Jaime en la agenda que está en la mesita del salón, ¿Sabes cuál te digo? Ay, hijo, ¿estás seguro de lo que vas a hacer? ¡Llámanos en cuanto llegues y ten cuidado en la carretera”, le dijo su madre ayer.

“Estoy totalmente seguro, mamá, no te preocupes, estaré bien y os mantendré informados”.

“Vas a ser médico”, dijo su padre con orgullo. “Lo que no entiendo es que con la de buenas universidades que hay aquí en Madrid te tengas que ir a ese nicho de…”

“Alfonso…”, replicó su madre.

“Está bien, está bien, has sido el mejor de tu promoción aquí, lo serás también allí. Llámale a Jaime, es un buen amigo de la familia, de toda la vida, estará encantado de ayudarte”.

Abrazo familiar. De fondo, la sintonía del programa Aplauso.

El mes de Julio ha llegado a su ecuador e Ignacio puede ver, a través de la ventana, el cielo azul juntándose con el mar (no tan azul) y un salpicón de nubes sobre el Abra. La playa de Ereaga, ahí abajo, acoge a paseantes despreocupados que caminan con la toalla al hombro. Tiene dos meses de asueto antes de que comiencen las clases que inaugurarán el primer año de su Licenciatura en Medicina en la Universidad del País Vasco.

 

II

 

“Lo único que tengo claro es que tienes cojones, chaval”, dice Jaime. Es un día gris de principios de agosto en el que sopla viento noroeste. Jaime, el amigo de la familia de Ignacio, se ha adelantado a su llamada. Pasó en coche por la avenida y al ver luz en casa de los Salas dio la vuelta y tocó el timbre. Fue toda una sorpresa encontrarse a Ignacio hecho todo un hombre al otro lado de la puerta. Al principio le costó reconocerle, creía que era un inquilino. Se pusieron al día y quedaron al día siguiente para comer. Ahora están dando un paseo por los acantilados de Azkorri para bajar la comida. El empresario se ha permitido la licencia de no llevar corbata, una concesión que, para el que le conoce, encierra mucha información. Ignacio viste unos tejanos, calza náuticos, luce un polo verde pistacho de Lacoste y una americana negra. Sus rizos parece que quieren despegar de su frente a mereced de las salinas rachas de viento que les azotan. 

“No me sentía más seguro en Madrid, y lo peor de todo, no es mi hogar”, contesta Ignacio.

“Ahora no se está seguro en ninguna parte, hijo. Matan a gente continuamente, si no es un yonki en busca de su dosis, son los de siempre. Son adictos a la muerte, unos por la droga, otros por las ideas”.

“Estoy muy preocupado. Estos días, ya que no tengo otra cosa que hacer que pasear, me he quedado impresionado. El otro día, sin ir más lejos, estuve por el Casco Viejo de Bilbao y fui bordeando la ría. Se estaban inyectando a plena luz del día”

“¿Y has tenido ocasión de ir por Baracaldo, Santurce o Portugalete? Lo que ocurre al otro lado del puente colgante comienza a ser alarmante, y ya ni te cuento si te desplazas a zonas como Bermeo. Es como una plaga, y no sé, llámame paranoico, pero creo que hay algo turbio en todo esto”.

“¿A qué te refieres?”, Jaime mira hacia los lados, nervioso.

“La droga tiene que entrar por algún lado, eso está claro, y los lugares con puerto son muy golosos, ya me entiendes. Ahora bien, una vez que entra, se tiene que distribuir y sinceramente, me cuesta creer que todo lo que está sucediendo sea obra de cuatro marineros que se han hecho las indias”. Termina la frase en tono muy bajo.

“El otro día me pareció reconocer a uno que estudió conmigo en los soportales de la iglesia de Las Mercedes. Estaba tirado en el suelo”.

“Ten mucho cuidado de con quien te juntas, Ignacio, para mí eres como un hijo”.

“Descuida, tengo muy claro lo que debo y no debo hacer. Cuando vi al chico ése, el que estaba en los soportales, algo se quebró dentro de mí. Si es el que fue conmigo a clase, que estoy casi seguro de que sí, no entiendo cómo ha podido acabar así en tan poco tiempo. Ha tenido las mismas oportunidades que yo. Era bueno jugando al fútbol y tambien en natación, sus padres se lo dieron todo. Quiero ayudar a la gente, pero para eso primero tengo que llegar a entender qué es lo que se rompe en el cerebro de alguien para que acabe metido en cosas así. Quiero especializarme en psiquiatría.”.

Jaime es un tipo duro. Para llegar a donde está ha tenido que hacer cosas que cualquiera no hubiera podido soportar. Una vida entregada al mundo de los negocios dejando alma, criterio y corazón a un lado han hecho de él un hombre opaco, pétreo, pero tras escuchar las palabras de Ignacio tiene que esconder el rostro allá lejos, en el horizonte, para disimular el torrente de emoción que sus ojos tratan de contener.

“Eres buen hombre, Ignacio, y serás mejor médico. Vamos a Bilbao a tomar unas copas”, dice.

Ignacio está totalmente embaucado. No da crédito, ¿cómo es posible que un concesionario de coches, sí, concretamente uno de la marca Citroen, tenga un bar dentro que a las diez de la noche esté repleto de gente bebiendo y pasándoselo tan bien? “Pues vaya con el tito Jaime, qué lugares tan peculiares frecuenta y cuánta gente le conoce”, piensa Ignacio que por primera vez se siente afortunado, libre y arropado. La música, las copas, las chicas del local, todo lo que le rodea desborda alegría y parece decirle: “bienvenido: te estábamos esperando”.

Después de presentarle a infinidad de hombres y mujeres que le doblan la edad pero que le tratan como a un adulto, se sientan en un sofá situado en el mejor rincón del bar. Ambos pasean la mirada por la fauna nocturna compartiendo el goce de ese silencio cómplice tan típico de los que se saben buenos observadores. Apenas seis años distan de aquellos días en los que Ignacio veía a Jaime como un señor serio que visitaba la casa de sus padres y le daba veinte duros de vez en cuando.      

“Y de novias, ¿cómo andas?”, pregunta Jaime apurando el Gintonic. Camisa desabotonada por cuya abertura se intuye vello canoso. Rostro brillante por la euforia, frente algo sudada. 

“De aquí me marché a los catorce y allí he sido un marginado que sólo se ha dedicado a estudiar, así que ya ves”, contesta Ignacio dando un trago al botellín de cerveza”.

“Me cago en la hostia, hijo, pues eso no puede ser. Menos mal que hoy estás en mis manos. Escucha, un par de rondas más y luego te llevo a la mejor zona de Bilbao para conseguirte una mujer que te alegre la noche”.

En ese momento no era consciente, pero el recuerdo de aquella noche le acompañaría a Ignacio durante toda su vida. El alcohol, la alegría, los colores, el espectáculo… Labios pintados de rojo intenso sobre los cuales se percibía, sin ningún pudor, barba masculina, y el olor a colonia barata mezclada con sudor, saliva y semen.

Jaime llamándole desde el otro lado de la barra del club Bataclán con una boa de plumas fucsia como bufanda, fumando un puro, rodeado de mujeres ligeras de ropa y entradas en carnes. Una noche en la que todo cobra tintes de primera vez y a la que sobrevives confundido a la par que algo avergonzado.

Seguro que sus padres no estaban pensando en ese tipo de cuidados cuando le sugirieron que quedase con Jaime, pero por lo menos, su hijo no estaba solo en el peligroso y convulso norte.

 

III

 

Ignacio arrastra una resaca extraña desde la noche que pasó con Jaime. No está acostumbrado a nada de lo que sucedió, y además de que todo ha sido nuevo para él, se podría decir que incluso le ha dejado algo turbado. El paso de la niñez a la adolescencia, para él, se ha desarrollado —por llamarlo de alguna manera— en un entorno hostil y prácticamente en cautividad. En Madrid, lo único que hizo fue estudiar y soportar la exclusión social de todos sus compañeros. En Euskadi, hizo lo que pudo hasta que, aquella tarde de San Juan, a los catorce años, tuvo que marchar junto a su familia. Siempre ha sido un chico tímido y reservado que necesita más tiempo que los demás para las cosas comunes a las que se debe de enfrentar cualquier persona y en cambio, mucho menos para otras que algunos, puede que no lleguen a conocer en su vida. Cuando los compañeros de su clase en el instituto de Las Arenas ya andaban detrás de algunas chicas, él miraba platónicamente a Paula, aguardando el momento perfecto en el que los planetas se alineasen y él derrotase de una vez por todas su timidez estructural.

Aquella noche de San Juan puede que hubiera sido la perfecta para que… “Puede, siempre estás con él puede, Ignacio”, piensa para sí mientras pasea por el barrio de Romo recordando a aquella chica de clase, ¿qué será de ella?

Hijo único, padres tradicionales y estrictos de tinte académico incluso para lo afectivo, a sus dieciocho años el primer contacto que ha tenido con el mundo de la carne ha sido la noche que pasó con Jaime y que para él, ha adquirido tintes de rito iniciático. Han transcurrido suficiente tiempo como para que los efectos de la resaca, al menos la física, hayan abandonado su cuerpo, pero aún conserva un regusto cabaretero y rancio en la parte de atrás del paladar.   

Hasta tal punto llega su pánfilo romanticismo que ahora, mientras pasea sin rumbo por la calle, se fija en cada chica de su edad escudriñando sus rostros por si alguna de ellas pudiera ser Paula. Sus pasos lo conducen inconscientemente hacia una zona de bares de ambiente juvenil y de carácter radical en el que predominan los pelos largos, chalecos vaqueros, chupas de cuero y las eternas litronas. Una zona monocroma en la que sus colores rosa, caqui y azul oscuro, desentonan y ponen nervioso hasta a los gatos callejeros.  Pasa entre un grupo de chicos de su edad pero no se fija en nadie, va a lo suyo, y quizá por eso, piensa que se ha tropezado con algo y no se da cuenta de que en realidad, le han puesto la zancadilla.

“¿Qué pasa niño pera, dónde has dejado el barco de papá?”, entona de forma hiriente uno de ellos. Ignacio trata de fijarse en él, pero una densa nube de humo encubre su rostro. Tan sólo es capaz de distinguir el ronco sonido de su burla. 

“¿Qué coño haces por aquí, te has perdido?”, es una chica, pero no es Paula. Más risas.

Antes de que Ignacio pueda articular palabra del suelo se levanta uno de los chicos y, de no ser por la forma en que le mira, Ignacio hubiera pensado en que le iban a partir la cara.

“Me cago en la hostia, ¿Ignacio? ¿Eres tú?”, el chico da una última calada al cigarrillo y lo lanza con energía al suelo. Es Jokin, compañero de juegos y alguna que otra pronta confidencia antes de que Ignacio tuviera que dejar Euskadi.

“Jokin…”.

Abrazos, alegría y confusión por parte del resto del grupo.

“¿Te apetece tomar unas birras?”, propone Jokin.

“Claro”, contesta Ignacio.

El inesperado reencuentro no les ha alejado mucho de la zona, tan sólo han doblado la esquina y caminado un par de portales más allá, hasta un humeante billar tan oscuro como la madera que lo recubre por completo. Ignacio ha tenido que adaptar la visión y durante unos segundos ha caminado prácticamente a ciegas, ya que en cuestión de segundos, un día claro y soleado se ha convertido en noche cerrada.

En una esquina de la barra, charlan abrazados a un botellín acompañados de música rock & roll y el inconfundible repiqueteo del marfil haciendo carambola. Ignacio se ha fijado en el aspecto de Jokin, antaño un niño más bien paliducho, ahora cetrino, con manos callosas, uñas negras y la dentadura muy descuidada. Jokin parece fascinado por la inmensidad del océano y su poder sanador, al parecer, ha estado trabajando una larga temporada en un carguero y acaba de llegar hace unos días.

“Las primeras semanas son muy duras, te falta de todo, pero luego ya se te pasa y comienzas a ver la vida de otra forma. A mí me ha venido muy bien, ahora soy otro, y sé que si vuelvo a caer o que si las cosas se tuercen, siempre puedo volver a zarpar. Aunque parezca lo contrario, el océano te da equilibrio”.

“¿Te acuerdas de Josean?”, pregunta Ignacio. Jokin tuerce el gesto.

“Pobre chico”.

“El otro día me pareció verle en los soportales de la iglesia”.

“Suele andar por ahí, sí. Su madre murió hace dos años, el viejo se ha echado una novia en Granada y le ha dejado aquí con su abuela, que desde primavera sufre demencia. Es un caso perdido; la droga. Una cosa son la birra, los canutos, un chute de speed de vez en cuando, ya me entiendes, pero el caballo te atrapa muy pronto. Quedamos los que has visto, los cinco, antes éramos nueve. Yo la probé con Josean el verano pasado y estuve a punto de cagarla, ya me entiendes, el caballo te atrapa rápido. Un amigo de mi padre que es pescador me dijo que lo mejor para quitarse es salir a la mar, allí no tienes nada. Menos mal que le hice caso y embarqué. Él se quedo aquí, y ya ves”.

“¿Sabes algo de Paula?”

“¿La de los Eguzkiza, de la carnicería?”. Ignacio hace memoria.

“Sí”.

“Marchó con la familia a Bermeo, allí tienen un caserío y unas cuantas cabezas de ganado. Cerraron la tienda. Ella no quería estudiar y se metió en algún que otro lío. No se ha vuelto a saber nada más de ella”.

Una de las mesas se libra y Jokin reta a su amigo a una partida. Antes de que puedan colocar todas las bolas en el triángulo y jugársela a cara o cruz para ver quien rompe, un estruendo interrumpe la dinámica del bar. Dos hombres con gabardina y gafas oscuras entran de una patada en el establecimiento exhibiendo placas policiales. Jokin esconde algo que tiene en los bolsillos en uno de los agujeros de la mesa, cosa que no pasa desapercibida por uno de los agentes que, enfurecido, se acerca hacia ellos.

“¡Qué escondes ahí, eh!”

“Nada”.

“Drogata de mierda, estamos hasta los cojones de pillarte siempre con las manos en la masa”. El de bigote agarra una bola de billar y le golpea con fuerza en la cabeza. Le pone las esposas empujándole con fuerza la cara contra el tapete verde, que se tiñe de rojo sangre. El otro agente se dedica a poner a todos los demás contra la pared para proceder al cacheo rutinario, sin escatimar en insultos, golpes y vejaciones. Ignacio, con las manos alzadas en son de paz, estupefacto, inmóvil.

“¿Qué coño haces tu aquí, chico?”, le pregunta el de bigote cual padre estricto.

Es la segunda vez que se lo preguntan en lo que va de tarde, e Ignacio no entiende la pregunta. ¿Tengo que pedir alguna clase de permiso o disponer de una razón fundamental para darme un paseo o jugar una partida de billar?, piensa atemorizado mientras observa cómo los agentes incautan navajas y droga.

El bar estuvo cercado durante horas por varias patrullas de policía y dos furgonetas de atestados a las que iban subiendo, en lento goteo, joven tras joven. Un tercer agente, con aspecto de alto rango, estuvo mucho tiempo con el dueño en la trastienda. Al salir, abotonándose los puños de la camisa, dijo algo al de bigote y salió de la misma forma que había entrado, como un espectro.

Un morado y cálido atardecer rozó el rostro de Ignacio cuando pudo salir al fin a la calle, pero éste emprendió la marcha a la contra de la mayoría de los demás, alejándose de las patrullas y sin esposas, abriéndose paso entre el tumulto de curiosos que se agolpaban en las inmediaciones del cordón policial. Las miradas de la gente parecían preguntarle, entre susurros de demente, por tercera vez, qué hacía en ese lugar con aquella gente.     

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