Debería controlar esa pulsión que me somete por completo a agradar al prójimo, es como si viviese continuamente en un concurso que tengo que ganar, es insoportable. En el mismo día he pasado de trabajar sobre la estructura de un libro serio a querer aparecer en una web de refritos, sátira y cotilleo. No quiero dejar de trabajar en el libro

Siento que todo el relato está configurado para gustar al gran público, siento que me he prostituido, siento unos nervios que laceran mis entrañas; es como si me hubiera comido un bocadillo de concertinas.

Por otra parte, es como si me gustase digerir comidas así, como si en el fondo, supiera que ése es el camino que debo emprender y que, de una manera u otra, acabaré por encontrar un medicamento que me permita sobrellevar el dolor.

Pienso en los clientes del martes por la tarde en el bar, en los padres cuyo único solaz es el vermú del sábado y el domingo, rezo por no convertirme en alguien así.

Tengo miedo.

PD: Últimamente sueño con retretes atascados que se desbordan. Me los encuentro atascados, los desbordo yo, luego huyo. (Mirar qué significa). Puede ser por la espera, que me consume. Ha pasado bastante tiempo desde que Lorena me dijo que a su jefe le había gustado el relato y no he recibido ninguna llamada.    

 

***

 

¿Cuál es el tiempo estipulado que se presupone para esperar una llamada? ¿Cuándo se debe interpretar el silencio prolongado como un no? Habían pasado, para mí, demasiadas semanas desde que Lorena me dijo que a su jefe le había gustado el relato y en mi caso, la situación era aún más confusa puesto que contaba con la información privilegiada de mi compañera de piso. ¿Significaba eso que le había gustado pero que no encajaba con la línea editorial del magazine? Desde luego, esa era la opción más factible. Sea lo que fuese, no quería seguir perdiendo el tiempo y convencido de que tenía que dejar el trabajo en el bar, me puse a navegar por internet y me apunté a unas cuantas ofertas en diversos portales de empleo.

Sucedió por la mañana, como casi nada. El móvil comenzó a vibrar sobre la mesa de cristal del salón y su zumbido me arrancó del mundo que Roald Dahl parecía haber creado exclusivamente para mí. En la pantalla aparecía un número tan largo que se remataba con puntos suspensivos. Descolgué, pensando que tal vez fuese de alguna de las candidaturas en las que me encontraba en “proceso de selección”. Al otro lado, una voz de hombre preguntó por mí; era cercana y amistosa; algo ronca, joven. “Seguro que tiene barba”, pensé. Se presentó como Ricardo Vesga, CEO y fundador de la plataforma “Dumb Magazine”, o lo que es lo mismo: el jefe de Lorena. Cuando hablo por teléfono necesito fumar y andar, así que dando círculos por el salón y echando humo, asimilé lo que estaba sucediendo. ¿De verdad le había gustado mi estilo?

“Realismo sucio, bukowskiano y maduro”, dijo, “no puedo creer que tengas veintitres años, eres un tipo realmente sórdido. Quiero verte mañana a las doce, Lorena te dirá dónde estamos”, añadió, y yo reí y le di las gracias por el piropo y el contestó que gracias a mí y que le llamase Richard.

Salí al balcón, grité y el perro de los vecinos de enfrente me contestó ladrando. Desde el panóptico, escudriñé a mis prisioneros y sentí unas ganas tremendas de mezclarme con el vulgo, de caminar con ellos…¡Qué achuchable parece esa señora que camina tan despacito! Escribí un mensaje a Lorena, “te lo dije, Richard también es un cochino”, contestó ella contrarrestando mi efusividad con humor.

Quedaban veinticuatro horas para la entrevista, un día entero que se me hizo eterno y que pasé con la cabeza en otra parte, completamente fuera de mí.

Fantaseé con que era entrevistado en un conocido late night y me imaginé que la gente me paraba por la calle para pedirme autógrafos, en definitiva, de todo menos mantener los pies en la tierra. “Un capítulo nuevo se abre en la vida de tu personaje, Nacho”, pensé. Tomé notas, reflexiones, diseñé diferentes líneas argumentales, pero ninguna de ellas se aproximó, ni por asomo, a todo lo que se me iba a venir encima.

Desde que recibí la llamada hasta que salí de casa para ir a trabajar al bar transcurrieron tres horas en la que no fui capaz de hacer nada. Sometido por completo a mi impaciencia y rebosante de expectativas infundadas, merodeé por el piso iniciando pequeñas tareas que abandonaba al instante a causa del estrés.

Intuí que el turno iba a ser complicado. Mi cabeza era como un globo de feria que se mece al son de un viento racheado y cuyo hilo pende de la impredecible manita de un niño. Barajé incluso la posibilidad de llamar a Elvira para decir que dejaba el trabajo, pero afortunadamente, cierta prudencia escondida me instó a frenar ante tal hipótesis.

Lo que sucede en ocasiones es que los hechos toman las decisiones por ti. Como sociólogo, el espacio que dejo al azar es muy pequeño pero como individuo, hay veces que no tengo todas las respuestas y me da por pensar que puede que exista algo más que la mera causalidad.

Cuando llegué al bar dos terceras partes de la persiana estaban bajadas dejando tan sólo ese característico y ajustado espacio por el que sólo un flexible miembro de la plantilla está autorizado a pasar. Debería rebañar mucho en el recuerdo y aún así estaría mintiendo si no reconociese que en el fondo, sentí alivio. Al otro lado, sentadas en un taburete y apoyadas en la barra como dos clientes más de un bar vacío, estaban Elvira y Janire en el día más triste y duro desde que llegaron a la ciudad.

Golpeé con los nudillos la persiana.

“¿Nacho?”, la voz de Elvira se coló como viento frío por el espacio abierto de la persiana.

“Sí, hola, ¿qué ocurre?”, contesté.

“Entra”, dijo Elvira.

Me presentó a su hija y aunque era la primera vez que nos veíamos en persona sentí que nos conocíamos de antes. Puede que fuese fruto de la labor comercial que su madre emprendió conmigo aquellos primeros días tras la barra.   

“Mi madre me ha hablado mucho de ti”, dijo Janire. 

“Espero que no haya sido de lo torpe que soy a veces con la caja registradora”, contesté.

El rasgo que definía el lazo de sangre que las unía era la forma en que sus rostros exteriorizaban la tristeza. Viéndolas, estaba claro que compartían el mismo drama y te daba la sensación de que ante todo, se apoyaban la una a la otra en los momentos difíciles.

Lo que sucedía era lo siguiente: el bulto que le habían encontrado a Fernando junto a la próstata era mucho más grande en aquel momento que cuando se lo dijeron por primera vez y calló, permitiendo que el silencio continuara devorándole por dentro durante dos años más. Un hombre bobo, de antaño, que convirtió su cuerpo en un contenedor de penas y sentimientos reprimidos y que a la pronta edad de sesenta y seis años, estaba asistiendo al fin de sus días. Bien pudiera ser ese su epitafio.

No-persona: individuo que a fuerza de negarse a sí mismo es incapaz de desarrollarse de manera natural.

Morirse cuesta dinero y conlleva mucho papeleo. Fernando estaba en el hospital esperando el momento, cuestión de horas, como mucho, días. La enfermedad le condujo a un punto en el que ni si quiera pudo ser dueño de sus funciones corporales. Un día, solo en casa con Elvira trabajando y Janire en Madrid, sin fuerzas para levantarse del sofá, se rindió y tuvo que soportar la humillación de hacerse sus necesidades encima. Fue entonces cuando llamó a Yolanda, asesora y asidua cliente del bar, y dejó claras sus últimas voluntades.

El avanzado estado del cáncer de Fernando sólo había sido la punta del iceberg del varapalo que había sufrido Elvira esa última semana. La tarde en la que me pidió permiso para salir a hacer un recado acudió a la oficina de Yolanda, y ésta le puso al día en cuestiones administrativas. El padre de Fernando dejó en herencia la casa de Bilbao a sus dos hijos; Marga, la mayor, que contrajo matrimonio a los dieciséis años y marchó con su marido a vivir a Toledo y el pequeño Fernando, eterno soltero, trabajador, reservado y solitario.

Tras un acuerdo entre los dos hermanos, Marga, con la vida resuelta en Toledo, decidió dejarle la casa a Fernando; luego éste acogió a Elvira y Janire años más tarde. Si Fernando fallece, Marga, como única propietaria y heredera directa, puede hacer con el piso lo que le venga en gana.

“Existen dos casos favorables”, le expuso Yolanda, “que ella quiera ponerla en alquiler y que tú pases a ser la inquilina…”

“¿De cuánto estaríamos hablando?”, interrumpió Elvira esperando un jarro de agua fría.

“Te lo he mirado. Veamos… todo esto basándome en el precio de alquiler de ese mismo edificio y del piso de al lado que tiene los mismos metros y que está en régimen de alquiler, ahora mismo estaría a mil trescientos cincuenta al mes sin gastos”. Elvira desechó esa opción con un  leve parpadeo y preguntó por el  segundo caso. “Otra opción es que tras el fallecimiento de Fernando, independientemente de lo que quiera hacer ella con el piso, peleemos por conseguir un periodo de seis a doce meses en el que tú podrías vivir en el piso en concepto de usufructo, sin pagar alquiler, tan sólo los gastos, hasta que consigas otro sitio donde vivir. Es difícil, puesto que no estás casada con Fernando, pero negociando con la otra parte, es factible”. Elvira optó por negociar y luchar por conseguir ese trato.      

Luego estaba el bar, esa sí que era una cuestión peliaguda. Aunque lo abrió por vez primera su padre en 1907, tras su muerte, Fernando lo compró; eso sucedió cinco años antes de conocer a Elvira, y ahora viene lo bueno: Fernando le ha dejado en herencia el bar y escrito de puño y letra su voluntad de que sea ella quien continúe con el negocio.

“¿Sabes algo acerca de esto?”, dijo Yolanda extendiéndole un sobre con facturas de teléfono por valor de  cinco mil doscientos euros. Elvira, que hasta el momento sólo había sido una trabajadora más, no tenía ni idea acerca de la contabilidad del bar salvo lo que conlleva cuadrar la caja y tratar con algunos proveedores. Todas las llamadas se habían realizado desde el teléfono fijo del bar y en el turno de Fernando, la inmensa mayoría a primera hora de la mañana, entre las siete y las nueve. “Verás, Elvira… he investigado el número y… se trata de una estafa. No sé si estabas al corriente de esto, pero…”. Yolanda tragó saliva y se lo contó.

El número pertenecía a una agencia de marketing con sede en Madrid que se dividía en varias delegaciones que se dedicaban a múltiples negocios a lo largo de todo el país. Fernando quedó inmediatamente cautivado por los servicios que ofrecía una de esas filiales: una línea caliente en la que se podía hablar con hombres y, si había química, llegar a tener citas con ellos.

¿Química? Vaya que sí la hubo, pero sólo a un lado de la línea. Fernando se enamoró perdidamente de Isaac, un estudiante de Bellas Artes de veintitrés años al que llamó todas las mañanas durante casi dos años y con el que mantuvo extensas conversaciones.

Isaac, al igual que él, había sufrido mucho en su adolescencia por llevar su homosexualidad en secreto pero en la universidad todo había cambiado; era un hombre libre.

“Yo quiero que seas feliz, Fernando, que vueles libre como el precioso halcón que eres. Conmigo lo conseguirás, ¡volemos juntos!”, le decía Isaac con una jovialidad que parecía sacada de otro mundo y de la que él, de manera inmediata, se veía contagiado.

“¿Qué tal te fue ayer en clase, amor mío?”, le preguntaba todas las mañanas a escondidas en el almacén, sintiendo su anciana voz quebrada por pasión y el ensimismamiento.

Fernando abría la persiana del bar todos los días a las siete y media de la mañana para estar a solas con su amado, y no era hasta bien pasadas las once cuando, decepcionado una vez más porque Isaac no había aparecido, la subía por completo. Una mañana, desesperado y loco de amor, le pidió su número de móvil e Isaac, cauto, le dijo: “dame el tuyo y te mandaré mensajes cuando tenga ratos libres”.

¡Qué gran día fue aquel y qué maravillosa etapa se abrió en su historia de amor! Por las tardes, no todas sino algunas, Fernando recibía un escueto mensaje de texto en el que Isaac le relataba lo aburridas que habían sido las clases, todo lo que había tenido que estudiar para tal o cual examen y las ganas que tenía de volver a hablar con él la mañana siguiente porque le había echado muchísimo de menos. De este modo, Fernando se mantuvo enamorado y expectante hasta el final de sus días, esperando que alguna mañana Isaac se asomase y desayunara con él antes de ir a la universidad.

No-persona: individuo que a causa de un amor ciego, aunque éste se construya sobre una base falsa, es capaz de desaparecer en la personalidad de su amado.

Desde luego, el chico que estuviera detrás de ese personaje tuvo que ser condecorado como trabajador del año, ya que fue capaz de mantener su papel con la profesionalidad de un actor de Hollywood y generar unos ingresos considerables para la empresa. Había noticias en periódicos locales, numerosas alertas en internet e incluso un reportaje de investigación en la televisión nacional sobre timos semejantes que habían llevado a la ruina a muchas señoras viudas cuyo único pecado consistía en ser presa de las garras de la soledad.

El caso es que si Elvira se decidía a coger las riendas del bar, además del coste del papeleo, debía asumir  la deuda. Por otro lado, para poder venderlo, estaba obligada a esperar al menos tres años. Podía rechazar la herencia sin ningún problema, pero entonces, ¿qué les quedaba? Yolanda le había dejado claro que conseguir el usufructo de la casa era complicadísimo, puesto que no estaban casados y Janire era mayor de edad. Al menos, si se quedaban con el bar, tendrían algo. Incluso un sitio donde dormir, en el peor de los casos. Ése era el drama que compartían madre e hija y cuyos rostros, de vuelta de todo, masticaban con amargura.

Ponerse a trabajar las dos en el bar de sol a sol y compartir piso era una de las opciones que barajaban. Janire, optimista y creativa a pesar de haber sido arrancada a mitad de semestre de su caro master en Marketing, propuso volver a abrir el comedor que llevaba acumulando polvo sobre los manteles desde hace una década y crear una carta fusión vasco-asiática.

“¿Sabías que éramos conocidos por ofrecer la mejor chuleta de la ciudad?”, preguntó Elvira.

“Suponía que la cadenita que cerraba el paso hacia el piso de abajo estaba por algo”, contesté, y Janire sonrió levemente.

Bajamos al comedor. Tristeza y diez años de oscuridad se aferraban a unos manteles que parecían esperar a veinte o treinta Isaacs a comer. La escena me recordó a los restos de un buque fantasma, y la fantasía de una joven dama de estilo anticuado asumiendo el plantón iluminada tan sólo por una vela derretida a punto de apagarse, fue superada por la realidad de una placa que lucía en la columna central de la sala, en la que se podía leer: “Este comedor sirvió de refugio para los honorables ciudadanos de la villa de Bilbao durante los bombardeos de la guerra civil y la posterior represión sufrida durante la época franquista”. Cuando Elvira encendió la luz la decadencia se hizo más visible. En el extremo frontal había un pequeño escenario donde dormía un piano sobre el que, con toda seguridad, se habrían derramado ilusiones, rabia y alcohol.

“Aquí podríamos hacer eventos, monólogos, micro teatro, actuaciones musicales… en Madrid hay un montón de sitios así, aquí hacen falta lugares como esos”, decía Janire al mismo tiempo que partía el alma a su madre.

Elvira no sabía si sería capaz de soportar el peso de la injusticia sobre sus hombros; su hija, el motivo por el que se levantaba todas las mañanas, obligada a renunciar a su futuro para que las dos pudieran seguir adelante.

“El mundo va a la deriva, es un hecho; si una chica joven capacitada y con ganas de comerse el mundo tiene que renunciar a su futuro para que su madre no se hunda en la miseria, es una prueba clara de que no hay nadie al mando, al menos alguien cabal, justo o mínimamente honrado”, pensé. No recuerdo a distinguir si fue el coraje de una hija que tan sólo trataba de que su madre no se viniese abajo en público, pero detecté en su forma de hablar cierto tono de asunción, como si ya contase con ello, como si desde el principio supiese que su carrera algún día se iría al garete por alguna desgracia”.

“Piénsalo fríamente, ama, ¿qué es lo que estaba estudiando? Dar una nueva imagen a un negocio y llevarlo adelante es lo fundamental de todo lo que nos estaban enseñando en Madrid. ¿Qué más da que comience ahora que después? De por medio sólo habrá un título y antes de hacerlo sola o rodeada de gente tóxica, prefiero luchar codo a codo con mi madre que trabajar para un gilipollas”. Algo se quebró dentro de Elvira cuando su hija le dijo eso.

Madre e hija tenían un plan. Madre e hija estaban cansadas y tristes mientras hablaban conmigo. Recordé la conversación que tuve con Lorena acerca de lo que su hija le preguntó cuando vio a una pareja por la calle caminar “atados” de la mano. “Desde luego, esto sí que representa una atadura en toda regla”, pensé. 

“Vamos a cerrar temporalmente el bar, Nacho, lo siento. Será hasta que pase todo lo de Fernando, pero quiero que sepas que te tenemos en cuenta, y que si necesitamos a gente, serás el primero en la lista. Bueno, claro, eso si antes no te has convertido en un escritor famoso”, me guiñó un ojo. Yo sonreí y mastiqué la  expresión “todo lo de Fernando”, a la que mi imaginación añadió olor a puro y un envoltorio de papel de periódico viejo sobre el que habían esparcido, con mal pulso, algo de purpurina.

“Lo entiendo, Elvira, no te preocupes, siento mucho que estéis pasando por todo esto”, valoré la idea de comentar la entrevista que tenía mañana y opté por guardar silencio, “tiraré hacia delante como pueda, ahora lo mejor es que solucionéis el asunto que se os viene encima, y luego ya veremos. Yo seguiré por aquí. Tienes mi número”.

Fue una despedida amarga, como todas, aunque ésta llevaba impresa numerosos aditivos que se traspasaron por ósmosis a mi piel tras el abrazo que me dio Elvira; ese “gracias por todo” que nunca se pronuncia.

Eran las cinco y media de la tarde. Finales de mayo, veintitantos grados, cielo despejado. Mi etapa en el bar había finalizado. Al día siguiente tenía una entrevista con el CEO de la influyente plataforma “Dumb Magazine” y nada más que hacer hasta que llegase el momento. ¿Por qué estaba tan ansioso? ¿Por qué me daba miedo todo? Unido al creciente remolino de pánico que avanzaba cual borrasca por mi estómago, sentí que todo mi ser se convertía en apetito, pero la bestia que me arañaba por dentro no parecía estar hambrienta. A una manzana de llegar a casa me detuve frente a un bar y entré.

“Una caña”, fue la bestia quien la pidió, no yo.

Salí afuera a fumar. A cada trago, el rugido se disipaba un poquito más. Pedí otra desde la ventana que daba a la calle y la bebí observando a la gente hacer sus cosas. Poco a poco, el nudo se iba soltando.

Eran las seis y media cuando pedí la tercera, aún tenía mucho tiempo y todavía me quedaba una sorda sensación de ahogo. Pedí una cuarta. La bestia se escondió. Ahora tan sólo era yo, tranquilo, en una tarde de finales de primavera, observando al mundo desde la torre, sin vértigo. ¿Y si bajo del panóptico y charlo con mis prisioneros?

“Ponme una más, por favor”, dije, “qué bien se está aquí hoy, hace tiempo que no disfrutaba de un momento tan tranquilo y relajado”, añadí con la boca algo pastosa y juntando las sílabas. No bastaba con esconder a la bestia, había que taponar el agujero de su guarida y para eso, la quinta caña puede ayudar. Crucé unas cuantas frases con el camarero, un señor muy amable, y a la conversación se unió una encantadora viejecita del fondo de la barra.

De pronto sentí que no pasaba nada sino complacía continuamente a los demás, que no necesitaba la aprobación ni el afecto de nadie, salvo el mío propio. Todo lo que había hecho anteriormente estaba bien y si no, daba igual.

Dramas y cargas históricas se convirtieron en bolitas de papel a encestar en la papelera. Pleno en todas. Era yo, viviendo mi vida y todo lo que estuviese por venir, vendrá. 

Este clic que hay en mi cabeza y me tranquiliza. Tengo que beber hasta que se activa. Es algo mecánico […] Simplemente todavía no tengo el nivel correcto de alcohol en la sangre”. Tennessee Williams. La gata sobre el tajado de zinc

(Nota subrayada varias veces y escrita presionando en excesivo el bolígrafo sobre el papel)

Cuando llegué a casa Avril estaba haciendo los deberes y Lorena estaba preparando la cena. Le ayudé a Avril con las matemáticas, puse la mesa y vigilé las patatas en la sartén mientras Lorena contestaba a un email importante. Pasamos un agradable rato juntos. Me tomé dos cervezas más mientras tanto, antes de cenar. Por la noche, Lorena y yo compartimos unas cervezas y charlamos sobre la entrevista del día siguiente con Richard. Me puso al tanto de las cosas. Me dio unos consejos.

“Te veo diferente, más relajado, con ilusión, más tú”, dijo.

“Sí, lo sé, yo también lo noto. He tomado la decisión de ser yo mismo a partir de ahora”

“Nunca es tarde”, contestó.

Brindamos.

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