SER GIGOLÓ

Febrero 2009

 

Mi círculo de conocidos por aquel entonces se reducía a un grupo de retrasados que vomitaba pastillas enteras en los suelos de las discotecas y que pretendía hacer de ello un estilo de vida. Yo trataba de mantener cierta distancia respecto de aquella panda de drogatas, pero me lo pasaba bien con ellos. No veía más opciones y al fin y al cabo, era un modo de salir de casa, de sentir que participabas en ese proceso sobre el que tanto énfasis ponían los profesores de la universidad en las clases: Socialización.

Pero una noche apareció ella y me mostró una alternativa. Y lo hizo de la mejor  forma, como una profesional. Estábamos en una macro discoteca del puerto deportivo de Mallorca hasta las cejas de cristal, todo era de color lila y yo me había dejado perder por la pista en una de mis incursiones en lo más profundo de la noche. Sí, así me gustaba llamarlas, y por ello, a todo lo que habían llegado mis amigos era a apodarme el filósofo cazador. No se les podía pedir mucho más. De lo único que me arrepiento de aquella época es de los piercings, la ropa y el peinado que llevaba. En medio de la pista, solo, di un largo trago a la copa y me saqué con la lengua varios trocitos de muelas traseras que se me habían adherido a los carrillos. La presión que ejercían mis mandíbulas era semejante a la de un caimán en ayunas. «Ya es hora de que empiece a suceder algo», me alenté, «se supone que esto es el puto paraíso y todo eso». Barriendo la sala con mis pupilas talla XXL, ella se cruzó en mi campo de visión. Estaba algo por encima de la franja de edad que me solía marcar, pero el vestido que llevaba hizo que lanzase al instante y por la ventana, todos mis parámetros.

Me estaba mirando de forma sólida, mandándome unas señales tan directas que mi polla entumecida por las drogas se agitó bajo la presión de Calvin Klein. Estaba apoyada en la barra e ir a la barra a pedir otra copa siempre entraba dentro de mis planes más inmediatos. Así que fui, hipnotizado, porque sin hacer nada, ella parecía saberlo todo. Mientras me acercaba, con sus gestos parecía construir sobre el aire unas paredes para aislarnos de la muchedumbre, del calor, de los gritos, de la música y todo eso.

––Hola ––dije una vez dentro, a solas con ella.

––¿Qué bebes? ––pregunto sin más.

––Ron con cola ––contesté. Se parecía más al inicio de una reunión informal que a cualquier otra cosa, pero le seguí la corriente. Me sacó la copa. Bebí.

––¿Venías a por algo más? ––añadió.

«Fascinante», pensé.

––Sí, a por ti.

––Bueno, pues aquí me tienes.

––Me llamo…

––No pierdas el tiempo, cariño.

De manera torpe pero efectiva, fui al grano y abandonamos la discoteca dejando las copas a medias. No me despedí de mis amigos.

Le hizo una seña al aparca coches de la disco y un BMW descapotable negro se plantó delante de nosotros. Con una leve mirada me instó a incorporarme al alto standing.

Durante todo el viaje hasta su casa, un inmenso chalet en las afueras oculto entre la vegetación de una colina, se preocupó de mostrarme los beneficios de una vida lujosa y lo mucho que podías conseguir si eras inteligente. Yo sólo quería follármela.

En el salón, y recostados los dos sobre un gran sofá de cuero blanco con cheslón, se abalanzó sobre mí y me exprimió como a un pomelo un día de resaca. También lo hizo sobre la alfombra, sobre la encimera de la cocina, en la tumbona de la terraza y en la piscina. En todo momento me sentí, además de bien, como si estuviese en una rara entrevista de trabajo, como si más que follarme quisiese ver cómo me lo montaba y el aguante que tenía. Cuando salimos de la piscina me quedé allí plantado sobre el rugoso y duro suelo, mojado, desnudo, sintiendo la brisa fresca del amanecer susurrando entre mis testículos vacíos y arrugados. Al de poco me tendió un albornoz que parecía estar hecho de nubes de agosto, y luego trajo dos cócteles. No sé ni cómo ni cuándo los había preparado, aunque eso ya, a estas alturas, era lo de menos. Nos dejamos caer sobre  tumbonas separadas y disfrutamos viendo el amanecer.

––¿Qué te parecería hacer esto por dinero? ––preguntó.

––¿El qué? ––respondí, confuso.

––Todo esto, vivir, follar, conocer mundo.

––Vaya… quieres decir… ¿ser gigoló? ––sonrió de manera condescendiente.

––Esa es una expresión en desuso, ¿no crees? Muy de provincias para un chico moderno como tú, yo prefiero acompañante, escort…

––Pero… ¿cómo sería?

Ella detectó en mis ojos la curiosidad y el morbo, sabiendo que había escogido a la presa perfecta y, como sólo puede hacer alguien que se sabe con la baza ganadora, me dio su tarjeta. Yo tan sólo tardé cinco días en llamarla, y acabé aceptando.

Así empezó mi doble vida en un ambiente que me perseguiría más lejos de lo que podría imaginar, compaginando dos identidades: la visible a todos los demás, el Yo universitario, amigo, hijo, en ocasiones novio poco formal y más tarde, también escritor, y la de Fabián, amante, culto y siempre dispuesto a la aventura. Ciento veinte euros la hora más pluses, alguien que, y esto es lo que más me enganchó de él, siempre tenía veinticinco años. 

 

BEGOÑA

Marzo 2009

 

Mi primera clienta me pilló de sopetón en el descanso entre la clase de Estadística II y la de Sociología del Trabajo. Una voz tímida, de mujer mayor escondida entre vapores de puerros y patatas, me susurró: «¿Fabián?». Estuve a punto de decir que se había confundido, pero una daga ardiente que se clavó en mi costado me hizo reaccionar.

Tras aceptar el trabajo jamás volví a hablar ni a saber nada de la mujer de Mallorca. En nuestra última conversación, la misma que sirvió para zanjar nuestro acuerdo, me dio unos vagos y distantes consejos y me dijo que tendría una representante en mi zona geográfica que se comunicaría conmigo una vez cada cuarenta días para hablar de temas administrativos, y que se llevaría el veinte por ciento de todo lo recaudado. Me habló de discreción, de profesionalidad y de temas sanitarios, pero no mencionó ninguna regla ni nada de eso. Yo insistí en que sólo lo haría con mujeres y que, si en algún momento quería dejarlo o veía que el asunto sobrepasaba ciertos límites que no me permitió configurar, abandonaría de manera irrevocable. Ella tan sólo me dijo que era un chico inteligente y que sabría lo que hacer. Terminé la conversación con mal cuerpo y ese día y los posteriores me costó bastante dormir.   

Begoña requería de mis servicios el viernes por la noche. En el momento en el que me llamó estábamos planeando una quedada todos los de clase para ese mismo día y yo me estaba postulando como anfitrión organizador de la primera fiesta del tercer año de carrera. Esta primera vez me fue muy difícil escaquearme, las siguientes fueron cuestión de método.

Casi quinientos euros por cuatro horas de compañía en las que yo me tenía que mostrar como el nuevo novio de la tal Begoña, una auxiliar administrativa de cuarenta y ocho años, divorciada y muy preocupada por una cena de antiguas alumnas del Carmen que al parecer amenazaba con transformarse en una guerra desbocada por conseguir la bandera del triunfo social. Fue todo muy raro, yo sólo pensaba en el dinero y eso me hacía sentir aun más raro. Quedamos antes en su casa para que ella me diese indicaciones y pactar así una historia creíble que tapara bien el engaño. No me habló de sexo.

La ciudad es pequeña, y recuerdo rezar aferrado a una lata de cerveza marca blanca de Carrefour en la cocina de Begoña por no cruzarme con nadie conocido. Debía tener las espaldas bien cubiertas, por lo que mi cabeza se activó y comencé a configurar una serie de mínimos pactados para próximos clientes. Era fundamental adelantarme a la catástrofe. La mujer de Mallorca sólo me había dicho que parecía un chico listo y que sabría cómo arreglármelas, así que me puse manos a la obra.

La cena fue triste, ninguna de las amigas de Begoña trató de aparentar nada que no tuviera y todas dibujaban un gesto raro cuando hablábamos de cómo nos conocimos en la cola de un cine.

«Casi quinientos euros…», pensaba todo el rato con un nudo en la garganta al ver cómo Begoña se  percataba del hundimiento del barco. «Probablemente medio sueldo de esta pobre señora. Casi quinientos euros y en menos de una hora podrás salir de este decadente trocito de mundo. Incluso podrás aparecer en la fiesta y emborracharte con los de clase para salir de este mal trago». Nos marchamos los primeros de la cena y yo pagué de mi bolsillo su parte pensando si este tipo de cosas las debería incluir en mi lista de mínimos pactados, pero lo dejé pasar, asegurándome de que la próxima vez asuntos como este no me pillarían desprevenido.

De las cuatro horas contratadas aún quedaban como una hora y media más o menos, así que la seguí sin saber qué hacer ni qué decir. Begoña estaba silenciosa, visiblemente triste y enfadada con el mundo.

Volvimos a su casa y comenzó a sacar todo el alcohol que pudo encontrar y a depositarlo sobre la encimera, sin decir palabra. Me llamó la atención el tequila, una polvorienta botella con apariencia de haberse comprado mucho tiempo atrás, quizá cuando sus amigas de la cena de hoy no la miraban de esa forma.

––¡Puta mierda de mundo! ¡Asco de gente! ¿Qué coño se creen, eh? ––agitaba sus brazos y hacía bailar sus carnes flácidas––. ¡Bebe! ¿Cuánto tiempo tenemos aún?

––Algo más de una hora ––contesté consultando la hora en el móvil––. Escucha,  Begoña… no creo que el alcohol sea la mejor…

––No te pago el pastón que cuestas para que creas ni pienses nada, ¡quiero que bebas conmigo y eso es lo que vas a hacer! ––Se le escaparon varios escupitajos hacia mi bragueta y eso hizo que se fijara en mi entrepierna––. ¡Bájate los pantalones!

Abrí la botella de tequila haciéndome mucho daño en las manos, pero comprobé que mi relación con el dolor había comenzado a cambiar. El reloj del salón dio los cuartos. Yo me bajé los pantalones y Begoña me manoseó la entrepierna como una pastelera desmotivada y con sueño. Miré al techo y seguí bebiendo y mirando al techo los siguientes minutos repletos de sonidos húmedos y guturales. No se me puso dura del todo, y tampoco me corrí. Cuando Begoña se cansó de chupármela y mordérmela con absoluta falta de delicadeza, se levantó tambaleante, me quitó la botella de tequila de las manos, dio un trago, vomitó sobre el suelo de su cocina y se fue al salón. Yo me encendí un cigarro para camuflar el olor del vómito y esperé.

Vino con la cartera en las manos chocándose contra los límites de su propio hogar y maldiciendo en lo que me pareció ser euskera. Me lanzó trescientos cincuenta euros.

––Perdona, pero… por cuatro horas, más pluses… más…

––¡Ni te atrevas, puto de tres al cuarto! ¡No has cumplido! ¡No has hecho lo que yo quería! ¡Vete a la puta mierda ya y déjame en paz!

A través de la ventana se escuchó el camión de la basura recoger los contenedores y la prisa de un conductor tocando la bocina tras él. Recogí el dinero y me lo metí en el bolsillo.

––Tan sólo soy una persona, Begoña, nada más que eso.

Salí de su casa con la botella de tequila en la mano. Bajé en el ascensor evitando los espejos. Al doblar la esquina me senté en un banco a beber y saqué el móvil para llamar a mis amigos de clase; seguro que la fiesta acababa de empezar. Todos estaban sin cobertura menos Alegoría, que aún no había llegado porque le tocaba turno de noche. Quedé con él en la parada del metro. La quedada estuvo bien, y sorprendentemente, no me costó mucho borrar de mi rostro todo aquello por lo que acababa de pasar.    

                  

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