Todo cambió meses después de cumplir veintitrés años tras sufrir un grave accidente: una colisión frontal contra un septiembre que apareció de la nada, sin la obligación de emprender la rutina de un nuevo curso. ¿Y ahora, qué? El encomiable esfuerzo que hice durante cinco años por integrarme, tener un grupo de afines y participar en procesos de interacción social típicos de la vida universitaria, se disolvió cuando el sistema me puso la etiqueta de Licenciado. Debido a eso, fui devorado por un tornado de negatividad que hizo temblar los cimientos que hasta entonces me habían sujetado a la vida. Durante el vendaval sentí pánico, pero en las horas que estuve dando vueltas por el aire, imágenes y recuerdos de la edad sin cargas se proyectaron sobre las arremolinadas paredes que formaban mis propios pedazos y conseguí, al menos, un minuto de paz.

Mi vida se puede resumir mediante una cronología de choques traumáticos contra el cambio de los cuales me recupero creando entorno, vida y costumbres desde cero; una labor que me deja agotado y que es muy frustrante, ya que cuando parece que he conseguido reconstruir un nuevo ecosistema a mi alrededor, un desastre natural lo arrasa todo y tengo que volver a empezar. Desde adolescente padezco lo que Tennessee Williams denominó como “proceso de pensamiento complejo y terrorífico de la vida humana”, o lo que es lo mismo: ansiedad.

He de reconocer que estudiar Sociología me sirvió para adoptar un pensamiento crítico y cierta amplitud de miras, pero más en profundidad, creo que el legado más sólido que me dejó fue una minuciosa obsesión por el análisis de la vida cotidiana del individuo.

Otra de mis pasiones siempre ha sido la literatura. Todos mis autores favoritos, sin excepción, tienen tres rasgos en común; uno estrictamente biológico: están todos muertos; otro patológico: pasaron por una vida muy dura que intentaron ablandar abusando del alcohol y por último, uno social: ninguno vivía con sus padres cuando tenían mi edad.

Mis ensayos y trabajos durante la carrera tenían el singular rasgo de tratar de acercar la sociología a la literatura, liberando a la primera de las ataduras de la disciplina con la frescura no por ello menos seria de la narrativa. Durante un larguísimo, caluroso y vacío verano post licenciatura repleto de noches de insomnio, tuve mucho tiempo para pensar lo que quería hacer.

Tras muchas vueltas sudando las sábanas de una cama de noventa en la misma habitación que estuvo una vez mi cuna, decidí que quería escribir un libro que diera respuesta a muchos de los interrogantes que nos mantienen en vela durante la noche. Un texto que desde el punto de vista analítico plasmase los miedos del individuo moderno; algo tan pretencioso como las intenciones de un joven que en los primeros años de la crisis económica quería volar del nido para crear una obra que dejase huella en el pensamiento occidental.

“¿Por qué no sigues estudiando? Si lo que quieres es independencia matricúlate en el Máster de Recursos Humanos de la Carlos III de Madrid y el segundo cuatrimestre te mandamos a Londres”, dijeron mis padres. Me quedé asustado del concepto que manejaban mis progenitores de independencia; convertirme en un paquete que puede ser enviado a cualquier capital europea a mitad de un carísimo curso. Rechacé tajantemente la propuesta y ese mismo día comencé a planificar mi aventura de emancipación. Ellos creyeron que su hijo necesitaba un año sabático antes de tomarse la vida en serio, como una pausa en la trayectoria estipulada y prescrita hacia la vida adulta que todo ser humano debe emprender algún día.   

Con muy poco dinero ahorrado y la esperada desaprobación de mis padres, me lancé a la calle. Conseguí un trabajo a media jornada en un bar rancio del centro de la ciudad y una habitación en una pensión de dos estrellas que habían dejado de brillar hace decenios. Era algo provisional, y el optimismo que irradiaba por aquellos entonces unido al romanticismo de pensar que estaba siguiendo los pasos de mis referentes literarios, me impulsaba a verlo todo color de rosa.

La mayoría de los inquilinos de la pensión eran prostitutas y vagabundos con diversas adicciones que acosaban a las prostitutas. De vez en cuando, irrumpía en el pasillo el chulo de alguno de ellas y se formaba una trifulca que Dana, dueña de la pensión, disolvía con la actitud propia de un antidisturbios. Si la pelea era multitudinaria echaba mano de la pistola eléctrica, si sólo se trataba de una persona, le bastaba con sacar a pasear el bate de beisbol que escondía bajo el mostrador de recepción. “No sé por qué tú estar aquí, pero si pagas a final de semana y no líos, no habrá bate”, me dijo una vez con marcado acento de Europa del este cuando aún gemía en el suelo un tipo de cabeza rapada y tatuajes en el cuello.

Si crees que sucesos de ese tipo pueden llegar a estimular el impulso creativo de alguien ávido de experiencias, desde luego no es mi caso, puesto que además de contribuir a acrecentar mi ansiedad, me dejaban días tocado, triste, melancólico y, aún si cabe, más solitario de lo normal; consecuencia indirecta de haber padecido una notable carencia de afecto en el entorno familiar.

Por la noche, tras comprobar que el exterior estaba libre de amenazas, salía al pasillo, caminaba de puntillas hacia el baño compartido que había al fondo y me daba una ducha que liberaba a mi piel del sempiterno olor a fritanga. Limpio y perfumado, ya de vuelta en la habitación, rompía el papel de aluminio que envolvía la bandeja de pinchos sobrantes y cenaba algo.

Era tímido, reservado, me relacionaba lo justo y me conformaba con poco. Mi habitación, el trabajo en el bar, ganar dinero para mantenerme, leer y escribir. Mi independencia. Mi estado embrionario. Mi mundo interior.

El turno en el bar era de cuatro de la tarde a once y media de la noche, así que las madrugadas me las pasaba leyendo y plasmando en una libreta sensaciones que olían a nuevo.

Hotel, no lugar donde el individuo transita sin dejar huella de su ADN social. Dichas interacciones pueden ser con no-personas.

El bar lo regentaba Fernando de siete a doce de la mañana y Elvira de doce a cierre, que por norma era a las once de la noche. Janire, hija de Elvira, ayudó a su madre en el turno de tarde hasta que se fue a Madrid a estudiar un master. Elvira, con ese aspecto canalla de estar donde no le corresponde o de haber sido grupi de Obús cuando era más joven, se conservaba mejor que bien a sus cuarenta y tantos. Fernando, considerablemente mayor que ella y mucho menos agraciado, representaba el cliché de tabernero de libro: señor serio, parco en palabras, verruga en la nariz y pantalón de tergal.

Elvira invirtió los primeros días de convivencia tras la barra en promocionarme a su hija; me enseñaba fotos en el móvil y me decía lo buena que era en tal y cual cosa, como si con ello paliase el síndrome del nido vacío y, al mismo tiempo, quisiera emparejarme con ella. No hacía ninguna referencia a que Fernando fuese su pareja, sin embargo, cuando éste se pasaba por el bar a tomarse el güisqui de media tarde, ella callaba y cambiaba radicalmente su actitud hacía mí. Por eso deduje que, como poco, las cosas no iban bien entre ellos. Pasadas un par de semanas, incluso llegué a pensar que la razón por la que me habían contratado era que ambos querían pasar juntos el menor tiempo posible.

El pliego hacia el mundo interior, esa tendencia a no exteriorizar, el encierro voluntario y la soledad inducida por miedo a la interacción, dan como resultado la somatización de los sentimientos, convirtiendo, por ejemplo, la atracción física en amor platónico.

En apenas un mes desarrollé una fijación obsesiva hacia Elvira. El roce tras la barra, los cigarros en el almacén o los minutos antes del cierre con el local vacío recogiendo las mesas de la terraza y apilándolas en una esquina, eran momentos que mi mente cocinaba como fantasías sexuales para degustar a posteriori en la soledad de la habitación. Una de mis favoritas era  la de que tras bajar la persiana, ella se acercaba y me decía al oído en voz baja que no quería ir a casa, que allí no le esperaba nadie, salvo demasiada soledad. Yo le invitaba a unas cervezas en el bar de abajo de la pensión, allí reíamos, nos emborrachábamos y luego subíamos a mi habitación y hacíamos el amor.

La clientela del bar era variada. En mi turno, los días de labor predominaban jubilados con diferente rango de alcoholismo y viudas con diversos grados de dependencia. Los sábados y domingos entraba un rato antes de la hora punta del aperitivo y lidiaba con familias y niños gritando por todos lados. Libraba los viernes. Era estresante, sí, pero me pagaban bien.

Los martes por la tarde era el día de la “euro caña” a partir de las seis y hasta el cierre. Me gustaban los martes. El bar se llenaba de bebedores profesionales de cerveza y la mayoría de los clientes eran de mi edad, aunque reconocía entre ellos a alguno de los padres que venían al vermú del fin de semana. Afortunadamente, acudían a la cita liberados de sus parejas y de sus estridentes hijos, por lo que gozaban de una tarde de asueto entre colegas que la estiraban bebiendo como caballos en un abrevadero y poniendo ojitos tiernos a las chicas jóvenes. Mi imaginación se disparaba y de pronto visualizaba a uno de esos niños preguntando: “¿Mamá, qué le pasa a papá los martes? Viene a casa tarde y parece triste. ¿Por qué habla tan raro? ¿Está enfermo?”.

A menudo, los niños, desde su peculiar ingenuidad, demuestran una lucidez que ya la quisieran para sí muchos adultos. Tristes y enfermos, así me parecían muchos de los clientes del bar tras la riada de cerveza que se echaban al gaznate.

Hombres y mujeres que se plantaban en el bar para vaciar un vaso tras otro sin ningún motivo aparente, salvo el de pedir un vaso más para volverlo a vaciar. Sí, por aquellos entonces me cuestionaba ese tipo de cosas. Aún era capaz de pedirme un refresco o simplemente no acudir a un bar en mi tiempo libre, y no es porque trabajara en uno, sino por la sencilla razón de que no me atraía esa forma de ocio.

Me hice socio de una biblioteca que me pillaba de paso entre la pensión y el bar y pedía prestados infinidad de libros en los que me sumergía por la noche en busca de respuestas. Anotaba las reflexiones más significativas en mi libreta.

“El alcohol, también conocido como etanol, es un estupefaciente y un sedante del sistema nervioso, con unos efectos tremendamente complejos sobre el cerebro. En pocas palabras, interfiere con la actividad de los neurotransmisores, las sustancias químicas con las que el sistema nervioso transmite información por el cuerpo. Sus efectos pueden dividirse en dos categorías. El alcohol activa las vías de placer-recompensa mediante la dopamina y la serotonina. En términos psicológicos este efecto es conocido como refuerzo positivo, ya que seguir ingiriendo la sustancia conduce al placer. Pero el alcohol también funciona como refuerzo negativo, puesto que afecta sobre la actividad de los neurotransmisores inhibidores, que debilitan la actividad del sistema nervioso central.

El resultado es sedante y se produce una reducción de la actividad cerebral.

Estos efectos sedantes dotan al alcohol de la capacidad de reducir la tensión y la ansiedad. Comprender que el alcohol es capaz de aliviar la ansiedad significa que para los individuos capaces de caer en él puede convertirse rápidamente en un modo de combatir el estrés”.

*¿Probar la vía Cheever?

Yo, por el momento, sólo era un chico tímido que padecía ansiedad y un miedo generalizado a la mayoría de las cosas. Aún estaba en la etapa light de mi vida. Una de las notas que más enmarcada estaba en las páginas de mi libreta pertenecía a John Cheever, uno de mis máximos referentes literarios.

“Para el próximo compromiso que amenazaba con despertar mi timidez, compré una botella de ginebra y me bebí cuatro dedos a palo seco. Los invitados eran brillantes, buenos conversadores y cosmopolitas; y yo también”.

*No lo veo, al alcohol, como algo peligroso en lo que poder caer*

*Ver nota anterior*     

No sé la de cañas que podíamos servir en la tarde de un martes entre los dos, pero puede que el número se aproximara a las veces en las que yo, furtivamente, me dejaba caer por el escote siempre firme y generoso de Elvira. También era asiduo a los ebrios retazos de las conversaciones que me llegaban desde diversos flancos y que llenaban mi cabeza de hipótesis sobre la singularidad humana.

Uno de esos martes conocí a Lorena. Entre toda la fauna descrita había una chica que solía venir con una amiga y que juntas, destacaban por su tranquilidad. Solían sentarse en una de las mesas de la terraza, como mucho se sacaban tres rondas y hablaban de sus cosas en una frecuencia moderada muy por debajo del ruido imperante, lo que elevaba al máximo mi sentido arácnido de cotilla junta letras. Desde dentro, intentaba deducir por sus gestos lo que podían contarse en sus quedadas semanales, así que era fácil pillarme observándolas tras la barra más de lo debido. Elvira no tardó en darse cuenta.

“¿Cuál de ellas, la rubia o la morena?”, me preguntó un día, y yo no supe qué contestar. Lo peor no fueron mis balbuceos sino que mis pupilas aterrizaron de nuevo sobre su escote y ella me pilló. Soltó una ronca carcajada y dibujó un gesto que me recordó al que ponen las chicas cuando ven a un gatito, cosa que me sentó a cuerno y que automáticamente nos colocó en una posición muy diferente dentro de la fantasía de amor platónico que yo había construido en torno a los dos.

A partir de ahí algo cambió. Al descartar unilateralmente y tan sólo por un gesto la posibilidad de que nos acostásemos algún día, caí en la cuenta de que eso era lo único que me mantenía en pie para aguantar la rutina del día a día. Aún no había descubierto el alcohol y mi cerebro, dentro de sus limitaciones, permanecía libre.

Bar-pensión-bar. Bar-no-lugar-bar = no-persona.   

Necesitaba algún tipo de motivación romántica para seguir adelante con mi plan de vida, así que cambié el chip y me puse una meta: ahorrar y buscar dos cosas, un trabajo nuevo y un piso en el que vivir.

Si quería escribir, debía encontrar un trabajo que me dejase algo más de tiempo libre, y sobre todo, vivir en condiciones, en una casa con baño propio, cocina y esas cosas. En un hogar. En un “lugar” antropológico.

Trabajo-lugar antropológico-trabajo = ¿Persona?. 

Los días restantes, inconscientemente, los pasé esperando a que llegase el martes. Algo había en esa chica que me empujaba a conocerla. No era atracción, era como una intuición a nivel abstracto. Por cierto, era la rubia. Con la mente en otra chica, Elvira comenzó a buscar mis ojos. Quizá echase en falta sentirse deseada. Yo no la evitaba, pero sí interpuse cierta distancia entre los dos tras la barra. Un sábado al mediodía me pidió ayuda para mover unas cajas en el almacén y allí, apoyados en la pared, charlamos un rato. Recuerdo que despotricó sobre los gritos insoportables del crío de los Asensi y que yo detecté en su mirada lo mucho que echaba de menos a su hija. Luego, cambiando de tema, me tanteó con habilidad y experiencia.

“¿Te pasa algo? Te noto raro”, carantoña.

“No, estoy bien, sólo es cansancio”, mirada esquiva.

“Tranquilo, ya queda menos para el martes”, guiño. Al otro lado tan sólo barullo y gente con poca paciencia esperando a ser atendida. Me besó en la mejilla y añadió sentidamente: “volvamos a la jungla, te necesito allí conmigo, no se que haría sin ti ahí dentro”.

Como de costumbre, el martes llegó acompañado del séquito habitual de borrachos. Las chicas solían llegar en hora punta, sobre las ocho de la tarde, cuando el bar estaba repleto de gente exaltando su normalidad a pleno pulmón.

Cuando llegó la hora su mesa no estaba libre, y me preocupó que pasaran de largo hacia otro bar. A las ocho y cuarto, cuando estaba concentrado en igualar la espuma de seis cañas tostadas, sentí la calidez de Elvira a mis espaldas, esperando su turno.

“Hoy es tu día de suerte, las chicas están dentro, sentadas a la esquina de la barra. Todas para ti”, remató la frase con una palmadita en mi trasero.

Aquel día las dos amigas traían más sed de la habitual y aumentaron el ritmo de las rondas. Se veía a la legua que ambas cargaban con problemas que querían diluir en malta barata. La morena se llamaba Itsaso y estaba harta de su novio. La rubia era Lorena, y para mi sorpresa, tenía una hija. Me gustó cómo combinaban silencios despreocupados que rompían bruscamente con grandes verdades escupidas a la cara con el buen hacer de quienes se conocen desde la infancia. Ninguna de las dos fumaba, así que disfruté de su presencia prácticamente hasta la hora del cierre.

Les serví unas seis u ocho cervezas a cada una y me rendí ante la frescura con que intentaban meterme en su conversación, crucé alguna palabra con ellas pero mi participación fue trivial y no me atreví a entrar en el núcleo principal: Lorena buscaba compañero de piso. Una timidez forjada en colegio de curas y aulas donde las chicas brillaban por su ausencia me impidió dar el paso y ofrecerme como candidato. Me compadecí de mí mismo: “quizá sea demasiado pronto, hubiera sido un tanto descarado” y cosas así. Como si llevar cinco meses transitando un no lugar soportando gritos en rumano, televisiones a todo volumen, vomitonas en el baño compartido y cucarachas en el pasillo, no fuese suficiente y tuviera que soportar aún más tiempo esa penitencia.

Lorena e Itsaso se despidieron algo achispadas. Nervios de punta. Decepción, tristeza y recogimiento, pero aún me quedaba una baza por jugar. Un descuido debido a la climatología de aquel martes que despertó con tormentas matinales que fueron amainando por la tarde, hizo que Lorena se olvidase el paraguas en el bar. Cuando me di cuenta, ya se había ido, así que lo guardé en el almacén con la esperanza de que se convirtiese en una garantía para poder entablar una conversación en caso de que volviese a recogerlo.

Podría haberse pasado a primera hora de la mañana cuando sólo estaba Fernando atendiendo a los currelas que no tenían tiempo ni ganas de desayunar en casa, o a mediodía, en el rato que Elvira pasaba sola en el bar antes de que yo llegase, pero no, Lorena entró con su hija y cara de resaca media hora después de que yo empezase el turno del miércoles. Era el momento del café de las viudas con diferente tasa de dependencia y antes de que llegasen los jubilados con diverso grado de alcoholismo. Un momento silencioso y parpadeante, triste a más no poder. Me había pasado la noche en vela lamentándome por no haber dado el paso, así que en cuanto la vi entrar por la puerta con gesto “de tengo prisa y quiero mi paraguas”, fui al grano.

“Menos mal que hoy no ha llovido por la mañana, toma, aquí lo tienes. Por cierto, ayer os escuché decir que estabas buscando compañero de piso…”

“Mamá, tengo sed”, interrumpió la niña desde abajo, y yo le serví un vaso de agua acompañado de un chupa-chups de fresa. Lorena me devolvió una sonrisa y su rostro se relajó.

“Pues sí, mi compañera se va a trabajar a Londres y se queda una habitación libre. No nos vendría bien compartir gastos, ¿verdad, Avril?”.

“¿Sabes hacer tortilla de jamón?”, dijo la niña desenvolviendo con maña el chupa-chups.

Contesté que sí y añadí sonrojándome:

“Aunque bueno, igual estabas buscando una chica…”.

“No, no estaba buscando nada en concreto, ¿Tienes animales?”.

Respondí que no, dudando si era lo que ella esperaba.

“Yo sólo uno, y se llama Avril”, contestó ella.

“Encantado de conocerte, Avril, yo me llamo Nacho”.

“¡Hola Nacho me llamo Avril!”, gritó la niña celebrando que por fin había desenvuelto el chupa-chups.

“Yo me llamo Lorena”, dijo.

“Sí, lo sé, lo escuché ayer”.

“¡A mi mamá le gusta la cerveza!”, gritó de nuevo.

“Eso está bien, tú mamá de vez en cuando necesita un descanso”, añadí. Reímos, y de pronto sentí que se generaba lugar en torno a los tres. Elvira, al fondo, nos observaba triste.

“Pásate por casa esta semana y te la enseño, está aquí al lado. Ah, es exterior. Aquí tienes mi dirección y éste es mi número de teléfono, ya cuadraremos horarios para quedar. Son cuatro cientos con gastos incluidos”.

“Está bien, me parece adecuado”, contesté, y me guardé la servilleta donde Lorena había escrito sus datos. Puede que parezca un dato insignificante, pero me gustó que echase mano de bolígrafo y papel antes que del móvil. Aunque superior a lo que yo esperaba, ese debía de ser el precio a pagar por vivir en un lugar. Transitar por un no-lugar me había costado doscientos ochenta al mes, así que consideré que la diferencia tenía que merecer la pena.

El resto del día transcurrió extraño. Ahora era Elvira la que estaba distante y yo, efusivo y alegre, la buscaba con bromas o chistes malos pero ella me esquivaba con paños fríos. No quería contagiarme de ningún atisbo de negatividad, así que llegados a un punto, decidí no insistir más.

Siempre me ha llamado la atención lo caprichoso que es el acontecimiento. Puedes esperarlo durante años, que sucederá cuando a él se le antoje. En este caso yo ya había dejado de esperarlo, hacía semanas que mi cabeza estaba en otra parte. Ya no fantaseaba con Elvira y además, estaba cerca de avanzar en mi proyecto de vida; mi cabeza se disparaba colmándose de expectativas. Sentía que era mi momento, pero a veces basta con pasar página para que una ráfaga de viento la vuelva, ofreciéndote un pequeño giro de guión.

Llegó el momento del cierre. El ruido de la persiana se apropió del ambiente, victorioso, como un ejército de élite. Yo llevaba todo el turno pensando en mis cosas con la cabeza a mil por hora, y de pronto, escuché a mis espaldas unas palabras arrancadas de un pozo abandonado.

“No me apetece ir a casa, allí no me espera más que la soledad”, dijo Elvira. Cada sílaba pronunciada maridó a la perfección con sus ojos tristes; casi pierdo el equilibrio. ¿Estaba sucediendo de verdad, ahora? Sí, lo estaba, ya que todo tenía el filtro pequeño y decepcionante que la imaginación se empeña en esconder.

“A mí tampoco me espera nadie, ¿quieres que vayamos a tomar algo por ahí?”, dije.

“Vaya que sí, jamás he querido algo tanto”, contestó Elvira.

Aprendí que los miércoles, en determinadas cavernas horteras, se celebraba el día del hostelero. Para ser exactos, más que una celebración era una marca en el calendario no oficial de la ciudad, una especie de quedada boca a boca en la que los tira cañas como nosotros, disfrutaban de su noche. Elvira se manejaba bien por esos garitos de mala muerte y conocía a mucha gente.     

“Pero no lo entiendo, si los hosteleros salimos el miércoles y vamos a otros bares, ¿quién nos sirve las copas? ¿Quién cierra las persianas? La chica que nos acaba de servir este gintonic, ¿qué es, voluntaria o se trata simplemente de intrusismo laboral?”, dije pegado al oído de Elvira. La hice reír, estaba guapa. Los dos estábamos borrachos y parecía que nuestra piel contenía carga positiva. Trago tras trago y muy pegada a mí, Elvira me contó su historia.

Resulta que no estaba casada con Fernando, es más, él ni si quiera era el padre de Janire. Ella y su hija llegaron a la ciudad hace veinticinco años, Janire lo hizo dentro del vientre de su madre. Las dos huían de un cabrón maltratador con licencia de armas y una placa que le hacía sentir el amo de un pueblucho del interior de España. Vagando de pensión en pensión, de albergue en albergue y de trabajo en trabajo, fueron malviviendo y tirando hacia delante.

Se salvó de caer en las garras de la prostitución gracias a un hombre bueno y compasivo que había heredado el bar de su recién fallecido padre y al que se le cayó el alma a los pies cuando vio que Elvira no tenía dinero ni para pagar el vaso de leche caliente que había pedido para su hija. Ese hombre era Fernando, que le atendió tras la barra del mismo bar cuya persiana acababa de bajar hace unas horas.

Fernando era ya por aquellos entonces un hombre mayor y muy tradicional, entrando en los cuarenta y al que no se le había conocido novia formal, cosa que preocupaba mucho en su entorno más cercano. Inexperto, cegado por la premura y la presión social, Fernando ofreció a Elvira un trabajo y un techo bajo el que pasar una noche. Pasaron días, semanas, meses, y Fernando no ponía ninguna pega en cuanto a que Elvira y Janire siguieran en su casa, que era grande y la soledad volvía estrechas sus paredes. De la noche a la mañana tenía una familia de la que hacerse cargo. ¿Qué problema podía haber? Además, lo mejor de todo era que había conseguido callar los rumores del barrio y a pesar de que aún tenía que soportar algunas miradas que no le gustaban nada, todos parecían estar al fin contentos.

No es que Fernando, físicamente hablando, fuese del gusto de Elvira, pero tras varios meses durmiendo en su casa en habitaciones separadas, una noche en la que cenaron y la niña ya estaba dormida pero el vino seguía dando guerra, Elvira quiso agradecerle todo lo que había hecho por ellas, y como no tenía dinero, quiso obsequiarle con su más preciada posesión: su cuerpo. Quitando la cicatriz de la cesárea que por entonces aún no la había disimulado con un tatuaje, Elvira se descubrió ante él con la seguridad que le daba tener un cuerpo que podía quitar el hipo tanto a hombres como a mujeres, pero la reacción que se encontró  aquella noche fue nueva para ella. Más que rechazo, fue una indiferencia tan dura como el cemento fraguado.

La duda convivió con ella muchos años, hasta que se la solventaron de una bofetada. Esto sucedió unos años antes de que Janire marchase a Madrid a estudiar. Aprovechando que en la televisión anunciaban el desfile del día del orgullo gay y que estaban emitiendo un reportaje de cómo habían cambiado los tiempos, Elvira comenzó a insinuar algo acerca de que ser libre y sentirte bien contigo mismo te hace ver las cosas de otro modo, ya que aceptarte tal y como eres y ser feliz es fundamental para vivir en paz. Ella tan sólo quería que el hombre que le había salvado la vida fuese feliz de la forma que sea y con quien sea, hombre o mujer, pero Elvira no pudo acabar su argumentación. La primera vez que Fernando le puso una mano encima lo hizo de la peor forma. Pasmada, se quedó mirándolo a los ojos. Fernando, incapaz de contener la rabia, dejó que ésta fluyera por su cuerpo haciéndole temblar. Antes de levantarse del sofá y marcharse a su habitación, añadió: “te permito seguir viviendo aquí porque no tienes donde caerte muerta, pero juro por Dios que después de lo que has dicho, dejaba que te pudrieses en la calle”.

Después de conocer esa triste historia quise quitar hierro al asunto, y asumiendo el riesgo de parecer insensible, me centré en el asunto de sus tatuajes. Recorrí sus brazos hasta la punta de los dedos y, ejerciendo una leve presión, mostré curiosidad por los que no se veían. Ella me mostró la delicada obra de arte que disimulaba la cicatriz de su cesárea empujando la cintura de sus vaqueros muy por debajo de lo estrictamente convencional, y el leve roce de mis yemas pidiendo más espacio sobre la suavidad de su piel bastó para que nos fundiésemos en un hambriento beso.

De camino a la pensión Elvira retrasaba la llegada parándose en cualquier esquina, y en determinado momento, me pareció incluso que se le escapaba alguna lágrima. Yo estaba borracho y excitado, y cada vez que ella se paraba, nuestras palabras se iban acercando cada vez más hasta que se silenciaban contra una pared o en la entrada de cualquier portal.

Me acordé de la canción de Joaquín Sabina. Pero no nos dieron las tres, ni si quiera las doce y la una. Elvira quería un cuerpo al que abrazar, alguien con quien pasar una noche en cama sintiendo la cercanía de un cuerpo. Llevaba más de diez años sin mantener relaciones sexuales. Por supuesto, la respeté. La realidad es imperfecta, está plagada de fallos y aquella noche, los abracé a todos. La luz de la televisión realzaba la suciedad de la habitación. Sábanas arrugadas. Desnudos los dos, mirando al techo. Elvira, por momentos lejos, a veces cerca; piel contra piel. Olor a humedad. Tras varios minutos de silencio, se volvió y sentí el valle que formaban sus senos adaptándose a mi hombro. Dejó que sus dedos se enredasen en el vello sudado de mi pecho.

“Me dais envidia los jóvenes de ahora. La chica que se dejó el paraguas en el bar me recordó a una versión hiper mejorada de mí cuando tenía su edad. Te vas a ir a vivir con ella, ¿verdad?”, preguntó.

“Sí, bueno, eso espero, no quiero continuar así toda la vida”, contesté señalando a mi alrededor.

“¿Cuál es tú plan?”, preguntó.

“¿A qué te refieres?”, dije.

“Todo el mundo tiene un plan en la vida, ¿cuál es el tuyo?”.

“Quiero ser escritor”, contesté. Elvira se incorporó y me miró a los ojos.

“Vaya… ”. Sus dedos descendieron, jugando por mi estómago. La cercanía de sus labios y el roce de su aliento me provocó una erección que acabó por encontrar su mano. “Vaya…”, susurró entonces, arqueando una ceja. “¿Me prometes una cosa?”. Besó mis labios brevemente, después mi cuello, luego mi ombligo…

“Claro…” conseguí pronunciar anhelando el tacto de sus labios allí abajo.

“Cuando te hagas famoso y tus novelas sean un éxito, ¿te acordarás de mí?”, el propio concepto de placer envolvió todo mi ser. “¿Sacarás un rato para venir a verme al bar, donde seguro que seguiré, y me llevarás a un sitio bonito aunque sólo sea por unos días?”.

Todo el universo se convirtió su boca.

“C-claro, por supuesto que lo haré”.

Relaciones efímeras. Sueños pequeños de no-personas que transitan un no-lugar. 

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