Mi nuevo jefe, curioso personaje. Es como si tuviese dos puertas; una abierta al público y otra cerrada a cal y canto. La puerta abierta es un señuelo, un trampantojo: Él es Ricardo Vesga, CEO y fundador de una influyente plataforma de opinión con cientos de miles de suscriptores que ha recibido, por tres años consecutivos, el premio nacional al mejor blog de actualidad y bla, bla, bla. Puede que para los demás pase desapercibida la existencia de la otra puerta, pero para mí, la extremada efusividad y pedantería con la que defiende su cara más visible no es más que una prueba fehaciente de que la parte oculta es la que más peso tiene dentro su personalidad.  Ya veremos cómo fluye todo.

“Espera aquí”, “Ricardo te atenderá en unos minutos, ¿quieres un café?”, me dijo un chico con gafas y camisa de cuadros que se presentó como Juanjo.

“No, gracias, estoy bien”, contesté, como si uno se tomase un café porque está mal.

¿Nervios? Sí. ¿Ansiedad social? Toda. Me asustaba cualquier sonido. Evitaba el contacto visual concentrándome en el suelo porque si miraba el móvil el temblor de las manos me dejaba en evidencia. ¿Acaso el mar de sudor que me envolvía por completo no era un indicador fiable? La resaca tampoco ayudaba, sino que contribuía a mi paranoia. Como siempre, dar mil vueltas a un mismo asunto había cedido terreno a la confabulación y sentado en aquella butaca, me sentía señalado por toda la oficina como el enchufado que viene a robar el puesto a los demás. De este modo pasé veinte o quizá cincuenta o quién sabe si tan sólo fueron cinco minutos, intentando no desvanecerme, y cuando el asunto de la entrevista casi había pasado a un segundo plano…

“¡Este tipo es canela en rama!”, el grito de Ricardo me asustó y me dejó aturdido, no supe si se trataba de una acusación o más bien de un cumplido. Todo se alejó para volverse a acercar en un instante, como si mi campo de visión lo manejase alguien ajeno que hace pruebas con el zoom, desenfoque incluido.

“Es bajito y no puede soportarlo, quizá por eso disfrute gritando por sorpresa a los que están sentados y si ya de paso les da un susto de muerte, mejor. Es más mayor de lo que imaginaba. No me gusta su aspecto; su imagen, su rostro, la forma de hablar y la manera en que se mueve, son un plato combinado de todos sus complejos”, a modo de cascada, aquellos pensamientos me abordaron todos a la vez.

Me invitó a su despacho, la cueva del ego, y de pronto tomarme un café ya no era una opción sino que se convirtió en una orden. No le hubiera ido mal un chorro de licor a aquel brebaje de máquina en vaso de cartón. “Las paredes aúllan a través de fotos enmarcadas el concepto que tiene de sí mismo. Temo que el café me revuelva aún más las tripas y me provoque mal aliento, pero viendo el desastre que tengo delante, cagarme encima sería un mal menor”, mis pensamientos habían adquirido vida propia y, al parecer, mi capacidad de habla también.

“¿Tienes algo interesante que le pueda echar a este café?”, pregunté. Eran las doce y veinticinco de la mañana. Pensé que el rol de escritor joven y canalla podía gustarle. No sé por qué tuve esa imperiosa necesidad de agradarle, si en realidad, le repudiaba.

Ricardo entorno los ojos y, tras prolongar excesivamente un silencio en el que sólo me señalaba con el dedo, dijo.

“Tú y yo nos vamos a llevar muy bien, canallita”. De un cajón de la mesa sacó una botella de Four Roses y me sirvió un chorro enorme sobre el vaso. Él se puso una copa sin hielo.    

Después de beberse de un trago la copa, Ricardo inició un pretencioso y contradictorio monólogo que intentaba a toda costa parecer humilde y que no se sostenía por ningún lado. Por un lado, afirmaba que Dumb Magazine no era más que una web, la pequeña ilusión del niño soñador que llevaba dentro, pero por otro, añadía que la plataforma había transgredido los limites de internet dando cobijo a cientos de miles de personas. ¿Dar cobijo, a quién? Imaginé una legión de refugiados cubiertos con mantas y hambrientos de vídeos satíricos y chascarrillos.

Sin ninguna intención de frenar, desgastó hasta la saciedad el término comunidad y habló de sus trabajadores calcando de principio a fin el estilo del por aquel entonces, aún vivo Steve Jobs. Continuó su discurso aseverando que la fama en internet es efímera y que debido a ello es necesario un esfuerzo conjunto por adaptarse a los cambios; ser top trending y liderar el ranking nacional de influencia de opinión son y serán siempre los objetivos principales de la empresa. Una frase de Confucio enmarcada rezaba a sus espaldas: “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”.

Poco a poco, a medida que hablaba para un gran público formado únicamente por mí, se fue construyendo ante mis ojos el máximo representante del individuo con acérrimo miedo a la soledad. Procuré que no se reflejara en mi rostro la compasión al comprobar, al mismo tiempo que gracias al burbon ganaba en fortaleza, que Ricardo consiguiese en tiempo récord mostrarse como uno de los seres más débiles que jamás hubiera conocido. El tedio se enrocó sobre mis hombros cuando manoseó hasta el punto de arrugar el discurso de los valores corporativos. Yo, sin abrir la boca aún, escuchaba en silencio. Siempre me han dicho que tengo una cara muy expresiva, y algo debió notar porque de pronto, calló de manera abrupta y soltó una carcajada.

“Discúlpame, Nacho, me pongo pesado cuando hablo de la niña de mis ojos, ya paro. Háblame de ti”.

Le conté, de la manera más resumida posible, quién era y por qué quería dedicarme a escribir. No le dije nada del libro, se lo oculté, como si en el fondo me avergonzara de ello o pensase que por eso no me iba a contratar. Eso me enfureció mucho. 

“Boom”, añadió Ricardo golpeándose la palma de la mano izquierda con el puño derecho. “Directo, sencillo y esclarecedor, hablas igual que escribes”. Me crujieron las tripas; ambos lo oímos. “Te voy a ser sincero, ahora no me puedo permitir el lujo de incorporar a nadie en plantilla, es un hecho, pero eso no significa que no puedas trabajar para nosotros; te explico. Actualmente en la redacción de Dumb Magazine hay dos terceras partes de trabajadores por cuenta ajena y el resto son freelance, ¿sabes lo que es un freelance, Nacho?”, barajé la posibilidad de contestar que tal vez fuese una marca de patatas fritas, pero era una pregunta retórica, una coma en su monólogo para coger aire, “alguien que tiene ambición, que es creativo y que busca por encima de todo dos cosas: éxito y dinero. Ese eres tú”, dejó un momento para que digiriese la chorrada que acababa de soltar. “Lo bueno de un freelance es que no se rige por horarios, sino por objetivos. Lo mejor de un freelance es que no tiene un techo salarial, puede ganar lo que quiera, ¿te ves como freelance de Dumb Magazine, Nacho?”.

“Yo lo que quiero es escribir, y sí, claro está, ganar dinero por ello”, contesté. ¡Alarma! ¡Sujeto vendido, alma secuestrada por la sed de éxito! Nadie la escuchó.

“¡Perfecto!”, gritó Ricardo. “Tendrás que darte de alta en autónomos, ¿has sido autónomo alguna vez?”.

“No”.

“Mejor que perfecto, así disponemos del descuento inicial en la tasa. Verás, el primer año la tasa de autónomos corre por nuestra cuenta, después será al cincuenta por ciento. Tranquilo, no es mucho dinero, tú preocúpate de escribir y sigue entregándome maravillas como esta”, completamente obnubilado ante la idea de tener que pagar por trabajar, no me había dado cuenta de que mi relato estaba sobre la mesa. “Escucha, ponle un título, piénsalo bien, el título es el anzuelo para que pique el lector e invierta dos o tres minutos en leerte, y ese tiempo se traduce en dinero. No voy a poner vallas a tu creación, no te voy a limitar el texto a tantos caracteres, pero piensa que lo concentrado tiene mejor sabor y se vende más que lo diluido. En cuanto tengas un título me lo dices y lo enviamos a…”

“Ya tengo un título”, dije, pero Ricardo siguió hablando.

“…lo ideal sería subir tres o cuatro relatos por semana, se te pagará por relato publicado, si consigues mantener el ritmo te puedes llevar una buena suma a final de mes… ¿perdona, qué has dicho?”.

“He dicho que ya tengo título para este relato”.

Tragó saliva y añadió, como si me invitase a bailar:

“¿Y bien?”.

“El rincón de las no-personas”, contesté, rezando para que no lo contaminase con otro boom.

“Boom, chaval, boom, directo a maquetación, aquí tienes tu primer relato publicado y por el que ganarás dinero, espero que sea el primero de muchos”.

Contemplar la decadencia de alguien adulto que legitima comportamientos adolescentes apropiándose de ellos hace que me sienta sucio, pero nada comparado con el fango en el que yo mismo me acaba de revolcar como un cerdo sin criterio.

Mi destino se selló con un apretón de manos. De camino a la sala de maquetación, Richard, con mi relato enrollado en la mano, me fue presentando a todos. Blandía el canutillo como un mozo de San Fermín que corre el encierro para después decir: “tenemos chico nuevo en la oficina”. No retuve ningún nombre.

Pensé en aquel bar cercano a casa en el que el día anterior me había sentido tan bien tras beberme cinco o seis cañas seguidas. El burbon había abierto el apetito a la bestia y la frustrante actitud que había mantenido durante la entrevista azuzó su furia. 

¿Quién estará ahora en el fondo de la barra? 

Yo sólo quiero dedicarme a escribir.

¿Trabajará el mismo camarero en el turno del mediodía?

Tengo que escribir más relatos como ese, y mejores.

Unas cuantas cañas quizás me relajen y me den inspiración.

Quiero beber.

Ansiedad.

La bestia ruge.

Ya estoy perdido.

 

***

 

Es curioso cómo me afecta el alcohol, ahora entiendo las notas de Cheever en sus diarios, y más cosas. Es la primera vez en mi vida que bebo por un motivo en concreto, quiero decir que antes bebía porque la situación a mi alrededor invitaba a ello; una fiesta, fin de semana, etc.

Ahora bebo porque tengo que hacer tal cosa o porque lo que he hecho me enfurece, me avergüenza o me pone nervioso, aunque también lo hago porque me gusta la sensación de alivio, por fugaz que sea, que sobre mi alma ejercen cinco o seis vasos bien llenos de cerveza.

En esas horas tengo más ideas y cualquier momento parece estar repleto de posibles; cada instante me recuerda a las pozas que se formaban en pleamar en una cala cercana a la casa de veraneo a la que iba con mis padres cuando era pequeño y en las que podías coger anchoas a puñados; recuerdo el tacto de los peces sobre mis inocentes palmas, el frescor, el cosquilleo, es semejante al que siento al dar un trago a una cerveza.

Luego vienen las otras horas, las de después, esas se parecen más a un mar sin peces devastado por una pesca sin control y lleno de remordimientos. Así y todo me compensa, por muy confuso que esté al día siguiente, todo se disipa con un trago.

Toda persona necesita una vía de fuga a la constante presión que ejerce la vida sobre uno.

Prefiero tener resaca que morir aplastado.

Ya he dejado de soñar con retretes que se desbordan, aunque el sueño de hoy me ha dejado un despertar algo consternado; no sé por qué.

Voy a describirlo antes de que el paso del día lo disuelva como azúcar en café. Estaba en la casa de veraneo que teníamos en Somo y a la que dejamos de ir hace más de diez años. Era mayor que entonces, arriesgaría a decir que incluso más que ahora, tan sólo unos años más. Poco sucedía en cuanto a acontecimiento se refiere, lo potente del sueño y que me ha despertado ahogado, era una sensación premonitoria de pérdida, de catástrofe. 

 

***

 

Suances, Marzo 2016.

Dificultades. Problemas. Logros. Retos. Son tan sólo palabras, pero… ¿cómo reacciona el ser humano ante tales conceptos? Dejando a un lado el pequeño porcentaje que los afronta, se podría decir que algunos huyen, otros los ignoran y los hay que, sin darse cuenta, se desvanecen en un limbo ansioso-depresivo. Yo pertenezco a este último grupo. Me gusta entender el proceso de decisión como un largo viaje. Cuando se está en la etapa inicial del trayecto tenemos la mirada demasiado elevada como para percibir las piedras y los baches con los que vamos a tropezar. Es imposible que yo, hace siete años, hubiera tenido la misma visión de la vida que tengo ahora. Ante los golpes, lo único que podemos hacer es echar la vista atrás e intentar aprender de los errores del pasado, y eso, en muchas ocasiones será inútil, puesto que el camino que nos queda por delante puede presentar unas curvas y unos peligros totalmente diferentes a aquel por el que una vez derrapamos. En resumidas cuentas: nunca se deja de aprender.

Tomar una decisión lleva implícito en su significado equivocarse. Cometer un error, a la larga, puede ser lo mismo que acertar. El relativismo nunca me ha parecido una corriente filosófica seria, pero he de reconocer que es de gran ayuda cuando uno se siente en el fondo de un pozo. “¿Fue un error o tal vez un acierto romper mi relación con ella?”. Me recordabas mucho a Mélanie Laurent. En ese momento, egoístamente, pensé que era lo correcto. Me quedaba embobado observándote cuando dejabas perder tu mirada en la lejanía, esa expresión triste, algo mística, que siempre conseguías que maridase con el entorno  por muy desfavorable que éste fuese. Tu mejor instantánea nunca la conseguí pero la obtuve a través del recuerdo y la compuso el obturador de mi mente a través de todas las horas que pasé ensimismado contemplando cómo te dejabas ir. Tú, en mitad de la muchedumbre extasiada por la música de un macro concierto con la mirada perdida, cabeza escorada, ojos bajos. A medida que el punto de anteción se aleja de ti, todo se va difuminando progresivamente. ¿Es posible que el error fuese el simple hecho de conocerla? Tal vez.

La rutina solitaria que llevo en la autocaravana deja mucho espacio al recuerdo, a la reflexión, al flagelo del reproche. A menudo pienso que no he hecho nada con mi vida, que no he sido capaz de encauzarla como es debido como en su día lo hicieron mis padres o como en realidad, lo hace todo el mundo. ¿De qué me ha servido todo si al final no tengo nada? No tengo familia, no tengo casa, ni siquiera tengo pareja. Hasta el más perdido de los usuarios que han llamado a mi puerta tiene algo de eso. Mientras dejo que se explayen, pienso: “con lo poquito que tienen y aún así, más que yo”.

Uno de los casos más difíciles con los que me he topado ha sido el de Iván, apodado Trosky, también conocido como el filósofo de la plaza de Suances. Terapia archivada por imposible debido al grado de convicción del afectado, un personaje de lo más peculiar. De familia acomodada, hijo único, quedó huérfano a los quince años. Hasta los dieciocho, la responsabilidad de su tutela recayó en su abuela. Estudió en uno de los centros más prestigiosos de Santander hasta el bachillerato y recién alcanzada la mayoría de edad se vio dueño y señor de una importante cantidad de dinero a la que habría que sumar la pensión de orfandad y dos pisos, uno en primera línea de playa y otro en una exclusiva urbanización de las afueras. Sin necesidad de trabajar, comenzó a frecuentar el mundo de la noche en el que le rodeaba, allá donde iba, un séquito de buitres. Drogas, alcohol, sexo y prostitutas de lujo. Se fundió la herencia antes de cumplir los veintiuno.

Hasta aquí, el caso de Iván sería uno más entre miles sin nada peculiar, salvo poseer el típico perfil de niño rico que comete el error de rodearse de malas compañías, pero hubo un momento, quizá entre exceso y exceso o quién sabe, en pleno éxtasis, en el que Iván tomó una decisión que a día de hoy, nueve años más tarde, sigue defendiendo a capa y espada en la plaza del ayuntamiento: vivir como un mendigo de siete de la mañana a once de la noche.

Cualquier día que cruces la plaza Viares podrás verle, cartón de vino rosado en mano, filosofar al viento y extender consignas bien fundamentadas a los vecinos de Suances, quienes detienen su paso, cruzan tres o cuatro palabras con el chico y, en algunos casos, le deslizan alguna ayuda en forma de comida, puesto que dinero no le hace falta. Por la noche, sobre todo cuando refresca, Iván emprende su camino a casa y allí duerme como cualquier otro ciudadano con techo bajo el que cobijarse.

Es cierto que en algunas noches estivales, cuando el pueblo se tiñe de luces festivas, es habitual encontrarle roncando enfundado en su mugriento saco de dormir bajo la marquesina de la plaza, porque Iván, como antes he dicho, es mendigo por convicción, y al igual que es capaz de fundamentar con argumentos de catedrático emérito la decadencia del sistema capitalista, conseguirá dejar sin palabras a cualquiera que se le acerque con la intención de proponerle otro modo de vida.

Decidí hacerle una visita por curiosidad tras comprobar que varios usuarios de la zona hacían referencia a su historia cuando acudían a mi terapia. Por sorpresa, él conocía a la perfección mi labor en la provincia e incluso me habló de varios casos que yo estaba tratando aportando jugosa información. “Imagino que a estas alturas un profesional como tú ya sabrá que por encima de todo, tratar con un adicto es negociar con un mentiroso que siempre guarda un as en la manga, una salida por la que huir de la realidad y como tal, lo más relevante de un mentiroso es lo que éste se calla. Parte de la base de que cualquier persona que llame a tu puerta va a esforzarse en exponer su historia de la forma que más le convenga, puesto que la Historia con mayúsculas, querido amigo, siempre la cuentan los vencedores”, me dijo. En Iván no había nada que arreglar, cuestiones de salud e higiene personal aparte, no hacía daño a nadie. En todos los casos en los que he trabajado siempre existe un tercero que sufre los daños del adicto, en este caso no. Ivan acude a la plaza del ayuntamiento todos los días y de siete de la mañana a once de la noche observa a la gente afrontar la vida mientras él bebe vino rosado barato y afronta la suya. Es más, me contó que había donado al gobierno de la provincia la casa de las afueras para que montasen una residencia de ancianos. “Antes era rico de dinero pero pobre de espíritu, ahora es lo contrario”, sentenció.             

La parte más gratificante de mi trabajo es ese momento en el que te das cuenta de que has ayudado a alguien y de pronto, en el cielo ennegrecido y frío de la tarde, se abre un claro por el que se cuela algo de esperanza. Materialmente hablando, necesito poco para seguir adelante. Conseguir financiación para un proyecto así es relativamente fácil, lo complicado está en el lado emocional, como siempre. Tengo cobertura de las instituciones por cuatro años, aunque últimamente cada vez me aprietan más con el tema de la publicidad, de la maldita promoción. En su momento dejé bien claro que la única estrategia de marketing que iba a aceptar era que en los edificios públicos de cada municipio se dejase un puñado de panfletos anunciando el servicio y que se mandase un correo electrónico informativo con mis datos de contacto, pero por lo visto, no tienen suficiente. Ahora me vienen con el cuento de que es necesario llegar a más gente, que para el próximo período, si el servicio se mantiene no se podrá pasar por alto la presencia en los medios así como la participación en determinados actos públicos, etc. En definitiva, pasar por el aro del sistema. Ya veré cómo me las arreglo para escapar de eso.

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